Epílogo
El final del juego que había comenzado en mi adolescencia con un chico que solo jugaba con el amor fue un final feliz.
Mi videojuego triunfó y mi equipo y yo nos hicimos un nombre entre los jóvenes desarrolladores mientras Max, por su parte, se hizo el suyo entre los empresarios y creó su propia compañía desarrolladora de videojuegos.
Con las inversiones y consejos de Adam Watcher no tardamos en subir como la espuma.
Sin embargo, los Templeton perdieron su cuota de mercado en el sector al perder la mano ganadora que solía tener Max de cara a los negocios, los cuales nunca fracasaban.
Cuando Austin se marchó del apartamento de Max, yo me trasladé a vivir con él.
A lo largo de los siguientes meses fui testigo de su duro trabajo y celebré sus pequeños triunfos, algo que él no solía hacer porque Max parecía sentir que esas victorias eran un deber impuesto y que el fallar era una opción inaceptable para él.
Creí que los padres de Max lo llamarían en algún momento para felicitarlo, para reconocer su esfuerzo y su éxito y para pedirle que volviera con ellos, pero no fue así.
Sin comprender del todo el comportamiento de sus padres, un día leí en un periódico de economía que Brian Templeton no había esperado demasiado para encontrarle un sucesor a su imperio: un primo de Max alcanzó en pocos meses el puesto directivo por el que Max había luchado durante toda su vida; maldije a ese hombre, aunque Max sonrió cuando le mostré la noticia.
―Mi primo Edwin parece un empleado eficiente al que mis padres podrán manejar a su gusto y moldear a su manera.
Después de todo, tras ser retratado por la prensa como un loco enamorado en vez de como el triunfador perfecto que mis padres buscaban, ya no les sirvo para nada y esta es su manera de hacérmelo saber.
La sonrisa cínica de Max me dolió, porque ahora sabía que tras ella escondía sus heridas. En ese momento recordé que había visto esa misma sonrisa en muchas ocasiones durante nuestra adolescencia.
―Cada uno de nosotros tenemos que encontrar nuestro lugar en el mundo, y el tuyo no está allí.
―¿Y dónde puede encajar un tipo como yo? ―me preguntó. Entonces, como respuesta, le arrebaté el periódico para arrojarlo a un lado haciendo que Max solo pudiera prestarme atención a mí.
―Aquí ―respondí, colocando una de sus manos sobre mi corazón y luego, sin esperar a que me contestara, le di un fuerte abrazo.
Mientras me apretaba fuertemente contra su cuerpo, Max me susurró la pregunta que más había temido escuchar últimamente, pero de la que ya no podía escapar.
―¿No crees que ya es hora de que tengamos un final como el de los protagonistas de tu historia?
―¡No me digas que por fin te has terminado mi juego con todos los personajes y te ha salido el final oculto de la boda!
¡Mierda! Sabiendo lo malo que eres con los videojuegos, creí que te llevaría un año o dos acabarlo…
―dije, intentando esquivar su pregunta. Pero él me conocía demasiado bien como para permitir que eludiera por más tiempo ese tema que aún quedaba pendiente entre nosotros.
―Austin me ha ayudado. Y Adam me ayudará con la organización , así que ahora lo único que falta es que tú le des el visto bueno a este juego que, una vez más, comenzaremos los dos juntos.
―Bueno… ¿y cómo me convencerás? ―lo reté, cruzándome de brazos, sin confesarle que ya hacía algún tiempo que estaba segura de querer dar ese paso con el chico que ya no jugaba con mi amor y que, sin que yo lo supiera, había estado protegiéndome cuando el destino había vuelto a cruzar nuestros caminos para concedernos una segunda oportunidad.
―¡Oh, muy fácil! Voy a recordarte lo bien que encajamos ―manifestó Max a la vez que me pillaba por sorpresa y me cargaba sobre uno de sus hombros para conducirme hacia nuestra habitación.
―Eso es algo que siempre hemos hecho… ―comenté cuando Max me soltó a los pies de la cama.
―… pero que solo veo yo ―dijimos ambos al unísono.
Y con una sonrisa en nuestros rostros nos reímos de aquellos que siempre nos habían señalado que unas personas tan distintas como nosotros nunca podrían llegar a enamorarse.
Tras demostrarles a mis padres que no podían tocarnos ni a Ellie ni a mí, dejaron de molestarme. No me agobiaron ni persiguieron mis proyectos, tal vez porque sabían que no podían perjudicarlos, pues contaba con el respaldo de una familia que jugaba tan sucio como ellos cuando era necesario.
En su mundo, donde solo la perfección tenía cabida, no tardaron en sustituirme y, para mi asombro, sus acciones, en vez de entristecerme, me liberaron, porque ya no tendría que cumplir con sus estándares.
Cuando Ellie me veía sonreír ante alguna noticia de la prensa que mencionaba a la familia Templeton, me abrazaba. Era como si supiera que detrás de esa sonrisa escondía alguna herida y ella quisiera curarla.
