La Vasca: El Caso Hans CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Amaia abre la ventanilla del coche y se enciende un cigarrillo. De fondo, en la radio, suena una canción de Mónica Naranjo.

—Mendoza, todo esto me huele jodidamente mal…

—Lo sé, Amaia —le confirma el comisario—. Lo de la niña esa desaparecida puede que se complique más de…

—No hablo de eso, Mendoza —le interrumpe—. Me refiero al Seat Ibiza que nos sigue desde que hemos salido de Segovia. No se ha despegado de nosotros ni un solo momento.

Cuando el comisario quiere darse la vuelta, Amaia lo detiene con su brazo derecho.

—No, es mejor no alertarles.

—¿Quién crees que son?

—Ni puta idea, Mendoza, pero me da que no quieren parar para hacer un botellón con nosotros.

La vasca observa un cartel desgastado en el que se anuncia un área de servicio a dos kilómetros.

Están a poca distancia de Navacerrada, pero no quiere esperar a llegar y parar en el municipio y que se pueda convertir en un baño de sangre.

Por eso, y sin poner el intermitente, sale por la salida y entra en el área de servicio.

El Seat ha hecho lo mismo, pero pasan de largo y paran un poco más adelante, delante de varios vehículos.

—Se han parado allí —informa Amaia—. Son dos los que van en el interior.

—¿Por qué no nos han interceptado por el camino? —le pregunta el comisario a la inspectora—. Han podido hacerlo en cualquier momento.

—No lo sé. Quizá quieren esperar al momento adecuado, o simplemente son dos gilipollas que solo nos quieren asustar. ¿Llevas tu arma?

—No.

—Joder, Mendoza… vale, toma la mía. Voy a entrar e iré a los lavabos, si alguno de esos dos se acerca le pegas un tiro en la pierna, ¿estamos? Y si vienen los dos, le pegas el tiro a los dos.

—Amaia, no podemos ir sacando el arma cuando a ti te dé la real gana…

—Vivir o morir, comisario. —La inspectora le entrega su pistola reglamentaria colocándosela en sus manos—. Ahora vuelvo.

Amaia Garmendia, con paso decidido y sin dudar ni un solo segundo, camina hacia el edificio de la zona del Buffet sin perder de vista al Seat Ibiza.

Ha anotado la matrícula del coche en su cabeza y le manda un mensaje a Rocío para que busque información de la matrícula.

No tarda en obtener respuesta: le informa que esa placa no está registrada, perteneció a un Golf de color rojo que se llevó al desguace dos años atrás.

La inspectora se queda en el interior, en la zona de souvenirs, observando de reojo el coche blanco. Lo de ir al lavabo era verdad, tiene unas ganas de orinar inhumanas, pero no puede despegar la mirada de los que les han estado siguiendo.

—Venga, joder —susurra—. Salid del puto coche.

Como si su Dios la hubiera escuchado, la puerta del conductor se abre. Del interior sale un tipo con la tez algo oscura, cazadora de piel marrón, barba negra poblada, pantalón militar y botas.

—Hijo de puta —vuelve a susurrar—. ¿Quién cojones eres?

El copiloto se ha quedado en el interior del coche, y el conductor, el de la cazadora marrón, camina hacia el área de servicio.

Amaia se da la vuelta y va hacia el pasillo que la lleva directa a los lavabos.

No entra en el de mujeres, pero sí decide entrar en el de los hombres.

No hay demasiada gente, y eso es buena señal, al menos nadie la ha visto.

Entra en el cuarto baño individual comenzando a contar por la derecha.

Tira de la cisterna y se sube encima de la taza para tener los pies en alto y así no ser vista.

El olor es algo insoportable. Es una mezcla entre ambientador y sudor que casi le provoca un estornudo.

Ha de contenerse, no puede alertar al tipo de la cazadora marrón.

Por suerte los baños están vacíos, eso es algo que se repite una y otra vez en su cabeza.

Está segura que el tipo la está esperando fuera, la duda es si lo hace en el lavabo de mujeres o en el de hombres, pero, es en ese momento cuando una voz la estremece.

