La vida que me construyó CAPÍTULO 4
18%

CAPÍTULO 4

La despedida que nunca terminé de decir

“Hay despedidas que no terminan cuando el avión despega. Algunas siguen ocurriendo durante años, cada vez que uno recuerda a quien dejó atrás.”

Todavía puedo cerrar los ojos y regresar a ese día.

No recuerdo la fecha con la misma claridad con la que recuerdo las emociones.

Hay días que la memoria conserva por los números del calendario.

Y hay otros que permanecen vivos por lo que hicieron sentir.

Aquel fue uno de ellos.

La noche anterior casi no dormí.

La maleta estaba lista desde hacía horas, pero yo seguía abriéndola una y otra vez.

Sacaba una blusa.

La volvía a guardar.

Cambiaba unos zapatos por otros.

Revisaba los documentos por décima vez.

No era porque estuviera desorganizada.

Era porque cerrar la maleta significaba aceptar que el momento había llegado.

Mientras aquella cremallera permaneciera abierta, todavía podía fingir que nada estaba decidido.

Mi mamá caminaba por la casa intentando que todo pareciera normal.

Me preguntaba si ya había guardado esto o aquello.

Si llevaba suficiente ropa.

Si no había olvidado algún documento importante.

Las dos hablábamos de cosas pequeñas.

Era nuestra manera de evitar la conversación que realmente nos partía el alma.

Ninguna quería preguntar lo que las dos pensábamos.

—¿Cuándo volveremos a abrazarnos?

Porque existían preguntas para las que ninguna tenía respuesta.

Aquella mañana el tiempo parecía avanzar demasiado rápido.

Cada minuto era un paso menos junto a ella.

Recuerdo observarla mientras hacía cualquier cosa.

La manera en que acomodaba una silla.

Cómo recogía una taza de la mesa.

Cómo intentaba sonreír.

Pensaba, sin decirlo, que necesitaba guardar cada uno de esos gestos.

Como si mi memoria supiera que pasarían muchos años antes de volver a verlos.

Hasta ese momento siempre había sentido que mi mamá era el lugar al que podía regresar cuando la vida dolía.

Aquella mañana comprendí que iba a tener que aprender a vivir lejos de ese refugio.

Y eso me daba más miedo que cualquier frontera.

Antes de salir de la casa nos abrazamos.

No fue un abrazo diferente.

Fue exactamente igual a todos los abrazos que nos habíamos dado durante mi vida.

Y quizá por eso dolió tanto.

Porque ninguna sabía que aquel abrazo tendría que durar años.

Cuando caminé hacia la puerta sentí la necesidad de mirar hacia atrás.

Ella seguía allí.

De pie.

Observándome.

Intentando mantenerse fuerte.

Levantó la mano para despedirse.

Yo hice lo mismo.

Sonreí.

O, al menos, intenté hacerlo.

No quería que la última imagen que guardara de mí fuera la de una hija rota por el miedo.

Quería que recordara a una mujer decidida.

Aunque por dentro todavía fuera una niña buscando el valor para dar el siguiente paso.

Durante el camino pensé muchas veces en bajar del carro.

En decir que no podía.

En volver a casa.

Porque marcharse nunca fue fácil.

Lo fácil habría sido quedarse.

Lo difícil era aceptar que, si quería construir la vida con la que soñaba, tenía que atreverme a perder de vista todo aquello que conocía.

Mientras esperaba para abordar el avión, observaba a las demás personas.

Algunas hablaban emocionadas sobre sus viajes.

Otras reían.

Algunas miraban distraídas las pantallas con los horarios de salida.

Yo me preguntaba si alguna de ellas estaría viviendo la misma batalla que yo llevaba dentro.

Porque, desde afuera, nadie habría imaginado lo que estaba ocurriendo en mi corazón.

Solo veían a una mujer esperando un vuelo.

No podían ver a una hija intentando ser valiente para que su madre sufriera un poco menos.

Cuando anunciaron el embarque, respiré profundamente.

Tomé la maleta.

Por un instante sentí que pesaba mucho más que cuando la había preparado.

Hoy sé por qué.

No era el equipaje.

Era todo lo que estaba dejando atrás.

Di un paso.

Después otro.

Y otro más.

Sin darme cuenta, estaba caminando hacia la vida que todavía no conocía.

Cuando el avión comenzó a despegar, apoyé la frente contra la ventanilla.

Miré por última vez aquella tierra que me había visto nacer.

No lloré de inmediato.

Las lágrimas llegaron después, cuando comprendí que la distancia no se mide en kilómetros.

Se mide en los abrazos que uno deja pendientes.

Mientras las nubes cubrían poco a poco la isla, hice una promesa en silencio.

No sabía cuánto tiempo pasaría antes de volver.

No sabía todo lo que tendría que vivir.

Pero sí sabía una cosa.

Algún día regresaría para abrazar otra vez a mi mamá.

No imaginaba que la vida pondría ese abrazo a prueba durante tantos años.

Ni que la nostalgia terminaría convirtiéndose en una de mis compañeras más fieles.

El avión siguió avanzando.

Y con él, también comenzó a avanzar una nueva versión de mí.

Una mujer que todavía no existía.

Pero que estaba a punto de nacer.