CAPÍTULO 4
Camila despertó con un mensaje de Tatiane.
No era romántico.
No era especialmente personal.
Ni siquiera lo había enviado esa mañana.
Estaba allí desde la noche anterior, al final de la conversación que había continuado durante casi cuarenta minutos después del último «buenas noches».
Tatiane: Y sigo pensando que tu perro parece capaz de tragarse una pastilla por error y pedir postre.
Camila releyó la frase acostada de lado, con Bento ocupando una cantidad indecente de espacio a los pies de la cama.
Sonrió.
Entonces abrió la conversación entera.
No hacía falta.
Recordaba prácticamente todo.
Después de que Tatiane respondiera al primer «llegué», Camila había mandado una foto de Bento dormido atravesado en el pasillo, como si estuviera exhausto de mantener económicamente la casa. Tatiane había respondido con una foto de Amora mirando a la cámara con evidente desaprobación.
De ahí habían pasado a los animales.
Después al trabajo.
Después a un comentario sobre la gente que ponía televisores demasiado grandes en salas pequeñas.
Después al vino.
Después a los libros.
Después a nada que Camila pudiera clasificar como un tema, solo una secuencia de mensajes que ninguna de las dos parecía dispuesta a terminar.
Cerró la aplicación.
Volvió a abrirla.
—Esto es humillante —dijo.
Bento abrió un ojo.
—No te hablaba a ti.
Volvió a cerrarlo.
Camila dejó el celular en el colchón y se levantó.
La casa estaba en silencio. El sol entraba con fuerza por las rendijas de la cortina, y durante unos segundos se quedó quieta en el dormitorio, sintiendo el cuerpo todavía lento de sueño.
Era sábado.
Tenía trabajo.
No todo el día, en teoría, pero necesitaba pasar por la oficina, revisar un proyecto y reunirse con Lívia en casa para ver algunos detalles de la futura remodelación.
También necesitaba hacer las compras.
Sacar a pasear a Bento.
Responder a tres clientes.
Tal vez lavar ropa.
Una vida perfectamente normal.
Aun así, mientras se recogía el cabello frente al espejo del baño, pensó en Tatiane riéndose dentro del auto.
Eso empezaba a parecer menos normal.
Camila se cepilló los dientes y decidió que no mandaría ningún mensaje.
No por estrategia.
No tenía edad ni paciencia para estrategias.
Solo que no quería convertir una buena conversación en insistencia.
Tatiane parecía alguien a quien le gustaba tener espacio.
Camila respetaba el espacio.
Casi siempre.
Preparó café, le sirvió alimento a Bento y abrió las puertas de la casa para dejar entrar el aire de la mañana.
Tomó el celular solo para ver la hora.
Había un mensaje nuevo.
Tatiane: Buenos días. Sobre la acusación contra Bento: la retiro parcialmente. Amora intentó robarme el pan.
Camila se quedó mirando la pantalla.
Después se rio.
—Bien.
Bento acudió de inmediato, como si la risa pudiera significar comida.
—No se trata de ti. Aunque técnicamente un poco sí.
Respondió:
Quiero dejar constancia de que Bento nunca ha robado pan.
Tatiane tardó menos de un minuto.
Porque se lo das voluntariamente.
Esa es una acusación seria.
Es una deducción basada en el perfil psicológico presentado ayer.
¿El del perro o el mío?
Los tres puntos aparecieron.
Se detuvieron.
Volvieron.
Camila dio un sorbo de café mientras esperaba.
El de los dos.
Apoyó la cadera en la encimera.
Había demasiado placer en un mensaje tan pequeño.
Camila conocía esa sensación.
No precisamente con Tatiane, obviamente, pero conocía el inicio del interés, la atención que se volvía selectiva, las ganas de contarle algo específico a una persona específica.
No quería convertir aquello en más de lo que era.
Tampoco quería fingir que era menos.
Respondió:
Peligroso que creas que ya me conoces.
Tatiane tardó un poco más.
Dije que sé algunas cosas.
Camila se mordió la cara interna de la mejilla.
Entonces tenemos que actualizar ese archivo.
Esta vez, la respuesta tardó varios minutos.
Camila dejó la taza en el fregadero, abrió la computadora e intentó leer un correo.
Leyó la primera línea tres veces.
El celular vibró.
¿Sugerencias de metodología?
Camila sonrió.
Era una invitación lo bastante disimulada como para dejar una salida.
Podía responder cualquier cosa.
Una broma.
Una referencia a la cena.
Podía esperar a que Tatiane fuera más explícita.
No esperó.
Un café. Sin Renata. Ambiente controlado.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Eso parece un estudio dudoso.
¿Pero aceptas?
Camila observó los tres puntos.
Desaparecieron.
Volvieron.
Desaparecieron otra vez.
La espera duró tal vez veinte segundos.
Pareció más.
Acepto.
Camila sonrió con todo el rostro.
Bento, que la observaba, empezó a mover la cola.
—No te metas.
Él se levantó.
—En serio.
Bento trajo la pelota.
Camila se rio.
A las once y veinte, Lívia estaba en el patio de la casa, mirando una de las paredes como si le hubiera hecho una ofensa personal.
—Quieres hacer cambios aquí —dijo.
Camila, con los brazos cruzados, lo negó.
—No.
—Sí quieres.
—No quiero.
—La estás mirando con esa cara.
—¿Qué cara?
—La cara de «¿y si…?».
—Tengo muchas caras.
Lívia se volvió hacia ella.
—¿Desde cuándo?
Camila contuvo la risa.
—¿Qué?
—Esa respuesta.
—¿Qué respuesta?
—«Tengo muchas caras».
Camila se dio cuenta.
