CAPÍTULO 21
E llen corrió hacia la puerta, donde se había congregado un pequeño grupo de curiosos atraídos por el ruido de la pelea. Levantó la mirada y vio al inspector Harrison abriéndose paso entre la gente, seguido de un par de agentes.
Cuando los policías entraron y levantaron a Nate sin miramientos, Josephina por fin soltó el aire que había estado conteniendo.
Lo observó mientras se lo llevaban: aquella arrogancia tan suya había dado paso a algo más mezquino y patético.
En ese momento lo vio con claridad por primera vez: no como el protector encantador que una vez creyó que era, ni como el monstruo en que se había convertido, sino como algo intermedio: un hombre roto que rompía a otros porque no conocía otra manera de existir.
—Josephina, ¿estás bien? —preguntó el inspector Harrison con voz serena, aunque teñida de preocupación.
Ellen le había hablado de sus heridas, pero verlas ahora a la cruda luz del día —los moretones amarillentos, los cortes a medio cicatrizar, la manera en que se encogía como si esperara un golpe— le hizo comprender cuánto peligro había corrido en realidad.
Apretó la mandíbula, lamentando como profesional no haber actuado antes.
Josephina asintió en silencio, con la mente aún aturdida por el vuelco repentino que había dado su mundo.
Todo lo que había temido durante tanto tiempo —la ira de Nate, el juicio de su hermana, el peso de su vergüenza— le había caído encima de golpe.
Y sin embargo, de algún modo, seguía en pie, sostenida por el amor de Ellen, Matilda y James, y por la protección de aquel hombre que no pedía nada a cambio.
Los muros que había levantado alrededor de su corazón se desmoronaban poco a poco.
Abrumada por la emoción, no encontraba palabras para expresar lo que sentía.
—Ya estás a salvo, Josephina —dijo el inspector Harrison con firmeza—. Mick está entre rejas, junto con casi toda la banda, y Nate no tardará en hacerles compañía.
James dio un paso al frente y tendió la mano al inspector; aún tenía los nudillos en carne viva de la pelea. —No sabemos cómo agradecérselo, señor. La alternativa... bueno, mejor ni pensarlo —dijo con voz cargada de gratitud sincera.
El inspector se ruborizó levemente, poco habituado a que los caballeros le dieran las gracias. —Solo cumplo con mi deber, señor —respondió con modestia, aunque su mirada se desvió hacia Josephina con preocupación paternal.
Matilda se arrodilló junto a Josephina, que se había dejado caer en una silla con lágrimas resbalándole en silencio por las mejillas.
Tomó las manos de su hermana entre las suyas —unas suaves y cuidadas, las otras ásperas por las penurias— y se las llevó con delicadeza al rostro, salvando la distancia entre sus dos mundos.
—Josephina —dijo—, ya no estás sola. Estamos aquí contigo. Te ayudaremos a rehacer tu vida, el tiempo que haga falta.
Josephina miró a su hermana. Aún no estaba segura de poder creer del todo que aquello fuera real; había aprendido muy pronto que las cosas buenas solían desaparecer. Pero la calidez en los ojos de Matilda le infundía esperanza.
Ellen apareció a su lado con un paño húmedo. Le limpió con cuidado un pequeño corte en la mejilla, donde Nate le había desgarrado la piel al agarrarla. —Bueno —dijo con una ligereza forzada—, supongo que la sopa tendrá que esperar un poco.
Lo absurdo del comentario rompió la tensión, y Josephina dejó escapar una risa temblorosa.
El sonido era áspero, pero auténtico. Matilda se le unió, y pronto los cuatro se reían, desbordados por la liberación del miedo y la tensión acumulados.
Hasta el inspector Harrison sonrió, consciente del poder sanador de esos momentos.
Cuando la risa se apagó y dio paso a un silencio apacible, Matilda le apretó la mano. —Ven a casa con nosotros, Phina —dijo con dulzura, usando el apodo de la infancia que Josephina siempre había creído detestar—. Por favor.