LOS DÍGITOS
A las nueve de la mañana, Ortiz ya tiene la pizarra dividida en dos. A la izquierda está la casa. A la derecha, North Road. Entre ambas escribió cuatro minutos.
No hay nombres nuevos.
Harris deja una carpeta sobre la mesa cuando entro.
—Hoy quiero volver a esas dos llamadas.
—¿Encontraron algo?
—No una pista nueva. Una diferencia que importa.
Ortiz abre la documentación técnica de la compañía telefónica. Ya vimos parte de esas hojas cuando identificaron el destino de la llamada de las 21:11. Esta vez Harris coloca al lado una guía telefónica de Bellwether de 1999.
—North Road Gas tenía un número comercial publicado —dice.
Señala la entrada y después el número marcado desde nuestra casa.
No son iguales.
—Entonces, ¿qué número llamaron?
—El del teléfono público exterior.
—¿También estaba en la guía?
—No.
Harris coloca ambos números uno debajo del otro. A las 21:07 nadie llamó al negocio. Alguien desde nuestra casa marcó directamente el teléfono público fijado a la pared lateral de la estación.
No hubo operadora.
—Entonces quien llamó conocía el número.
—Tenía el número disponible —corrige Ortiz—. No sabemos si lo sabía de memoria. Podía tenerlo anotado, haberlo recibido de alguien o haberlo obtenido antes.
Harris abre el registro de actividad del teléfono público. También comprobaron si alguien desde North Road había llamado antes a nuestra casa para proporcionar el número.
No ocurrió. Entre las ocho y las 21:07 no hay ninguna llamada desde ese teléfono a la casa Bennett.
Durante años había pensado en aquella llamada de una manera mucho más simple: alguien llamando a una estación de servicio, quizá utilizando un número encontrado en una guía. Los registros dicen otra cosa.
Nuestra línea marcó directamente un teléfono público cuyo número no estaba publicado.
—¿Mamá pudo llamar primero al negocio y pedir el número?
—No desde la línea de la casa —dice Ortiz—. Después de la llamada a la pizzería de las 20:18, la siguiente llamada saliente registrada es la de las 21:07.
Tampoco aparece intervención de una operadora.
La pregunta deja de ser solamente quién utilizó el teléfono. También importa de dónde salieron los dígitos que esa persona marcó.
Harris escribe debajo de las 21:07:
NÚMERO DISPONIBLE ANTES DE LA LLAMADA
—Eso sí podemos afirmarlo —dice Ortiz.
Mi madre dice que no reconoce el número. Yo dije que ni siquiera sabía dónde quedaba North Road. Durante días traté esas dos cosas como si cerraran el problema.
No lo hacen.
—Entonces una de las dos sabía más de lo que dijo.
Ortiz niega.
—No necesariamente. Saber un número y saber a qué lugar pertenece son cosas distintas.
La miro.
—Podías recibir una serie de dígitos y marcarlos sin saber que pertenecían al teléfono público de North Road Gas.
La idea tarda un momento en acomodarse.
—Entonces cuando Watkins me preguntó si había llamado a North Road Gas...
—Podías entender que te preguntaba si habías llamado a una estación de servicio —dice Harris—. Si no conocías el lugar ni reconocías el nombre, responder que no sería compatible con haber marcado un número que otra persona te hubiera dado.
—También puedo simplemente no haber hecho la llamada.
—Claro.
No intentan convertir mi declaración en algo distinto. Sólo dejan de utilizarla como prueba de algo más amplio de lo que realmente dice.
Vuelvo a la entrevista del 17 de septiembre.
“¿Llamaste a North Road Gas?
No.
¿Sabés dónde queda?
No.”
Esas respuestas pueden seguir siendo sinceras desde el punto de vista de una nena de once años incluso si alguna vez tuvo delante una serie de números cuyo destino desconocía. No significa que haya ocurrido. Significa que mi respuesta ya no lo excluye.
En 1999 la policía revisó libretas, anotaciones junto a los teléfonos y papeles que parecían relacionados con la desaparición. El número no apareció identificado.
Ahora tampoco apareció nada nuevo. No hay una agenda olvidada ni una nota escondida. Sólo existe una llamada que alguien tuvo que marcar.
Ortiz vuelve a la cronología.
20:18 — Sophie probablemente todavía en casa.
21:11 — probablemente Sophie en North Road.
Mantiene el probablemente en ambos extremos.
La llamada de las 20:18 fue atribuida a Sophie por mi madre.
No hay grabación ni identificación independiente.
La de las 21:11 tiene otro tipo de apoyo: sabemos exactamente desde qué aparato se hizo, Lisa Haines describió una voz femenina que le pareció joven y quien llamó preguntó específicamente por Megan, igual que Sophie había hecho esa tarde.
Sophie sigue siendo la explicación más fuerte para esa segunda llamada.
Entre ambos puntos hay cincuenta y tres minutos. Desde nuestra casa hasta North Road se tardaban entre diez y doce minutos en auto.
