La vida que me construyó CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Cuando la esperanza también da miedo

“Después de esperar tanto tiempo, dejé de preguntarme cuándo terminaría todo. Empecé a preguntarme si realmente algún día terminaría.”

Hay una clase de cansancio que no se siente en el cuerpo.

Se siente en el alma.

Es el cansancio de esperar.

De no saber.

De despertar cada mañana haciéndote la misma pregunta y acostarte cada noche sin una respuesta.

Yo ya conocía ese cansancio.

Se había convertido en parte de mi rutina.

Por eso, cuando el campamento quedó casi vacío después de aquellas listas, no sentí alivio inmediato.

Sentí incertidumbre.

¿Por qué yo seguía allí?

¿Qué significaba aquello?

¿Era una buena señal o simplemente el siguiente paso de una historia que todavía no entendía?

Durante horas caminé sin rumbo dentro del espacio que ya conocía de memoria.

Cada rincón me resultaba familiar.

Cada camino.

Cada cerca.

Cada sombra.

Era extraño pensar que un lugar donde nunca había querido estar empezaba a sentirse conocido.

Y eso me asustó.

Porque comprendí que el ser humano puede acostumbrarse incluso a aquello que nunca debería convertirse en normal.

Aquella noche casi no hablé.

Necesitaba silencio.

No un silencio de tristeza.

Un silencio donde pudiera escuchar mis propios pensamientos.

Me senté sola durante un rato.

Miré el cielo.

Siempre me ha gustado mirar el cielo.

Da igual en qué país esté.

Las estrellas siguen siendo las mismas.

Y esa noche pensé en mi mamá.

Imaginé que quizá ella también estaría mirando hacia arriba.

Quizá sin saber que, a miles de kilómetros de distancia, su hija estaba haciendo exactamente lo mismo.

Esa idea me hizo sentir menos sola.

Comprendí algo que jamás olvidaría.

Hay amores que no necesitan tocarse para sostenerse.

El nuestro era uno de ellos.

Los días siguientes transcurrieron lentamente.

Cada pequeño movimiento parecía anunciar que algo estaba por ocurrir.

Las conversaciones entre las mujeres que quedábamos eran distintas.

Ya no hablábamos solamente del pasado.

Empezábamos a atrevernos a hablar del futuro.

¿A dónde irías si salías?

¿Con quién vivirías?

¿Qué sería lo primero que harías al recuperar la libertad?

Aquellas preguntas parecían sencillas.

Pero escondían algo mucho más profundo.

Volvíamos a permitirnos imaginar.

Y eso era un acto de valentía.

Porque quien ha vivido mucho tiempo en la incertidumbre termina teniendo miedo de ilusionarse.

Yo también lo tenía.

No quería construir sueños que después pudieran romperse.

Ya había aprendido demasiado sobre las decepciones.

Sin embargo, había una pequeña voz dentro de mí que seguía insistiendo.

“No dejes de creer.”

No era una voz ruidosa.

Nunca lo fue.

Era tranquila.

Serena.

La misma que había empezado a escuchar muchos meses atrás.

La misma que me había acompañado desde Cuba.

La misma que había permanecido conmigo en Panamá.

La misma que ahora seguía caminando a mi lado en medio del desierto.

Hoy creo que aquella voz era la esperanza.

No una esperanza ingenua.

No la esperanza de que todo saldría exactamente como yo quería.

Sino la certeza de que, aunque no entendiera el camino, Dios sí lo entendía.

Y esa diferencia cambió mi manera de esperar.

Ya no esperaba desesperadamente.

Esperaba confiando.

No porque hubiera dejado de tener miedo.

Sino porque, por primera vez en mucho tiempo, el miedo había dejado de ocupar todo el espacio.

Había algo más grande creciendo dentro de mí.

Algo que todavía no sabía nombrar.

Pero que muy pronto cambiaría mi vida para siempre.

Sin imaginarlo, el día que tanto había esperado estaba mucho más cerca de lo que podía creer.

Y cuando finalmente llegó, no se pareció en nada a como lo había imaginado.

Porque la vida tiene esa extraña costumbre de sorprendernos justamente cuando creemos haber perdido la capacidad de asombrarnos.