Capítulo 30
El café sin carpetas
El café de la esquina abría a las siete y media. Era el mismo de la primera mañana. El de los cruasanes con mantequilla y la primera vez que Elena había visto a Adrián sonreír de verdad.
Habían vuelto por razones que ninguno articuló pero que los dos entendían: algunas cosas merecen un círculo completo.
Adrián llegó primero. Por supuesto.
Elena lo encontró en la misma mesa de aquella mañana. Frente a dos tazas. Con el abrigo oscuro y el cabello ligeramente revuelto del frío. Y cuando la oyó entrar, levantó la vista y le sonrió.
La sonrisa real. Que seguía siendo cada vez la misma sorpresa.
—Llegas tarde.
—Llegas anticipado. Que no es lo mismo.
—Lo sé. Sigo haciéndolo.
—Lo sé. Sigo llegando tarde.
—¿Croissant?
—Con mantequilla.
—Yo también.
La mesa no tenía carpetas encima. No tenía documentos ni mapas ni fotografías con los bordes ondulados. Solo dos tazas de café y dos personas que habían llegado hasta aquí.
Hablaron. La entrevista con Isabel. El seminario de Adrián. La propuesta de publicar el trabajo como monografía académica con los dos nombres.
—Con tu nombre también, si quieres —dijo Adrián.
—¿Con mi nombre?
—Es tu investigación tanto como la mía. Más, si vamos a ser exactos.
—No seamos exactos.
—Elena.
—Adrián.
Se miraron. La versión cotidiana de lo que habían construido: dos personas que se respetaban lo suficiente para pelearse por quién merecía el crédito.
—Pensémoslo —dijo Elena.
—Bien.
El café se enfriaba. Afuera la ciudad se despertaba con la lentitud de los domingos.
Elena pensó en Gabriel. En Isabel en su casa con la puerta azul. En Valverde enfrentando las consecuencias de haber creído que el poder era más duradero que la verdad.
Y pensó en Adrián al otro lado de la mesa, partiendo un cruasán con mantequilla en un domingo de otoño, que era la cosa más ordinaria del mundo y era también exactamente lo que quería.
—Oye —dijo Adrián.
—Dime.
—¿Qué quieres que sea esto dentro de un año? ¿Dentro de cinco?
Elena sostuvo la pregunta. La pregunta grande envuelta en un gesto pequeño.
—Quiero que sea real. No sé exactamente la forma. Pero real. Con tiempo. Con espacio para los dos. —Pausa. —Con más domingos como este.
—Lo mismo —dijo Adrián—. Y todo lo demás que venga.
Todo lo demás que venga. Una frase abierta. Sin contornos. La clase de frase que diría alguien que ha aprendido que la verdad no se fuerza sino que se construye. Piedra a piedra. Con paciencia.
—De acuerdo —dijo Elena.
Ninguno dijo nada más durante un rato. Bebieron el café. Comieron el cruasán. Miraron la calle por el cristal.
Dos personas en una mesa sin carpetas encima.
Empezando.