El final feliz de mi historia, de la historia de un amor que había comenzado como un juego, fue una boda. Un final muy prosaico, muy visto en cualquier típica historia romántica, pero que a Ellie le encantó.
Cuando nos casamos lo hicimos en el mismo lugar en el que nos habíamos confesado nuestro amor.
Que la chica rara y estrafalaria siguiera con el hombre trajeado que mantenía casi siempre su fachada de perfección frente a todos fue una sorpresa para algunos, pero nada extraño para nosotros, porque ella para mí no era tan rara ni yo para ella era tan perfecto.
Los gastos de la boda los pagó Adam Watcher, así que nuestra ceremonia se convirtió en una nueva bomba publicitaria para el juego de Ellie, aunque mi esposa me confesó más tarde que Dina le había dicho que la verdadera intención de Adam era hacernos ese regalo, más allá de las cuestiones de marketing.
Por supuesto, a mi boda no asistieron mis padres, aunque sí vinieron mi hermana y mis sobrinos.
El día fue inolvidable: yo vestía un traje que me favorecía sobremanera y Ellie estaba guapísima con su vestido de novia, una réplica del vestido de novia que Anuska había diseñado para su personaje del videojuego.
Nuestros amigos y compañeros en el proyecto que nos había unido participaron como damas y caballeros de honor, algunos de los cuales se tomaron ese papel más en serio que otros, como Melvin, que vino disfrazado de caballero templario.
Ese fue uno de los detalles más normales de nuestra boda: nos casó Darth Vader, la abuela de Ellie iba vestida de ewok y no paró de pincharme con su lanza durante toda la ceremonia por si acaso decidía huir; la madre de Ellie era la madrina e iba vestida de soldado imperial; el padre de Ellie se disfrazó de Darth Maul, fue el padrino y acompañó a su hija hasta el altar, ocultando un poco su cara de disgusto gracias al maquillaje que incluía su disfraz.
Nuestros testigos fueron la gran multitud de personas vestidas con toda clase de disfraces diferentes en la convención más friki de la historia.
Nueve años después
Cualquier empresario serio y responsable habría escondido bajo siete llaves lo que otros podrían considerar como un momento muy vergonzoso de su vida, pero yo me enorgullecía de mostrárselo a todo el que viniera a verme.
Y en este momento estaba disfrutando de lo lindo con las reacciones de mi madre al ver el vídeo de mi boda.
Después de muchos años, mis padres habían decidido volver a mi vida o, mejor dicho, a la de su nieta.
En el noveno cumpleaños de Cynthia, mi hija, al fin habían hecho su aparición.
Y como Ellie tenía un gran corazón, los recibió con los brazos abiertos.
Por su parte, nuestra hija aún los estaba midiendo con la mirada para determinar si esas personas cumplían con los estándares que ella consideraba indispensables para todos aquellos que debían formar parte de su vida, que básicamente se resumían en que la quisieran tal y como era.
―Papá, tenemos que hablar, así que deja de torturarnos a todos con el vídeo de la boda y contéstame ―exigió mi hija de rebeldes rizos negros e inteligentes ojos azules que en esa ocasión iba vestida de superheroína y me miraba con gravedad―. ¿Qué personaje eres en el videojuego de mamá?
―¡¿Qué?! ¿Quién te ha dejado jugar a ese juego? ¡No es para tu edad! ―exclamé, fulminando con la mirada a mis invitados, especialmente a mi suegro con su sonrisa llena de satisfacción.
―El tío Damian me ha regalado una versión nueva que han sacado al mercado y que sí es para mi edad ―confesó Cynthia, provocando que mi mirada airada se dirigiera hacia el sujeto mencionado que en aquel momento lucía una gran sonrisa―. ¡Y no intentes cambiar de tema como haces con mamá! ¡Contéstame!
―¿Cuál es el personaje que más te gusta? ―pregunté, para ver si por casualidad era el mío.
―Dan, por supuesto: es el más popular del juego y el más compatible con mamá ―respondió mi hija, provocando que Damian me dedicara un bailecito burlón desde lejos, vanagloriándose de ser el preferido de todo el mundo en ese juego―.
Pero tú no puedes ser Dan: eres pésimo en los videojuegos ―conjeturó mi niña con sabiduría.
―¡Vamos, Max! Todos sabíamos que este momento iba a llegar tarde o temprano ―intervino mi suegro a la vez que me golpeaba jovialmente la espalda mientras disfrutaba de ese difícil momento para mí y me animaba a decir la verdad.
―¡No me digas que eras el estudiante estúpido que siempre mete la pata y que le rompe el corazón a mamá al principio de la historia! ―me recriminó mi hija, señalándome acusadoramente con un dedo.
―Pues no te lo digo ―contesté evasivamente, siendo salvado por Ellie en ese momento, cuando entró con una nueva tanda de bocadillos.
―Mamá, ¿cómo pudiste enamorarte de él? ¡Era el peor de todos los objetivos!
