La vida que me construyó CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Aprender a vivir sin esperar la tormenta

“Durante muchos años pensé que la paz era una pausa entre dos problemas. Con el tiempo descubrí que también podía convertirse en una forma de vivir.”

Hay heridas que dejan de doler mucho antes de que dejemos de protegerlas.

Durante los primeros años con Raúl me sorprendía teniendo pensamientos que nunca le confesaba a nadie.

Había días completamente felices.

Días sencillos.

Desayunábamos juntos.

Nos despedíamos para ir al trabajo.

Durante el día nunca faltaba un mensaje suyo.

Al terminar la jornada buscábamos la manera de vernos, aunque fuera solo para compartir una comida antes de que cada uno continuara con sus responsabilidades.

Y, sin embargo, en medio de tanta tranquilidad, aparecía una pregunta que me asustaba.

“¿Y si un día todo esto se acaba?”

No era una duda sobre Raúl.

Nunca lo fue.

Era una conversación que mi pasado seguía teniendo conmigo.

Mi corazón había aprendido demasiado pronto que las personas podían irse.

Que las promesas podían romperse.

Que la felicidad podía durar muy poco.

Por eso, cuando por fin era feliz, una parte de mí permanecía en alerta.

Como si estuviera esperando el momento en que la vida volviera a cambiarlo todo.

Nunca olvidaré una noche.

Raúl ya dormía.

Yo permanecía despierta mirándolo en silencio.

Pensaba en todo lo que habíamos construido.

En nuestro hogar.

En las risas.

En los muebles que un día armamos juntos.

En los cafés de la mañana.

En los mensajes de buenos días que seguían llegando como el primer día.

Y, de repente, sentí miedo.

No miedo de él.

Miedo de perder aquello que tanto había esperado encontrar.

Entonces comprendí algo.

El miedo no siempre desaparece cuando encontramos el amor.

A veces simplemente cambia de rostro.

Antes tenía miedo de no ser amada.

Ahora tenía miedo de perder el amor que había encontrado.

Aquella noche entendí que no podía seguir permitiendo que el pasado le robara al presente la felicidad que tanto me había costado construir.

Respiré profundamente.

Miré una vez más a Raúl.

Y tomé una decisión silenciosa.

No iba a dejar de amar por miedo a sufrir.

No iba a esconder mi felicidad para protegerme de un dolor que todavía no existía.

La vida ya me había enseñado demasiadas veces que el futuro no está en nuestras manos.

Pero también me había enseñado algo mucho más importante.

Que el amor merece ser vivido por completo mientras está presente.

Desde entonces empecé a disfrutar de otra manera.

Los desayunos.

Las caminatas.

Las conversaciones antes de dormir.

Las tardes sin hacer nada.

Los viajes.

Las celebraciones.

Y también los días comunes.

Porque comprendí que la verdadera felicidad no suele esconderse en los grandes acontecimientos.

Se esconde en la rutina compartida con la persona correcta.

Hoy todavía hay momentos en los que el miedo toca suavemente la puerta de mi corazón.

Sería mentira decir que desapareció por completo.

Pero ya no vive dentro de mi casa.

Solo pasa de visita.

Y cuando aparece, ya sé qué responderle.

Le recuerdo todo lo que la vida me ha enseñado.

Le recuerdo que sobreviví al desierto.

Que sobreviví a la ausencia.

Que sobreviví a la decepción.

Y que ahora no quiero sobrevivir al amor.

Quiero vivirlo.

Con toda la gratitud que cabe en un corazón que un día creyó que nunca volvería a sentirse en paz.

Porque entendí que el mayor regalo que puedo hacerles a las personas que amo no es protegerme de perderlas.

Es regalarles una versión de mí que ya no tiene miedo de ser feliz.

Y esa mujer…

Esa mujer también fue construida por la vida.