La ventana de las once 33. Elena
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33. Elena

Lucía no fue al hotel.

El domingo por la mañana salió a caminar con Teresa por las calles del barrio en que había crecido.

No buscaban un destino. Su madre llevaba un paraguas que se abría mal y ambas tuvieron que detenerse bajo un balcón para encajarlo.

A Lucía le sorprendió reírse al ver a Teresa luchar con una varilla.

La risa le duró poco, pero no se disculpó por ella.

Habían localizado restos humanos en el espacio cerrado.

La identificación seguía pendiente. Mara había explicado que se compararían los datos y muestras disponibles, además de estudiar los elementos asociados.

No podía decirle por teléfono que eran de Elena solo porque el lugar y las circunstancias apuntaran hacia ella.

Lucía entendía la necesidad de esperar. Su cuerpo no.

Al pasar delante de una panadería compraron dos bollos y uno para Celia.

Teresa pidió el de su nieta sin crema, como siempre, y la dependienta dijo que acababan de cambiar la receta.

Lucía se quedó mirando la bandeja. Aquel tipo de detalle había seguido cambiando durante los dieciocho años de ausencia de Elena.

Los comercios, las recetas, las personas que atendían.

La desaparecida permanecía en la misma edad.

—¿Recuerdas su cumpleaños? —preguntó a su madre al salir.

Teresa negó con pena.

—No, hija.

Lucía tampoco pudo decir la fecha. Recordaba un bar, una tarta que alguien llevó sin avisar y Elena enfadada porque le habían puesto velas de broma. No sabía si aquella celebración correspondía a sus veintiún años o a los veintidós.

Había conservado una escalera y perdido un cumpleaños.

Siguieron andando hasta un banco seco bajo unos árboles. Teresa abrió la bolsa de la panadería y le dio uno de los bollos. Lucía lo sostuvo sin comer.

—Me da miedo sentir alivio si es ella.

Su madre miró hacia la calle.

—Llevas mucho tiempo esperando.

—No la esperaba viva todos los días. No puedo decir eso.

—No tienes que decirlo.

Lucía cerró los ojos. Había años en los que solo pensaba en Elena cuando alguien pronunciaba su nombre.

Otros en los que cualquier escalera le cambiaba la respiración.

Había tenido una hija, había traducido libros, había salido de viaje.

No quería convertir el duelo en una prueba de fidelidad que obligara a borrar todo lo demás.

Teresa tampoco intentó contarle una versión más noble de sí misma.

—Yo me alegré cuando dejaste de hablar de ella cada día —admitió—. Pensé que estabas mejor. Ahora no sé cuánto de aquel silencio era estar mejor y cuánto era no encontrar sitio para hablar.

Lucía la miró. Su madre tenía migas en el abrigo.

—Podemos aprender a no hacer eso con Celia.

Teresa asintió.

Al volver encontraron a la adolescente preparando café.

Había puesto tres tazas, aunque ella apenas lo bebía.

Sobre la mesa tenía una hoja con preguntas que quería llevar a la siguiente conversación con la profesional que iba a ayudarla.

Lucía no la leyó. Celia la dobló sin esconderla debajo de nada.

Ese gesto le pareció un avance minúsculo y suficiente para aquella mañana.

En comisaría, Mara recibió los primeros datos del examen de los restos.

Había indicadores compatibles con una mujer joven y elementos que debían contrastarse con el expediente de Elena.

La identificación requería sus propias pruebas.

La antigüedad y las condiciones de conservación limitaban lo que podía afirmarse sobre algunas lesiones y sobre el momento exacto de la muerte.

No era posible reconstruir una conversación ni una intención a partir de huesos.

Sí era posible estudiar lesiones, posición y materiales, y relacionarlos con una secuencia documentada de obras y accesos. El trabajo del hotel había permitido recuperar también elementos del envoltorio y restos asociados que podían ayudar a entender el traslado.

Mara pidió que cada conclusión indicara su grado de certeza y las alternativas pertinentes. No necesitaba un informe que sonara definitivo antes de estar terminado.

La información relativa a Nicolás, en cambio, avanzaba por otra vía.

Los resultados de la autopsia y los indicios de la escena apoyaban una muerte violenta con intervención ajena.

Las lesiones no encajaban con una simple salida accidental del vehículo.

Se seguían investigando la secuencia y la participación concreta de otras personas.

El coche de Andrés había sido captado en un punto compatible con el recorrido hacia la zona, dentro de la franja que él había dedicado a una supuesta revisión de obra.

La persona responsable del inmueble mencionado no confirmó esa visita.

Eran datos relevantes que se incorporarían a las medidas de investigación solicitadas, no una condena anticipada.

Mara preparó las siguientes actuaciones con el equipo. La situación de riesgo de Lucía y Celia se revisó a la luz de los nuevos indicios. El hecho de que estuvieran en casa de Teresa ayudaba, pero no sustituía una valoración ni las medidas que pudieran adoptarse.

La inspectora habló con Lucía esa tarde para actualizar lo imprescindible y saber si había nuevos contactos de Andrés. La mujer había recibido varios mensajes. Algunos trataban de asuntos domésticos, otros insistían en que regresaran. Los había conservado.

—¿La ha amenazado? —preguntó Mara.

Lucía leyó una frase desde la pantalla: «No sabes lo que va a pasar si sigues dejando que otros decidan por nosotros».

—No sé si esto lo es.

—No necesita clasificarlo usted. Guárdelo y facilítelo como hemos acordado. Si siente un peligro inmediato, llame a emergencias. No espere a que yo conteste.

También hablaron de apoyo, de contactos seguros y de no concertar más encuentros para discutir el pasado. Lucía aceptó. La conversación del aparcamiento le había mostrado que no iba a obtener de Andrés una versión estable a base de preguntar mejor.

Al terminar, pidió algo inesperado.

—Cuando sepáis si es Elena, ¿podré decirle a su familia que tengo fotos suyas que no son de la obra?

Mara pensó en el tío de Irene, en la madre fallecida y en una hermana a la que seguían intentando traer de vuelta.

—Podemos organizarlo cuando corresponda.

Lucía colgó y buscó entre las imágenes personales que había conservado en casa de Teresa. No eran las copias entregadas a la policía. Eran fotografías de años universitarios que su madre había guardado en un álbum de familia.

Encontró a Elena con el zapato mojado en la mano.

No recordaba que alguien hubiera fotografiado aquel día. En la imagen, su amiga levantaba un calcetín hacia la cámara y hacía una mueca. Lucía aparecía al lado, doblada de risa. Andrés no estaba en el encuadre. Eso no demostraba dónde estaba; simplemente no era una fotografía sobre él.

La dejó sobre la mesa y llamó a Celia.

—Quiero enseñarte quién era antes de todo esto.

La niña se sentó a su lado. No preguntó por la escalera. Preguntó por qué Elena llevaba un zapato en la mano.

Lucía contó la historia completa, con el charco y la discusión sobre dónde comprar unos calcetines secos. Se equivocó en el nombre de una calle y Teresa la corrigió. Ninguna convirtió el error en una señal de que no podía confiar en su memoria.

Elena volvió durante unos minutos a una tarde en la que no sabía que iba a desaparecer.

Lucía pudo mirarla sin pedirle que explicara su propia culpa.