Chapter 26
XXV
La vio por primera vez en un lugar distinto al de la fotocopiadora esa misma semana de marzo, subida a un banco en el comedor universitario, sosteniendo una hoja escrita a máquina con los bordes ya curvados de tanto pasar de mano en mano, y leyendo, con una voz que no le temblaba nada, un comunicado sobre un compañero de otra facultad detenido en Ensenada dos días antes.
—Necesitamos que esto se sepa —dijo Beatriz, cuando terminó de leer, mirando a la gente que comía sin mirarla del todo, algunos aplaudiendo bajito, otros bajando la cabeza sobre el plato con una prisa que no tenía nada que ver con el apuro—. Si no lo decimos nosotros, no lo dice nadie.
Dos hombres de civil, parados cerca de la puerta del comedor, la miraban sin ningún disimulo, con esa quietud particular de quien no necesita apurarse porque sabe que tiene todo el tiempo del mundo.
Beatriz los vio. Nora, sentada dos mesas más allá con una bandeja que ya no tenía ganas de terminar, también los vio, y sintió que el corazón se le aceleraba por las dos, por Beatriz que hablaba y por ella misma que todavía ni siquiera la conocía del todo.
Beatriz bajó del banco, guardó la hoja doblada en el bolsillo de la campera, y se sentó a comer como si nada, con el mismo apetito de siempre, mientras los dos hombres de civil, después de un rato, se dieron media vuelta y se fueron, sin apuro, como habían llegado.
—¿No tenés miedo? —le preguntó Nora esa misma tarde, ya las dos solas, caminando hacia la parada del colectivo.
—Todo el tiempo —dijo Beatriz, sin dramatismo, como si la pregunta fuera sobre el clima—. Por eso lo hago rápido. Así no me da tiempo a escucharlo.
Nora no entendió del todo esa frase en el momento. La iba a entender mucho mejor, con los años, cada vez que a ella misma le tocara hacer algo con miedo y descubriera que la única manera de hacerlo era, exactamente, esa: rápido, antes de que el cuerpo tuviera tiempo de convencerla de lo contrario.