46. Un nombre en la tierra
La identificación de los restos se confirmó mediante el conjunto de comparaciones practicadas. Eran de Elena Requena.
La noticia llegó por el cauce previsto, primero a su familia y después a las personas a las que correspondía informar. Lucía la recibió sentada en una habitación cuyo alquiler todavía llamaba temporal, aunque ya había aprendido dónde entraba la luz por la mañana.
No preguntó si estaban seguros antes de escuchar la explicación. Escuchó las pruebas, lo que se había concluido y lo que quedaba pendiente en el procedimiento.
Después dijo el nombre en voz alta.
Elena.
No apareció otra imagen de la escalera. Apareció una chica quitándose un zapato mojado y protestando por el frío.
La entrega de los restos y el entierro se organizaron cuando fue posible tras las actuaciones necesarias. La familia eligió una ceremonia pequeña. No habría cámaras dentro ni declaraciones al salir. Irene y su tío se encargaron de los detalles con el apoyo que quisieron aceptar.
Lucía fue con Teresa. Celia decidió acompañarlas después de hablarlo y de saber que podía cambiar de idea. No tenía que asistir como penitencia por su relación con Irene ni como prueba de apoyo a su madre.
El cementerio estaba húmedo por la lluvia de la madrugada.
Un trabajador apartó unas hojas del camino con una escoba y les indicó dónde podían esperar.
La sencillez del lugar desarmó a Lucía. Había imaginado tantas veces un final solemne que no sabía qué hacer con el ruido de una carretilla al otro lado del muro.
Irene llevaba la fotografía del zapato dentro de un sobre. No la colocó a la vista de todos. La había llevado para sí misma.
Lucía se quedó a cierta distancia hasta que la familia le hizo un gesto. Se acercó y dio el pésame sin intentar resumir dieciocho años en una frase.
El tío de Elena le preguntó por Teresa, a quien recordaba de las visitas antiguas. Hablaron de la madre de las hermanas, fallecida antes de que pudieran darle aquella respuesta. Irene escuchó con el rostro quieto.
Había otra ausencia que ninguna investigación podía corregir.
Durante la ceremonia, Lucía miró las letras del nombre y la fecha de nacimiento. El cumpleaños que no había conseguido recordar en el banco con Teresa estaba allí. Sintió vergüenza durante un instante y después la dejó pasar. No había querido menos a Elena por olvidar un número.
Quería conservarla de otra manera a partir de entonces.
Nadie les pidió declaraciones al terminar. La familia pudo permanecer unos minutos más junto a la sepultura, en silencio.
Celia se mantuvo junto a su abuela. Cuando Lucía volvió hacia ellas, la niña le preguntó si quería agua. Había traído una botella en el bolso sin convertirlo en una misión secreta.
Lucía aceptó.
Después caminaron despacio hacia la salida. Irene las alcanzó para agradecer la fotografía. No pidió un abrazo. Lucía se lo dio por decisión propia, breve, sin prometer que aquel gesto resolviera lo hablado en la mesa semanas antes.
—Ya sabemos dónde está —dijo Irene.
Lucía asintió.
Eso era cierto. No significaba que supieran todo de la forma en que una familia desearía saberlo ni que hubieran recuperado los años perdidos. La incertidumbre sobre su paradero había terminado.
Fuera del cementerio, Teresa propuso tomar algo caliente. Celia dijo que tenía hambre y se disculpó enseguida.
—No tienes que pedir perdón por eso —respondió Lucía.
Entraron en un bar con manteles de papel y una televisión demasiado alta. Pidieron café, un bocadillo y una sopa. La comida no tenía significado. Les hacía falta.
Lucía recibió un mensaje del hermano de Nicolás.
Habían hablado a través de los contactos facilitados durante la investigación y él quería agradecer que hubiera enviado unas palabras a su familia tras el entierro del vigilante, celebrado antes.
No le pedía que negara lo que Nicolás había hecho ni que lo recordara como un hombre distinto.
Solo agradecía que alguien hubiera pronunciado su nombre sin reducirlo a un cobro.
Lucía respondió con brevedad.
Había personas que habían cometido actos dañinos y habían sido después víctimas de otros. La muerte no borraba lo primero. Lo primero tampoco justificaba lo segundo.
Mara no asistió a la ceremonia de Elena.
Mantuvo el contacto necesario y respetó el espacio elegido por la familia.
Ese día trabajó sobre otras actuaciones y se aseguró de que las pendientes del caso siguieran su curso.
Una investigación no terminaba en el mismo momento en que una familia podía enterrar a alguien.
Por la tarde pasó a ver a Joaquín. El padre había colocado una nueva luz junto a su sillón porque la anterior hacía sombra sobre el libro.
—La he cambiado de sitio —dijo—. Era eso o seguir quejándome.
Mara se sentó a su lado. No buscó una enseñanza en la frase. Le preguntó qué estaba leyendo y dejó que él le contara una historia de barcos que no tenía relación con ningún expediente.
Lucía, mientras tanto, volvió al alojamiento con su madre y su hija. Guardó el programa de la ceremonia en una carpeta distinta de las declaraciones y de las notas jurídicas.
No quería que todos los papeles de Elena vivieran en el mismo lugar.
Aquella noche no soñó con una escalera. Soñó con una calle que no conseguía reconocer y se despertó antes de llegar al final.
No lo interpretó como una señal de curación ni como una advertencia.
Se levantó a beber agua, comprobó qué hora era y regresó a la cama.