Capítulo 1
El sobre
Elena Vidal encontró el sobre un martes, entre una factura del gas y un catálogo de muebles de jardín que nadie le había pedido.
Durante unos segundos no lo abrió. Solo lo sostuvo.
Conocía esa letra. La letra inclinada hacia la derecha, con las eles alargadas y las tes cruzadas con ese trazo firme y un poco impertinente que ella había intentado imitar con dieciséis años, antes de entender que las caligrafías, como las voces, son inimitables.
Gabriel Navarro había corregido con esa letra los márgenes de sus primeros artículos.
Había escrito con esa letra la única recomendación profesional que Elena había necesitado en su vida.
No había recibido una carta suya en casi cuatro años.
La abrió despacio, con el cuidado involuntario que se tiene con las cosas que uno sabe que van a importar.
Dentro había una sola hoja. Tres líneas.
Elena. Si estás leyendo esto, ya no estoy. Necesito que vayas a la casa. Sabes cuál. Lo que encontrarás allí no puede perderse, y yo ya no tengo tiempo ni fuerzas para sacarlo a la luz. Confío en ti más que en nadie. Siempre lo hice. — G.
La leyó tres veces.
Después se sentó en el primer sitio que encontró, que era el escalón de la entrada de su propio apartamento, con el abrigo todavía puesto y el bolso todavía en el hombro, y se permitió un minuto completo sin pensar en nada que no fuera que Gabriel Navarro había muerto y que no había estado allí.
No había estado allí porque no lo sabía. Nadie la había llamado. Nadie le había enviado un mensaje. Se había enterado tres semanas después, por casualidad, por un comentario en una conversación de exalumnos que ella seguía sin saber muy bien por qué.
Gabriel no había querido que lo supiera antes. Eso lo entendía ahora.
Gabriel había querido que lo supiera así: a través de un sobre, a través de una llave, a través de una tarea.
Llamó a la redacción antes de que terminara el minuto.
—Soy Elena. Necesito coger unos días. Asunto personal.
No esperó respuesta. Colgó. Fue al dormitorio, metió lo básico en una bolsa de viaje y salió sin volver a sentarse.
Porque si se sentaba, pensaría. Y si pensaba, puede que decidiera que había razones sensatas para no ir a aquella casa a abrir aquella carpeta a cumplir aquel encargo de un muerto.
Elena Vidal llevaba once años siendo periodista de investigación. Sabía perfectamente que las razones sensatas para no hacer algo eran casi siempre la señal más fiable de que era exactamente lo que había que hacer.
* * *
La casa estaba a cuarenta minutos en coche, en las afueras de la ciudad. Elena la recordaba distinta. Ocho años atrás había venido aquí tres veces con Gabriel, entre archivos y café amargo y seis horas de trabajo con poca luz.
Ahora las ventanas estaban cubiertas de polvo. La verja chirriaba. El jardín había crecido sin control.
Pero la llave encajó a la primera.
Eso significaba que la había esperado.
Dentro olía a papel viejo y a tiempo detenido. Elena encendió la linterna del teléfono y recorrió el pasillo hasta el despacho. Todo seguía en su sitio: las carpetas, el mapa con los alfileres de colores, la lámpara de pantalla verde. El escritorio de roble con los cajones que siempre crujían.
Como si Gabriel hubiera salido esa mañana y fuera a volver en cualquier momento.
Excepto que no iba a volver.
Se sentó ante el escritorio. Abrió el cajón central.
Y encontró la fotografía.
Blanco y negro. Una mujer joven sonriendo frente a una verja de hierro. Al dorso, una sola palabra: ISABEL.
Y debajo de la fotografía, una carpeta.
Elena la abrió.
Y el misterio comenzó.