Si la mujer de las 21:11 era Sophie, tuvo que salir aproximadamente antes de las nueve, salvo que ya estuviera más cerca.
No hace falta fijar un minuto exacto. Lo importante dentro de la casa —la discusión, el papel, nuestra segunda conversación y su salida— empieza a concentrarse entre las 20:18 y poco antes de las nueve.
—¿Sophie podía haber manejado sola?
Harris abre otra hoja. En septiembre de 1999 no tenía licencia ni permiso de aprendizaje.
Eso no demuestra que nunca hubiera conducido un auto. Pero Megan declaró entonces y ahora que Sophie no manejaba. Mi madre dice lo mismo. Nadie la describió utilizando habitualmente un vehículo sola.
Es físicamente posible, pero no hay evidencia que empuje la reconstrucción en esa dirección.
Harris dibuja tres posibilidades entre la casa y North Road.
A PIE.
La tacha.
—No da el tiempo.
TRANSPORTE PÚBLICO.
También la tacha.
—No había servicio útil a esa hora.
Queda una.
VEHÍCULO.
Si la mujer de las 21:11 era Sophie, ésa es con mucha diferencia la explicación más consistente para su llegada a North Road.
El Taurus no sirve. Daniel estaba a más de seiscientos kilómetros. Megan estaba en la farmacia. Yo no podía conducir.
No digo el nombre que queda.
Ortiz lo hace.
—Evelyn tenía un vehículo y estaba en Bellwether. Por eso no podemos eliminarla como posible conductora.
—Pero tampoco tienen nada que la coloque llevando a Sophie.
—No.
Puede existir otra persona conocida por Sophie que todavía no haya aparecido dentro de esta secuencia. Pero no hay una llamada con esa persona, un testigo ni evidencia de que Sophie esperara que alguien fuera a buscarla.
Las explicaciones que requieren incorporar a una persona desconocida siguen siendo posibles. Lo que pierden es apoyo.
—¿Y Ruth?
Ortiz busca un registro.
Ruth tenía auto, pero a las 20:56 comenzó una llamada desde su domicilio que duró diecinueve minutos. La destinataria fue identificada en 1999 y confirmó la conversación. Ruth estaba en su casa hasta aproximadamente las 21:15.
Podría construirse una secuencia en la que hubiera llevado a Sophie antes, pero nada las sitúa juntas aquella noche ni explica por qué Ruth habría participado. No queda excluida como Daniel, cuya distancia lo vuelve imposible. Simplemente no hay evidencia que la empuje hacia el centro.
Harris vuelve a la llamada de las 21:07 y escribe sólo dos nombres.
EVELYN
CLAIRE
—Según las declaraciones disponibles, ustedes dos son las personas conocidas que permanecían en la casa.
—Las dos negamos haber llamado.
—Sí.
—Y no pueden saber qué aparato se utilizó.
—No. Podía ser el teléfono de la cocina o el inalámbrico.
Ortiz señala mi nombre.
—Si fuiste vos, necesitabas tener los dígitos disponibles.
—Pero no necesariamente saber que eran de North Road.
—Exacto.
Ahí está la diferencia que no había visto. Durante días utilicé mi respuesta del diecisiete como si hubiera dicho: Nunca marqué ese número.
Watkins no me preguntó eso.
Me preguntó por un lugar.
Si llamó mi madre, ella también necesitaba disponer del número y después negó haber hecho la llamada. Dice que no lo reconoce. Sophie pudo habérselo dado, igual que pudo habérmelo dado a mí.
Mi madre habló con Sophie aquella noche.
Yo también.
No hace falta introducir a una tercera persona dentro de la casa para explicar cómo cualquiera de las dos pudo recibir una serie de dígitos.
—Entonces tendrían que saber qué se dijo en nuestras conversaciones.
—Sí —responde Ortiz—. Y ahí tenemos un problema distinto.
La conversación entre Sophie y mi madre no fue grabada. La segunda conversación conmigo sólo existe a través de lo que conté el 17 de septiembre.
Sophie entró en mi habitación con la mochila y un papel. Quería que lo leyera.
Yo me negué.
Porque era mentira.
—¿Podía haberme dado un número durante esa conversación?
—Podía —dice Harris.
—Pero yo nunca dije que lo hiciera.
—No.
—¿Aparece en alguna entrevista?
—No.
Entonces no lo sabemos.
No aparece un recuerdo nuevo. No veo a Sophie escribiendo nada ni escucho una serie de números. Sólo existe una posibilidad que antes descartaba demasiado rápido: pude haber recibido un número sin saber dónde terminaba.
Harris vuelve a las 21:07.
—Hay algo que tenemos que seguir separando: quien hizo la llamada y quien condujo.
Si mi madre llevó a Sophie, eso no significa que después llamara desde casa. Si yo llamé, no significa que supiera quién la llevó. También podía haber sabido qué número marcar sin saber dónde estaba ese teléfono.
Una sola persona no necesita haber realizado todas las acciones para que formen parte de la misma secuencia.
—¿Y si mamá fue la conductora?