Es profunda y tiene acento colombiano. El tipo habla porque sabe que no hay nadie además de Amaia.

—Inspectora Garmendia —salta el tipo—, vea pues, yo sé que usted está acá. Hágame el favor y salga de una vez, mija, pa´ que arreglemos esto como personas civilizadas. No pongamos esto feo.

Amaia está en silencio. No se permite ni siquiera el lujo de respirar.

Evidentemente no se le olvida el detalle de que, el posiblemente sicario, sabe quién es, y seguramente también saben que el comisario Faustino Mendoza espera fuera.

Esto es más peligroso de lo que ella podría imaginar.

Un tío colombiano que la sigue junto a otro en un Seat Ibiza medio destartalado con una matrícula ya inexistente.

Eso huele muy mal y ella lo sabe. Son demasiados años ya en la policía.

—¿Inspectora? —vuelve a llamarla, pero la vasca está en silencio, esperando su oportunidad—. No haga esto más difícil… hágame caso, seamos civilizados.

Amaia espera su momento, tiene paciencia, y tenerla es algo muy valioso.

No suele tenerla, pero ahora es muy necesaria.

La voz del colombiano está cada vez más cerca, lo único que tiene que hacer la inspectora es esperar unos pocos segundos más para poder atacar.

Y, justo cuando los pies del sicario pasan por delante del baño, ella lo intuye por su sombra, Amaia da un fuerte golpe a la puerta con el pie.

La revienta haciendo saltar las bisagras y el colombiano cae contra un espejo, cortándose la mejilla derecha.

—¡Pendeja! —exclama el sicario.

La inspectora se lanza hacia él y comienzan a forcejear, caen al suelo y el colombiano se coloca encima y, colocando sus manos en su cuello, comienza a asfixiarla.

—¡Te vas a ir al otro barrio, gonorrea!

Amaia no se da por vencida y consigue agarrar un trozo de cristal del espejo hecho añicos.

Cuando lo agarra se hace un pequeño corte en la mano, pero le da igual, lo empuña fuertemente y se lo clava en el cuello al sicario.

Su rostro se paraliza, un chorro de sangre cae por el cuello y comienza a convulsionar. Cae en el suelo, muerto.

—¡Hijo de puta! —exclama ella mientras se lo quita de encima.

Amaia Garmendia sale corriendo y se dirige hacia el exterior.

Mientras corre, se cruza con varias personas que seguramente se dirigen hacia el baño, cuando vean al muerto se alertarán, sabe que se ocupará de eso en cuanto termine, pero ahora ha de salir al exterior, todavía queda uno de los tíos en el coche y Mendoza está solo, igual que lo ha estado ella unos minutos antes, pero sabe que, llegado el momento, la ética del comisario le impedirá pegarle un tiro a alguien.

Es lo que tiene ser comisario, hay reglas que hay que seguir.

Cuando Amaia sale fuera, puede ver al copiloto junto a la puerta del conductor del Seat, lleva un arma en las manos y dispara hacia ella.

Consigue agazaparse tras un contenedor y responde también con dos disparos, pero no consigue darle.

Eso sí, ha agujerado el Ibiza, en la zona del capó.

En la zona del aparcamiento hay unas nueve personas y se han escondido detrás de vehículos.

El compañero del de la cazadora marrón se sube al coche y arranca, quiere huir.

En pocos segundos se ha vuelto a meter en la autopista.

La vasca hace una llamada a central y pasa por teléfono móvil los datos del vehículo para que den orden a las patrullas de la zona para que lo intercepten.

Su compañero está muerto, pero él no puede escapar.

—¡Mendoza! —grita ella mientras corre hacia el vehículo.

Cuando Amaia llega al coche la escena la deja aterrorizada.

Se queda inmóvil ante lo que sus ojos están viendo.

El comisario Faustino Mendoza está tirado sobre el salpicadero, hay sangre por todo el coche, y cuando la inspectora lo incorpora para tomarle las constantes vitales se da cuenta de que le han disparado en la cabeza.