La versión de Nora 28. El mapa de Inés
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28. El mapa de Inés

La ampliación del informe sobre el segundo teléfono llegó con el decreto firmado por Leza todavía abierto sobre la mesa de Daniel.

No identificaba la sesión que había borrado los archivos ni recuperaba ninguna grabación decisiva.

La perita había trabajado sobre la copia forense y sobre las versiones preservadas tras el requerimiento judicial.

Entre los restos de una carpeta eliminada aparecían veintitrés documentos atribuibles a Inés, cada uno con su huella de integridad.

El directorio llevaba dos iniciales: N. V.

Daniel esperó para abrirlo. Guardó los archivos en el soporte cifrado de la causa, comprobó que la remisión constaba en la plataforma y solo entonces empezó a leer.

Había fotografías tomadas desde lugares públicos, capturas de horarios, anotaciones breves y un mapa compuesto por tres planos enlazados por una carretera: el pueblo de Nora, el recorrido interurbano y la terminal donde Inés había intervenido cuando Vicente intentó quitarle la bolsa.

El primer archivo se había creado casi cinco meses antes de que Nora llegara a la ciudad.

Inés había marcado la casa de los Varela, la plaza, la parada del autobús y dos lugares que frecuentaba Nora.

En una fotografía, Nora cargaba una caja por la puerta lateral del bar; en otra, salía de una tienda con Elena mientras su madre guardaba el cambio.

Las fotos parecían tomadas directamente desde la calle, sin que Inés hubiera intentado ocultarse dentro de un coche o detrás de algún sitio.

Daniel comprobó que había seguido los movimientos de Nora de bastante cerca, aunque ella nunca se hubiera dado cuenta.

En el plano donde Inés había marcado la casa de los Varela también había anotado los horarios aproximados de Tomás, la matrícula de su coche y una advertencia que se repetía en tres fechas: «No acercarse mientras siga dentro».

Inés había anotado también dos intentos de hablar con Nora que no llegó a realizar.

En uno escribió que Tomás la esperaba al salir; en otro, que Elena caminaba con ella.

La tercera línea terminaba con una frase sin desarrollar y que Daniel no supo interpretar: «Si pregunta antes de estar fuera, puede llegar a él».

Daniel tuvo en cuenta aquellas anotaciones, pero sabía que por sí solas no demostraban nada sobre las intenciones de Inés.

Inés había evitado un riesgo, sí, pero también había vigilado a Nora sin su consentimiento y había calculado cuándo estaría en condiciones de escucharla.

En la cocina, Inés había reconocido que se arrepentía de haber vigilado a Nora.

Ahora Daniel podía ver en el mapa cuándo y cómo lo había hecho.

Las últimas páginas cambiaban del seguimiento a la espera.

Había tres horarios de autobús, dos rutas alternativas y una captura de la terminal con la cafetería rodeada en azul.

Inés había señalado las mesas visibles desde el vestíbulo, la presencia de seguridad y la salida que conducía a la parada de taxis.

Otra nota decía: «No llevarla a ningún sitio si tiene a alguien esperándola».

Debajo aparecía: «Ofrecer pensión. Casa solo si no hay alternativa».

La frase no coincidía del todo con lo que había ocurrido.

Inés no llegó a ofrecerle primero una pensión porque Vicente ya estaba sujetando la bolsa cuando intervino; después sí le propuso acompañarla a una.

Llevarla a casa había sido la última opción.

El mapa no demostraba que Inés hubiese preparado a Vicente ni aquella situación de peligro.

Lo que mostraba era que había pensado distintas formas de acercarse a Nora y había cambiado de plan cuando la encontró en aquella situación.

Otro documento recogía cuatro empleos de mañana y las rutas desde el piso.

La cafetería del mercado estaba subrayada en azul.

Antes de mostrarle el anuncio, Inés había comprobado el horario, las cámaras, las dos salidas y el nombre de Aurora.

Junto al local escribió: «Contrato posible.

Mucha gente. No depende de mí». La nota parecía marcar un límite: Nora podría ganar dinero sin quedar obligada con ella.

También explicaba por qué Inés conocía la hora de entrada antes de que Nora se la dijera.

El empleo formaba parte del mapa, aunque hubiese sido Nora quien logró que Aurora la contratara.