―¡Sálvame! ―le susurré a Ellie, sin saber cómo salir de esa complicada situación.
―Cariño, el amor no es como vemos en los videojuegos o en las películas románticas. A veces te enamoras del personaje que, aparentemente, menos encaja contigo. Además, en mi juego solamente descubres el encanto de ese personaje cuando juegas su historia.
―Eso es verdad. Solo después de conocer la versión de todos los implicados en una historia puedes emitir un juicio más correcto y adecuado de la situación ―dijo mi padre con su habitual tono serio de voz, intentando echarme una mano.
A su manera, claro estaba―. Aunque no descarto que ese personaje sea bastante idiota, por supuesto.
―¡Hum! Vale. Te daré una oportunidad ―dijo mi hija mientras me señalaba de nuevo con su dedo instigador―. Pero, mientras tanto, por ahora ya no eres mi héroe, papá.
―¡Oh, no! ¿Y quién es tu héroe ahora?
―Dan.
―¡Nooooo…! ―exclamé teatralmente, haciendo que mi padre y mi hija suspiraran a la vez mientras yo, por mi parte, me dedicaba a perseguir a Cynthia dándole mil razones por las que mi personaje era el mejor.
Tras soplar la tarta de cumpleaños, Cynthia comenzó a abrir los regalos. El paquete de mi madre contenía varios vestidos y complementos que no eran de su gusto, pero sí del suyo.
―Estos vestidos son para cuando te decidas a vestir como una niña de verdad y te pueda presentar a mis amigas en el club ―comentó mi madre, consiguiendo que deseara echarla de mi casa a patadas, y más ahora que sabía por qué motivo había acudido por fin a conocer a su nieta.
Para mi asombro, antes de que yo abriera la boca, Cynthia se agarró a una de mis manos que, sin darme cuenta, apretaba airadamente a mi costado mientras Ellie se hacía con la otra.
―Mi padre me ha dicho que siempre tengo que agradecer los regalos, aunque no me gusten. Así que no te preocupes, abuela: los usaré cuando tú te vistas como una abuela y decidas llevarme al parque en vez de a un estirado club.
―¡Esos vestidos han costado cerca de cinco mil dólares, no son apropiados para llevarlos a un parque! ―exclamó mi madre, alterada, haciendo que mi padre abriera los ojos, espantado, y que mi hija fijara su mirada sobre él.
―Abuelo, ¿quieres que te enseñe cómo bloquear desde tu teléfono móvil la tarjeta de crédito de la abuela y que el banco te envíe notificaciones para estar al tanto de todas y cada una de sus compras para que no desperdicie el dinero?
―¿Cómo? ¿Puedo hacer eso? ―preguntó mi padre, muy interesado en mi hija mientras mi madre fulminaba a su nieta con la mirada, sin duda declarándola imperfecta para su selecto mundo.
―¡Eso y mucho más! ¡Déjame que te enseñe, abuelo!
Después de todo, mis profesores dicen que soy un genio con las nuevas tecnologías ―tras escuchar esas palabras a mi padre se le iluminaron los ojos, seguramente viendo una nueva oportunidad de futuro para su empresa, pero yo le advertí antes de que cogiera la mano de su nieta y decidiera conocerla mejor.
―No intentes cambiarla y no la presiones, papá: ella es perfecta tal y como es.
Tras ver cómo mi padre asentía con la cabeza, le permití que se acercara a Cynthia.
Por su parte, mi madre se alejó rápidamente de esa reunión en la que no había conseguido satisfacer uno más de sus caprichos.
Y mientras pasaba por mi lado, me susurró unas palabras con las que, una vez más y a pesar del transcurso de los años, aún quería hacerme daño.
―Ya no eres perfecto, ¿se puede saber qué es lo que te ha hecho cambiar tanto? ―dijo mientras fulminaba con la mirada a Ellie, que se encontraba a mi lado. Y antes que yo le contestara fue mi esposa quien acalló esas palabras con las que mi madre tan solo pretendía reabrir viejas heridas:
―El amor, señora. Un amor que no le exige que cambie para encajar con el mundo, que no condiciona su cariño y que siempre le abre los brazos porque sabe que él es la pieza que falta en su vida para que esté completa.
Y al no saber cómo competir con el cariño que ella nunca me había dado sin condiciones, mi madre se alejó de mí, se montó en el coche y se puso a molestarnos a todos con el claxon.
―Te quiero ―le dije a mi esposa una vez más, recordando todas las veces que lo había callado en el pasado―. Si volviera a conocerte…
―Volverías a jugar conmigo y, sin duda, perderías ante el amor ―replicó Ellie, interrumpiendo mi discurso mientras yo le susurraba al oído aquellas palabras con las que siempre me provocaba y con las que yo ahora admitía mi rendición:
―« Game over ».
Y simplemente la besé y le prometí que siempre estaría dispuesto a seguir ese juego si el premio que podía ganar al final era su amor.