La vida es un puzle y el amor, un juego Capítulo 1
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La vida es un puzle y el amor, un juego

La vida es un puzle y el amor, un juego

Por Silvia García Ruiz

© inepub.com

Capítulo 1

Pienso que la vida es un rompecabezas, un puzle bastante complicado en el que, en ocasiones, no encajamos hasta que encontramos nuestro lugar.

Cada uno de nosotros podemos ser como esas piezas perfectas que siempre conectan con todas las demás o, por el contrario, ser ese fragmento perdido que otros intentan encajar a la fuerza.

Yo descubrí que las personas de mi alrededor me veían como un elemento defectuoso cuando apenas era una niña.

Con tan solo ocho años, los niños que me rodeaban querían crecer antes de tiempo, mientras yo solo quería seguir siendo una niña.

No me importaba seguir soñando con historias fantásticas, disfrazarme o ver dibujos animados que algunos de mis compañeros consideraban demasiado infantiles.

A pesar de sus burlas, cuando me señalaban diciendo que yo era un bebé, yo no creía que su comportamiento se asemejara demasiado al de esos adultos a los que querían emular.

No entendía por qué motivo, si yo no me metía con ellos por tener gustos diferentes a los míos, ellos sí se permitían agredirme con sus palabras a la vez que trataban de imponerme sus preferencias.

Me entristeció mucho darme cuenta de que algunos adultos de mi alrededor intentaban solucionar la tristeza que me embargaba cada vez que mis compañeros se metían conmigo pretendiendo forzarme a encajar con los demás, intentando obligarme a que me gustaran las mismas cosas cuando, a mi parecer, eran mis compañeros los que tenían que comprender que el mundo estaba lleno de personas diferentes y maravillosas a las que había que conocer tal y como eran, en lugar de querer cambiarlas.

«El mundo sería muy aburrido si todos fuéramos iguales» era una frase que mi padre decía a menudo y con la que yo estaba de acuerdo.

Para mi asombro, cuando mis compañeros comenzaron a acosarme en el colegio, los profesores enviaron una nota a mis padres donde leí con tristeza que ellos consideraban que el principal problema en aquella situación era que yo era una persona «antisocial» que no se integraba con los demás.

Mi madre, Darcy Patel, era una mujer bajita de pelo negro y hermosos ojos azules que ocultaba detrás de unas enormes gafas. Ella era lo que algunos llamarían «una mujer excéntrica», pero lo que otras personas definirían como «raro», para mí era simplemente divertido.

Mi madre era una autora de novelas gráficas que creaba historias juveniles bastante divertidas y románticas que no me dejaba leer hasta que fuera mayor.

A menudo estaba ocupada en su estudio con sus dibujos porque se le pasaba la fecha de entrega, ya que era muy frecuente que la inspiración se le presentara en el último momento.

En muchas ocasiones, cuando le venía una idea a la cabeza, se ponía a trazar bocetos en lo primero que pillara, como la vez que utilizó la camiseta del bueno de mi padre, que se limitó a dar un suspiro de resignación y se dejó utilizar como lienzo.

Cuando mi madre terminó, le quitó la camiseta y se la llevó a su estudio.

Mi padre, con un nuevo suspiro quejumbroso, se encogió de hombros y se puso a preparar el desayuno mientras yo me reía.

Mi padre, Harry Patel, era una persona paciente, tranquila y pacífica, aunque su apariencia podía inducir a error, ya que se trataba de un hombre bastante alto y grandullón.

Su trabajo tampoco encajaba con su aspecto, puesto que era escritor de cuentos infantiles, llenos de fantasía, y le encantaba pedirme mi opinión para cada una de sus historias.

Mi abuela materna, Amelia, vivía con nosotros.

Era una anciana que vestía colores vivos, presumía de su pelo canoso y de sus grandes gafas que ocultaban unos hermosos ojos azules.

Se enfadaba con facilidad cuando presenciaba alguna injusticia y no le importaba gritar lo que pensaba a los demás, aunque con frecuencia lo hacía usando las palabras más inadecuadas.

Mi madre había establecido una hucha de castigo para las palabrotas, en la que los miembros de la familia teníamos que meter una moneda si se nos escapaba alguna…

pues, gracias a mi abuela, ya habíamos llenado cinco.

Pero esa mujer deslenguada era también una mujer cariñosa y nuestra salvación cuando las fechas de entrega de mis padres coincidían y la casa se convertía en un desastre.

Debido al trabajo de mis padres, a menudo los veía con ropa cómoda y algo desaliñada, en vez de con los trajes formales que vestían los padres de muchos de mis compañeros, pero yo los prefería así.

Ellos parecían más accesibles, siempre bromeábamos y dedicaban su poco tiempo libre a disfrutar de alguna actividad conmigo.

Y, aunque algunos podían pensar que mis padres trabajaban menos que otros que contaban con empleos de oficina con horarios estrictos, en realidad yo opinaba que lo hacían más, pues no tenían un horario fijo en el que desempeñar su labor y dependían mucho de la inspiración para crear una nueva obra, la cual no siempre era fácil.