Tatiane.
La noche anterior, Renata había dicho algo parecido sobre ella. Después, en el auto, la frase había vuelto.
Ahora le había salido de la boca con naturalidad.
—Nada —respondió.
Lívia entrecerró los ojos.
—Estás rara.
—Estoy muy bien.
—Eso no fue lo que dije.
Camila se acercó a la pared y pasó la mano por la superficie.
—No quiero cambiar nada aquí.
—Todavía.
—Desconfías mucho de mí.
—Es mi mecanismo de supervivencia profesional.
Trabajar con Lívia tenía esa ventaja: no necesitaba explicarlo todo. Ya habían pasado juntas por suficientes proyectos como para saber cuándo discutir y cuándo dejar reposar una idea.
Camila explicó lo que pensaba para la zona exterior, recibió dos objeciones sensatas y estuvo de acuerdo con una de ellas.
Después fueron a la cocina.
—Aquí —dijo Camila— quiero dejarlo exactamente como está en el proyecto.
Lívia se llevó una mano al corazón.
—¿Puedo grabarlo?
—Eres muy graciosa.
—Estoy emocionada.
Camila tomó el celular para fotografiar una medida.
Había otro mensaje de Tatiane.
¿Trabajas hoy?
Camila respondió sin pensar:
Sí. En mi propia casa, lo que significa que mi clienta es insoportable.
Tatiane:
Lo sospechaba.
Camila se rio.
—Ahí está —dijo Lívia.
—¿Ahí está qué?
—Hay alguien.
Camila levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Alguien.
—No hay nadie.
—Le estás sonriendo al celular.
—Le sonrío a muchas cosas.
Lívia apoyó una mano en la barra.
—¿Un cliente?
—No.
—Entonces.
Camila guardó el aparato.
—Entonces nada.
Lívia se quedó en silencio, esperando.
Camila conocía esa técnica.
—No vas a conseguir nada.
—No estoy haciendo nada.
—Exactamente.
—¿Quién es?
Camila tomó la cinta métrica.
—Una persona.
—¿Una mujer?
Camila la miró.
Lívia sonrió de oreja a oreja.
—Ah.
—No hagas ese «ah».
—No hice nada.
—Hiciste una sílaba entera de juicio.
—De interés.
—Peor.
Lívia retrocedió, levantando las manos.
—Está bien. No voy a preguntar.
—Perfecto.
—Pero tienes una cara.
—Otra vez: muchas.
—Esta es nueva.
Camila decidió ignorarla.
De todos modos, no había nada que contar.
Había conversado con Tatiane.
Habían quedado para tomar un café.
Eso era todo.
El problema era que «eso era todo» no encajaba muy bien con la forma en que miraba el celular cada vez que vibraba.
El café quedó para el martes.
La decisión surgió después de una negociación de horarios extrañamente específica.
Tatiane tenía consultas hasta última hora de la tarde del lunes. Camila visitaría una obra el martes por la mañana y podría salir de la oficina después de las cuatro. El miércoles les venía mal a las dos. El jueves parecía demasiado lejano, aunque ninguna lo había dicho.
Martes, cinco y media.
Una cafetería en el Centro.
Camila eligió un lugar en el que ya había estado algunas veces. Pequeño, tranquilo, con las mesas lo bastante separadas como para conversar sin participar involuntariamente en la vida de desconocidos.
Después de ponerse de acuerdo, la conversación debería haber terminado.
No terminó.
Continuó a lo largo del sábado.
No de manera constante.
Camila trabajaba.
Tatiane también había ido a la clínica a resolver algunas cosas.
Podían pasar horas sin un mensaje.
Después una de ellas mandaba algo.
Una foto.
Una observación.
Una frase que habría sido irrelevante para cualquier otra persona.
A primera hora de la tarde, Camila envió una imagen de Bento acostado justo encima de una muestra de piso.
Inspección de obra.
Tatiane:
¿La rechaza?
Se acostó. Creo que técnicamente la aprobó.
O está impidiendo la ejecución.
¿Siempre sospechas de los animales?
Solo de los inteligentes.
Más tarde, Tatiane mandó una foto de Amora ocupando la silla frente a la computadora.
No cree en trabajar los sábados.
Camila amplió la imagen.
Era la primera vez que veía una parte más grande del departamento de Tatiane. Parte de la mesa, una estantería al fondo, una lámpara, un costado de la ventana.
Sintió una curiosidad repentina y casi íntima.
Quería ver el resto.
No la decoración en sí.
Quería ver a Tatiane dentro de aquel espacio.
Dónde se sentaba.
Qué taza elegía.
Si dejaba los zapatos en la entrada o los llevaba al dormitorio.
Si escuchaba música mientras cocinaba.
Cosas pequeñas.
Peligrosamente pequeñas.
Camila escribió:
Amora tiene razón. Sal de casa.
Tatiane:
¿Orden médica?
Arquitectónica. Tu departamento necesita extrañarte.
Esa justificación no tiene sentido.
Sigues respondiendo.
Hubo una pausa.
Entonces:
Voy al supermercado. ¿Satisfecha?
Camila sonrió.
Mucho.
Tatiane envió:
Controladora.
Camila dejó el pulgar sobre la pantalla.
Podía bromear.
En lugar de eso, escribió:
Solo cuando me dejan.
El mensaje se envió antes de que lo reconsiderara.
No apareció ninguna respuesta de inmediato.
Camila sintió ese instante de conciencia que venía después de llevar una conversación un poco más allá.
No se arrepintió.
Quería saber qué haría Tatiane.
Un minuto.
Dos.
Tres.
Entonces:
Voy a anotarlo en el archivo.
Camila soltó una risa baja.