La vida que me construyó CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La conversación que tuve conmigo misma

“Pasé muchos años preguntándole a la vida por qué. Un día entendí que la pregunta correcta nunca fue esa.”

Hace algún tiempo me preguntaron si cambiaría algo de mi historia.

La respuesta me sorprendió incluso a mí.

Durante muchos años habría dicho que sí.

Habría querido una infancia diferente.

Habría querido crecer con mi padre.

Habría querido no despedirme de mi mamá.

Habría querido no cruzar un desierto.

Habría querido no conocer el miedo.

Habría querido no llorar tantas noches sintiéndome sola.

Pero hoy…

Hoy ya no estoy tan segura.

No porque aquellos momentos dejaran de doler.

Todavía duelen cuando los recuerdo.

Hay heridas que cicatrizan, pero nunca desaparecen por completo.

Lo que cambió fue mi manera de mirarlas.

Porque si hubiera tenido una infancia distinta…

¿Habría aprendido a valorar tanto la ternura de Raúl?

Si nunca hubiera sentido el abandono…

¿Habría comprendido el inmenso regalo que significa ser una prioridad para alguien?

Si no hubiera extrañado tanto a mi mamá…

¿Habría entendido que el amor verdadero es capaz de atravesar océanos?

Si Robin no hubiera creído en mí…

¿Habría descubierto la mujer que llevaba tantos años escondida?

Si la familia venezolana no me hubiera abierto las puertas de su casa…

¿Habría aprendido que un hogar también puede construirse con personas que no comparten tu sangre?

Si no hubiera cruzado aquel desierto…

¿Habría conocido al Dios que caminó conmigo cuando no podía ver el siguiente paso?

No tengo las respuestas.

Y quizá nunca las tenga.

Pero sí tengo una certeza.

Nada de lo que viví fue más fuerte que el amor que fui encontrando en el camino.

Hoy miro hacia atrás y ya no veo únicamente pérdidas.

Veo personas.

Veo nombres.

Veo abrazos.

Veo manos tendidas.

Veo oportunidades.

Veo una vida que, poco a poco, fue reconstruyéndome desde los lugares donde un día me sentí rota.

Durante muchos años pensé que mi historia hablaba de sobrevivir.

Ahora sé que siempre habló de aprender a amar.

A amar a mi mamá sin medir la distancia.

A amar a Thalía con la responsabilidad de quien desea proteger lo que más quiere.

A amar a mis amigos como la familia que la vida me regaló.

A amar a Raúl sin esconderme detrás del miedo.

Y, quizá lo más difícil de todo…

A aprender a amarme a mí.

No fue un camino fácil.

Todavía hay días en los que las inseguridades intentan volver.

Hay noches en las que el pasado toca suavemente a la puerta de mi memoria.

Hay momentos en los que el miedo me susurra que la felicidad puede terminar.

Pero ahora sé hacer algo que antes no sabía.

Ya no dejo que el miedo tome las decisiones por mí.

Lo escucho.

Lo abrazo.

Y después sigo caminando.

Porque aprendí que el valor no consiste en no tener miedo.

Consiste en decidir que el miedo ya no será quien escriba el siguiente capítulo de nuestra vida.

Si hoy pudiera sentarme frente a aquella muchacha que salió de Cuba con una maleta, trescientos dólares y el corazón lleno de incertidumbre, no le contaría todo lo que va a pasar.

No le hablaría de Robin.

Ni de María.

Ni de Raúl.

Ni siquiera le diría que un día escribiría un libro.

Solo le tomaría la mano.

Y le diría muy bajito:

“No tengas prisa por entenderlo todo.

Habrá días en los que creerás que Dios guarda silencio.

Pero incluso en ese silencio Él estará construyendo personas, lugares y oportunidades que todavía no puedes imaginar.

Un día mirarás hacia atrás y descubrirás que nunca caminaste sola.”

Eso sería suficiente.

Porque ahora lo sé.

Nunca estuve sola.

Solo tardé muchos años en descubrir todas las formas en que el amor ya me estaba acompañando.