El día que llevé a casa la nota del colegio era uno de esos días en los que ambos se encontraban atrasados respecto de su fecha de entrega, y aunque creí que no tendrían tiempo para mí, mis padres, tras detectar la tristeza en mi gesto, dejaron sus respectivos trabajos a un lado y se sentaron conmigo para preguntarme qué me ocurría.

Por toda respuesta, yo les entregué la nota del colegio.

Mis padres me miraron preocupados. Cuando leyeron aquel papel, sus rostros se llenaron de disgusto.

En ese momento pensé que su enfado había sido provocado por mí, que ellos opinaban como los profesores y que me obligarían a encajar a la fuerza en un mundo que no sentía como mío.

Pero mi abuela me sacó de mi error cuando, una vez más, no se calló lo que pensaba de los demás.

―¡Serán…! ¡En vez de castigar a los niños que se meten con mi nieta, van y la acusan a ella de antisocial!

¡Les voy a enseñar yo lo que es una antisocial!

¡Me voy a presentar en la reunión a la que os han convocado y les voy a decir lo que pienso de cada uno de ellos!

¡Y después los voy a mandar a la…! ―mi madre fulminó a mi abuela con la mirada y señaló con gesto amenazante la sexta hucha, provocando que mi abuela farfullara entre dientes antes de cambiar el final de su frase―: ¡… a por abono! ¡Ahí los voy a mandar!

―Creo que en esta ocasión no tendremos que jugarnos a piedra, papel o tijeras quién acudirá a esa reunión con la profesora ―manifestó mi madre mientras ignoraba a mi abuela y miraba con decisión a mi padre.

Y este, temiendo que el genio de su esposa saltara igual o peor que el de su suegra, abrazó a mi madre y anunció, igual de decidido que ella:

―Cariño, en esta ocasión iremos los dos. Además, de todas formas, ya he asistido a casi todas las reuniones escolares de este año.

―Cierto. Es que eres pésimo jugando a piedra, papel o tijeras, querido: siempre pierdes.

―Ya, bueno… ¿dónde está la nota de la profesora, Ellie? Imagino que tendremos que firmarla para que se la devuelvas ―preguntó mi padre, tras lo que yo asentí dándole la razón.

―Pues… no sé, papá. Hace unos segundos estaba aquí y...

En ese momento, todos escuchamos que alguien tiraba de la cisterna del cuarto de baño y, a continuación, vimos a mi abuela salir del baño; nos temimos lo peor. Nuestros ojos se clavaron en ella, declarándola culpable porque la conocíamos demasiado bien y, por supuesto, estábamos en lo cierto.

―¿Qué? No he dicho ninguna palabrota. Eso sí: le he dado un buen uso a esa maldita nota ―declaró mi abuela, mostrando una sonrisa llena de satisfacción que a mí me hizo reír, a mi madre echar los brazos al cielo y a mi padre emitir un profundo suspiro antes de anunciar:

―Ya me inventaré algún motivo por el que no puedes llevarle a la profesora esa nota firmada, algo más creíble que la realidad.

―Mentir está mal, papá ―dije, intentando reprender a mi padre con tono serio, pero este se esfumaba al recordar lo que había hecho mi abuela con la nota de mi profesora.

―¡Diablillo! ―dijo mi padre con una sonrisa mientras me revolvía el pelo antes de mandarme a mi habitación para terminar los deberes.

No puedo decir que los días siguientes no tuviera cierta preocupación.

Lo que más temía no era que mis compañeros siguieran metiéndose conmigo o que mis profesoras me obligaran a hacerme amiga de unos niños que solo me dedicaban insultos y mostraban su desprecio hacia mí y mi forma de ser porque no era como ellos, no; lo que más temía era que las palabras de mi profesora convencieran a mis padres de que ella tenía razón y que en mi familia comenzaran a mirarme como a un bicho raro, una pieza defectuosa que no encajaba en ningún lugar.

Finalmente llegó el día de la reunión y yo esperé con impaciencia a mis padres para conocer su respuesta, pero cuando llegaron a casa después de conversar con mi profesora, la cara de mi madre bullía de rabia y mi tranquilo padre apretaba fuertemente los puños a ambos lados del cuerpo.

―¿Soy una pieza defectuosa? ―pregunté a mis padres con lágrimas en los ojos, queriendo saber si los demás tenían razón y yo era el problema.

―¿Defectuosa? ―preguntó mi padre, extrañado, mientras me abrazaba con fuerza.

―Sí, ya sabes, como esa pieza que forma parte de un puzle perfecto que todos intentan hacer encajar a la fuerza sin éxito, porque no parece pertenecer a ningún lado ―declaré entre hipos, haciendo que mi padre dejara de abrazarme para mirar mi rostro lloroso y limpiarme las lágrimas.