Entre los archivos recuperados había una captura de un mensaje recibido la noche en que Nora se marchó.

El número no aparecía guardado entre los contactos de Inés.

El texto era breve: «HA SALIDO. VA EN EL ÚLTIMO».

Junto a la captura, Inés había guardado el horario del autobús y la hora prevista de llegada a la terminal.

Daniel comprobó las horas. El mensaje había llegado con tiempo suficiente para que Inés fuera a la terminal antes de la llegada del autobús. Eso explicaba por qué sabía exactamente cuál tenía que esperar.

También encajaba con lo que Nora le había contado de aquella mañana.

Cuando llegó, Inés ya estaba en la terminal y parecía llevar allí un rato.

Lo ocurrido con Vicente había sido imprevisto; Inés había intervenido al verlo acercarse a Nora.

Lo que sí había preparado era estar allí cuando ella llegara.

Solicitó autorización para mostrar a Nora una selección y mantener restringidos los datos de terceras personas.

Le bastaban algunas fotografías para preguntarle si reconocía los lugares y las rutinas.

No quería que la primera vez que viera su vida convertida en vigilancia fuera entre los párrafos de un escrito de defensa.

Nora reconoció el mapa antes de que Daniel terminara de extenderlo sobre la mesa.

No era el plano que Inés utilizaba en la cocina, aunque compartía los mismos círculos azules y aquella costumbre de doblar las esquinas para ocultar parte del recorrido.

En la copia, su pueblo ocupaba el extremo izquierdo; la ciudad aparecía al otro lado de una línea larga, atravesada por números de carreteras y paradas.

—¿De dónde ha salido?

—De una recuperación complementaria del teléfono. La perita la ha incorporado con el informe y el juzgado ha autorizado que te enseñe estas páginas. Antes de interpretar nada, necesito que identifiques lo que puedas y que digas cuando no estés segura.

Nora acercó la primera fotografía. Reconoció la puerta lateral del bar y la chaqueta de aquel invierno.

En la segunda, Elena llevaba la bolsa de tela que guardaba junto a la lavadora.

Nora recordó esa tarde porque Tomás había contado las monedas del monedero al volver a casa y preguntado dos veces por qué faltaban tres euros.

—Yo no sabía que estaba allí —dijo.

Nora miró las fotografías sin decir nada. Le costaba asumir que Inés hubiera estado allí, observándola mucho antes de que llegaran a conocerse.

Daniel le mostró las fechas y después las notas junto a la casa.

Nora leyó los dos acercamientos descartados, el horario de Tomás y la orden de no hablarle mientras siguiera dentro.

La prudencia de Inés no la consoló. Tomás la había vigilado durante años para controlar lo que hacía.

Ahora descubría que Inés también había seguido sus movimientos durante meses, y eso le incomodaba aunque supiera que sus motivos eran otros.

—Sabía que me había buscado durante meses —dijo—. Me lo confesó.

—Pero no te explicó hasta qué punto había seguido tus movimientos.

—No. Esto no.

Daniel colocó delante de ella las páginas de la terminal.

Nora reconoció la cafetería, la mesa desde la que había vigilado las entradas y la salida lateral por la que se marchó Vicente.

Una anotación describía la cámara del establecimiento y el lugar habitual del vigilante.

Otra contenía tres alternativas para hablar con ella sin obligarla a subir a un coche ni a seguir a una desconocida.

—Hasta pensó dónde debía sentarme.

—Pensó dónde podría verte. No sabemos qué parte habría seguido si aquel hombre no hubiera intervenido.

—Yo tampoco sé qué habría elegido si él no me hubiese quitado la bolsa. Ese es el problema. Cada vez que intento recordar por qué acepté ir con Inés, ahora hay una decisión suya debajo de la mía.

Daniel hizo una breve pausa antes de continuar.

El documento podía ayudar a la defensa porque demostraba que Inés llevaba meses buscando a Nora y que había preparado su encuentro.

Pero también confirmaba que le había ocultado muchas cosas desde el principio, y Daniel sabía que para Nora eso no era fácil de asumir.

Daniel le mostró después la hoja con los empleos. Nora reconoció el anuncio de la cafetería que Inés le había enseñado aquella mañana en la cocina y la ruta marcada hasta el mercado. Junto al local aparecía anotado el turno de siete a tres.