Ortiz responde con cuidado.
—Entonces necesitamos saber dónde estaba a las 21:07.
—Según su declaración, en casa.
—Sí.
—Pero eso es su declaración.
—Sí.
Hay dos maneras distintas de trabajar con aquella cronología. Una es aceptar cada ubicación declarada y comprobar qué encaja. La otra es preguntarse qué ocurriría si alguna de esas ubicaciones fuera incorrecta.
Todavía no tenemos evidencia suficiente para elegir la segunda. Pero tampoco podemos tratar una declaración como un registro de GPS.
—Si mamá realmente estaba en casa a las 21:07, podía haber hecho la llamada.
—Sí.
—Y yo también.
—Sí.
—Si no estaba en casa...
No termino.
Harris lo hace.
—Entonces, entre las personas conocidas que permanecían en la vivienda, tu nombre adquiere otro peso.
No me gusta escucharlo, pero eso no lo vuelve incorrecto.
—Primero tendrían que demostrar que mamá no estaba.
—Exacto.
No lo han hecho, así que la llamada sigue teniendo dos nombres.
Harris vuelve al número del teléfono público.
—Hay otra cosa importante. No necesitamos saber todavía quién llamó para concluir que los dígitos llegaron a la casa de alguna manera.
A menos que quien llamó ya los conociera.
No encontraron ninguna conexión previa documentada entre nuestra familia y ese teléfono público.
Mi madre dice que pudo haber pasado por North Road otras veces, pero no recuerda haber usado ese teléfono.
Daniel había vivido en Bellwether y conocía la zona general, pero nada lo vincula con ese número.
Sobre Sophie todavía están buscando. Pudo haber visto o utilizado el teléfono antes. También pudo haber recibido el número de otra persona.
No seguimos agregando posibilidades. Eso sólo volvería a llenar el tablero justo cuando empieza a reducirse.
Ortiz borra parte de la pizarra y deja únicamente:
20:18 — Sophie probablemente en casa.
Antes de aproximadamente 21:00 — salida probable, si estaba en North Road a las 21:11.
21:07 — Casa Bennett llama directamente al teléfono público de North Road.
21:11 — probablemente Sophie llama desde ese teléfono a la farmacia.
Miro el espacio entre las dos primeras líneas. Ahí están la pelea, el papel, Preguntale vos y Sophie intentando que yo dejara de creer una versión demasiado simple de nuestro padre.
Después, de algún modo, queda fuera de la casa.
—Si ella me dio el número —digo—, pudo haber sido porque esperaba que la llamara.
Ninguno responde enseguida.
—Es una posibilidad —dice Harris.
—Y si después yo marqué sin saber que era North Road...
—También encaja.
—Pero no tenemos la parte en la que me da el número.
—No.
La idea no se convierte en recuerdo porque sea útil.
Mi madre sigue siendo la única persona adulta ya establecida dentro del núcleo de aquella noche que estaba en Bellwether, tenía acceso a un vehículo y no puede ser excluida por la evidencia disponible. Eso empieza a sonar cada vez más cerca de una acusación.
Ortiz me obliga a mirar también lo que falta: no hay un testigo que coloque a Evelyn conduciendo con Sophie, una llamada desde el Volvo, una matrícula en North Road ni una identificación en Dawson.
—Pero tampoco tienen otra persona.
—No tener otra persona no demuestra que ésta sea la correcta.
El problema es que cada vez quedan menos lugares donde esconder una explicación.
Antes de irme, Harris vuelve a colocar la casa, North Road y Dawson en el mapa.
North Road no demuestra Dawson. Que estén a doce o quince minutos tampoco los une.
Las marcas recientes en el acceso después de la lluvia no identifican vehículo, conductor ni una fecha exacta dentro del intervalo posible.
Dawson todavía pertenece a otra parte de la noche.
North Road ya tiene suficiente peso por sí solo.
En casa escribo la secuencia una vez.
20:18 — Sophie probablemente en casa; atribución de Evelyn.
Antes de aproximadamente las 21:00 — discusión, segunda conversación, papel, salida probable si estaba en North Road a las 21:11.
21:07 — alguien desde nuestra casa marca directamente el número no publicado del teléfono público de North Road. La llamada es contestada.
21:11 — probablemente Sophie utiliza ese mismo teléfono para intentar hablar con Megan.
Debajo escribo:
Quien llamó no necesitaba saber que el número pertenecía a North Road. Sólo necesitaba tener los dígitos.
Eso cambia el alcance de mi declaración del diecisiete. No la vuelve falsa ni demuestra que yo haya llamado, pero ya no puedo utilizar “No sabía dónde quedaba North Road” como prueba de que nunca marqué ese número.
Sophie y yo hablamos poco antes de que saliera. Parte de aquella conversación quedó sin explicar. Cuatro días después negué haber llamado a North Road Gas.
Las dos cosas todavía no forman una respuesta.
Pero entre ellas ya existe una pregunta mucho más precisa.
No quién conocía North Road.
Quién recibió los dígitos.