CAPÍTULO 68
Amaia remueve la cucharilla del café dentro del vaso como si le fueran a dar un premio por cada vuelta que da.
—Al final perforarás el vaso, jefa —le dice Martín entrando en la sala.
—¿Dónde está Pedro? Le dije que viniera.
—Está arreglando un pequeño asunto, no te preocupes, vendrá más tarde.
—¡Joder! Parece un ministro… bueno, para comenzar tengo buenas noticias: el comisario tendrá el alta mañana.
—Genial, eso son muy buenas noticias.
—Sí, el problema de todo es que mañana nos caerá la del pulpo.
—¿Lo dices por lo de Rocío?
—Por todo, Martín, por todo.
Gustav Schmidt está pendiente de juicio, y a Felipe Carrera al final lo mataron con un punzón en prisión.
Al parecer, uno de los presos continuaba sin ver de buen agrado que le hubieran dejado tener a Felipe un periquito, aunque se lo hicieran comer.
En el sótano en el que trabajaba Gustav encontraron más de una decena de cerebros, todavía se sigue buscando a las víctimas.
Hans, el hijo de Gustav, está ingresado en uno de los mejores hospitales de todo Madrid.
Diagnosticado por una enfermedad rara, los médicos no creen, por la degeneración que presenta en su cuerpo, que dure mucho tiempo más.
De momento aguanta, quizá demasiado, todo tiempo que ya pase de más, será un milagro.
Sandra Vega, después de salir del hospital, estuvo buscando a su novio Raúl Cuadras hasta que una patrulla le informó que lo habían encontrado muerto en un contenedor cerca de Gran Vía.
Noelia Crespo ha vuelto con sus padres. De una manera u otra, el ex comisario Santiago Ríos cumplió con lo que les dijo, al final la encontrarían. Aunque todo fue gracias a Beatriz.
Agustín Díaz y sus padres fueron absueltos por pasar información de personas enfermas, pero tendrán que realizar servicios a la comunidad durante un año. El juez no consideró delito en lo que hicieron.
Por otro lado, Amaia ha comenzado a investigar a La Corporación.
Sabe muy poco de ella, y Beatriz Cortijo, la chica que logró escapar la está ayudando con alguna que otra información.
Ella, Martín y Pedro han informado al comisario Faustino Mendoza de lo que saben por el momento, que es prácticamente nada.
Todavía no sabe quién dejó ese mensaje escrito en la espalda de Rocío.
¿Tiene un aliado? ¿Alguien de dentro quiere escapar?
No tiene respuesta. Pero sabe que una persona ha querido mandar un mensaje.
La inspectora Amaia Garmendia, alias la vasca , está segura de que conseguirá averiguar todo lo que hay detrás de ese entramado llamado La Corporación.
Es solo cuestión de tiempo de que vaya encajando todas las piezas y que todos los peones vayan cayendo.
Por el momento sabe que se dedican a secuestrar a chicas, normalmente cuando son pequeñas, y las hacen esclavas.
Las ponen a trabajar con clientes a hacer tareas del hogar como si fueran empleadas, incluso las someten a actos sexuales vejatorios.
En un día cualquiera, a una hora sin ningún tipo de importancia, la inspectora está sentada en el sofá de su casa.
Está bebiendo una copa de Bourbon Stillbrook.
Contempla una fotografía que tiene en la mano, una que se hizo con Rocío, las dos abrazadas en la cama y que decidió imprimir para guardarla.
Llora al mirar ese recuerdo y la acaricia.
Como si con eso la pudiera sentir cerca.
Hay tantas cosas que le hubiera gustado decirle y no le dijo, y piensa también al revés, que la joven se quedó con muchas cosas por decir.
Ahora se estremece al recordarla dentro de aquella caja en la Puerta del Sol, degollada y llena de sangre y con tan solo ocho dedos.
Su teléfono móvil suena, mira la pantalla y ve que es el comisario.
Desde que le han dado el alta no para de llamarla.
—Dime, Mendoza.
—¿Cómo estás, Amaia? —Es muy habitual que el comisario haga directamente una pregunta sin ni siquiera saludar.
—He estado mejor otras veces —le dice en un tono serio—. Tengo trabajo, Mendoza, ¿qué ocurre?
—Tú siempre tan directa, ¿verdad? Estoy en mi despacho y he hecho algunas llamadas, ninguna clara, pero ha habido una bastante interesante.
—¿Sobre qué?
—Sobre La Corporación.
—¿Qué has averiguado?
—No es muy seguro hablar por teléfono ahora mismo, hazme caso, Amaia. Dime un lugar en el que te sientas cómoda hablando y que sepas que no entraría un poli ahí ni muerto.
El comisario Faustino Mendoza ha oído hablar alguna vez del bar del Luque. Sabe que la brigada se junta ahí para beber y charlar sobre los casos y otras cosas, pero es cierto, ni loco entraría él en ese bar de mala muerte. Anota la dirección y queda con Amaia allí en una media hora.
Cuando la inspectora Garmendia, alias la vasca , cuelga el teléfono, observa una vez más la fotografía con Rocío, su Rocío. Sabe que con su asesinato han querido mandarle un mensaje: no continúes investigando. Pero no piensa hacer caso a ese supuesto mensaje.
—No sé quiénes son. No sé dónde se esconden. Ni puta idea de quién cojones manda ahí, Rocío —le susurra a la foto—. Pero te juro que voy a encontrar a esa Corporación y me los voy a cargar a todos.
Amaia no dice nada más. El silencio habla por sí solo.
Ahora, en ese momento, las palabras sobran.
Guarda la fotografía, se termina la copa de Bourbon, coge su abrigo, las llaves del coche, su arma reglamentaria y el paquete de tabaco.
Sale de su piso en la calle de la Cava Alta y baja por las escaleras.
Se topa con el frío de Madrid. Ve al abuelo de siempre jugando con el nieto, a mujeres ir a por la compra, hombres trajeados haciendo alguna llamada.
Todo sigue igual, el mundo continúa girando a su alrededor.
Ahora no le importa nada ni nadie, solo tiene un objetivo: encontrar a La Corporación.
Y sabe que lo hará, porque ella es la vasca , y porque jamás descansará hasta encontrar a los responsables.