—El periódico no decía a qué hora empezaba —dijo—. Se lo pregunté cuándo lo supo sin que yo se lo hubiera contado.

—Esta anotación es anterior a tu primera mañana de trabajo.

Nora leyó «No depende de mí». Podía reconocer la intención de Inés de ofrecerle una independencia real y, al mismo tiempo, la mano que había decidido cuál de las tres ofertas acabaría delante de ella.

Aurora la había contratado por lo que Nora hizo dentro del local.

Eso seguía siendo suyo. La puerta por la que entró, en cambio, ya había sido señalada de antemano.

—Este mapa puede ayudarnos a demostrar por qué estabas en su casa sin convertirte en una intrusa que se aprovechó de ella —dijo al fin—. También demuestra que te ocultó información y dirigió el encuentro. Las dos cosas pueden ser verdad. Tú decides cómo quieres explicarlo cuando llegue el momento.

Por último, Daniel dejó delante de Nora la captura del mensaje.

—¿Quién sabía que ibas a coger el último autobús?

Nora volvió a leerlo.

—Mi madre. Fue ella quien me dijo que saliera por detrás de las huertas y cogiera el último.

Entonces recordó el compartimento de la despensa y el cargador que había visto junto al dinero.

—También había un cargador de teléfono escondido allí. No lo reconocí.

Daniel anotó el dato.

—Habrá que comprobar quién envió el mensaje.

Nora dejó la captura junto al mapa. Inés había preparado su presencia en la terminal. La decisión de marcharse, en cambio, había sido de Nora: había salido de casa, había corrido hasta la parada y había subido al autobús por voluntad propia.

—Si fue mi madre, por eso Inés sabía qué autobús esperar.

—Sí. Pero primero tenemos que demostrar que ese número era suyo.

Nora asintió y apartó la captura.

—¿Por qué empezó a buscarme cinco meses antes?

Daniel retiró el mapa y dejó en su lugar una copia parcial del índice antiguo.

Hasta entonces había mantenido separadas ambas líneas porque una procedía del teléfono y la otra de diligencias archivadas catorce años atrás.

La fecha de creación de la carpeta N. V.

indicaba que Inés ya conocía la historia antigua cuando empezó a seguir a Nora.

—He encontrado a una mujer que denunció la red vinculada a las empresas de Tomás —dijo—. Desapareció antes de ampliar su declaración. Faltan dos anexos y la referencia de la orden bancaria podría corresponder a uno de ellos. Gabriel Leza dirigió las diligencias y las archivó.

Nora no preguntó primero por Leza.

—¿Cómo se llamaba la mujer?

Daniel pronunció el nombre sin saber que iba a alterar algo fuera de los documentos.

—Teresa Montalbán.

Nora vio que las piezas se desplazaban. Teresa tenía treinta y seis años cuando desapareció; catorce años después tendría cincuenta.

Tesa había levantado la vista al oír el apellido Varela el primer día, llevaba una cicatriz que abría el recuerdo de una mujer sobre tierra húmeda y había admitido que esperaba saber cuánto conservaba Nora.

Hasta ese momento, cada dato podía mantenerse separado.

El nombre los acercaba, pero todavía no demostraba que pertenecieran a la misma persona.

—Necesito volver al módulo —dijo.

Daniel observó cómo apartaba la copia del mapa.

—Un nombre parecido no basta para identificar a nadie.

—No. Por eso no voy a decir que la he identificado.

Nora regresó al módulo a última hora de la tarde. Todavía faltaba un rato para la cena. Entró en la 214, se sentó en el borde de la cama y sacó de la funda de plástico el folleto en el que llevaba semanas separando hechos, fragmentos y dudas.

Bajo «Ahora» escribió dos palabras: Teresa Montalbán. Añadió después la edad, la denuncia y la firma de Leza al pie del archivo. No escribió Tesa. Todavía no. Daniel tenía razón: un nombre, una cicatriz y varias coincidencias no bastaban para identificar a una persona.

Cuando avisaron para la cena, Nora dobló el folleto y lo guardó. Tendría que esperar hasta la próxima vez que coincidiera con Tesa en la biblioteca. No quería llegar allí con una acusación ni con una certeza que todavía no podía demostrar.

La próxima vez que coincidieran en la biblioteca, empezaría por una sola pregunta.

—¿Quién eres?