EL AUTO AZUL
La llamada de Ortiz llega a las cinco y diecisiete de la tarde.
Estoy en la cocina revisando otra vez los horarios de North Road cuando su voz cambia el rumbo del día.
—Encontramos un auto.
Dejo la lapicera.
—¿Qué auto?
—Uno que ya estaba en el expediente de 1999.
—¿El de North Road?
—No. Uno de tu calle.
No entiendo hasta que agrega:
—Azul oscuro. Cuatro puertas. Con una óptica trasera dañada.
Me siento.
—¿Qué?
—Vení a la comisaría.
Cuando llego, Harris tiene extendidas sobre la mesa varias hojas del relevamiento del vecindario.
Durante los primeros días de la búsqueda, la policía había recorrido casa por casa varias cuadras alrededor de la nuestra.
Preguntaron quién había estado en la zona la noche del trece, qué vehículos pertenecían a cada domicilio, si alguien había visto a Sophie y si había ocurrido algo fuera de lo habitual.
Yo había leído resúmenes de ese trabajo, pero nunca las fichas individuales.
Ortiz coloca una delante de mí.
14/09/99 — 46 Hawthorne St. — Philip y Anne Mercer.
—Vivían tres casas más abajo —dice Harris.
No recuerdo los nombres. La ficha enumera dos vehículos. Una camioneta de Anne Mercer y, debajo:
1992 Ford Taurus GL. Sedán 4 puertas. Azul marino. Philip Mercer.
Sigo leyendo.
Vehículo estacionado en la vía pública frente al sector comprendido entre los números 38 y 42 durante la noche del 13/09.
Nuestra casa era el 40.
—¿Frente a nuestra casa?
—No exactamente frente a la puerta —dice Ortiz—. Un poco más hacia la esquina.
Harris coloca al lado el plano que hicimos en la casa. El punto cae dentro del área visible desde mi antigua habitación.
Miro el margen inferior de la ficha.
Daño previo visible en conjunto óptico trasero derecho. Lente parcialmente fracturada.
Azul marino. Cuatro puertas. Una óptica trasera dañada.
—¿Cómo no vimos esto antes?
—La policía sí lo vio —dice Harris.
—Me refiero a nosotros.
—Porque fue uno de los vehículos que investigaron en 1999 y la evidencia disponible lo dejó muy debilitado como posible medio para trasladar a Sophie. Nosotros empezamos por las líneas que habían quedado abiertas.
—Pero coincide con lo que dije.
—Con varias partes —responde Ortiz.
El color y las cuatro puertas aparecieron en mi descripción. La óptica tiene un peso distinto: ese detalle surgió después de que Watkins preguntara si había alguna luz rota, algún golpe o algo que me hubiera llamado la atención.
—Pero este auto realmente tenía la óptica dañada.
—Sí.
—Entonces pude haberla visto.
—Pudiste. También es posible que la pregunta te ayudara a nombrar un detalle que habías observado sin fijarlo todavía. O que tu respuesta coincidiera con un daño real del vehículo. Ahora no podemos distinguir entre esas posibilidades.
Las coincidencias siguen ahí. Lo que cambia es el peso de cada una.
—Entonces podía ser éste.
—Podría ser el auto que viste desde tu ventana —dice Ortiz.
El auto que vi, aunque no necesariamente el auto que se llevó a Sophie.
Harris desliza otra hoja hacia mí. Está fechada el 16 de septiembre de 1999, el mismo día de mi entrevista formal.
“A raíz de la descripción proporcionada por C. Bennett, se vuelve a contactar a Philip Mercer respecto de Ford Taurus azul registrado previamente durante el relevamiento vecinal.”
Más abajo:
“Mercer informa que el vehículo permaneció estacionado en Hawthorne St. desde aproximadamente las 18:30 del 13/09 hasta la mañana del 14/09 debido a una avería del sistema de carga.”
La avería era del alternador.
Otra hoja registra que el vehículo fue retirado mediante grúa el 14 de septiembre a las 08:12 y trasladado a Bellwether Auto Electric. Detrás hay una copia del recibo.
Ingreso por grúa. Vehículo no operativo. Diagnóstico: alternador defectuoso / batería descargada.
14 de septiembre. 08:27.
—Entonces sería muy difícil que este auto hubiera llevado a Sophie.
—La documentación disponible hace que esa posibilidad sea muy poco probable —dice Ortiz.
No depende solamente de lo que dijo Mercer.
Harris abre una fotografía policial en blanco y negro.
El Ford aparece dentro de un taller. No puedo saber qué tonalidad de azul tenía, pero reconozco la forma de un sedán de principios de los noventa.
En la parte posterior derecha falta un fragmento de la cubierta de la luz.
La policía fue al taller el dieciséis, después de mi declaración.
Buscaron daños recientes, sangre visible, objetos o cualquier indicio de que Sophie hubiera estado dentro.
No encontraron nada relacionado con ella.
El taller confirmó además el reemplazo del alternador y registró que el vehículo había llegado en grúa con la batería descargada.
—¿Podían haberlo usado durante la noche y volver a dejarlo ahí?
Harris me mira.
—Podemos construir una explicación que permita casi cualquier cosa. La pregunta es si tenemos evidencia para hacerlo.
No la tienen. También hablaron con el conductor de la grúa. El hombre declaró el dieciséis que recibió la solicitud de remolque la mañana del catorce y encontró el Taurus estacionado en la calle cuando llegó.
La policía no puede demostrar que nadie lo moviera durante cada minuto de la noche.
Puede demostrar que Philip Mercer dijo haberlo dejado allí aproximadamente a las seis y media, que estaba allí otra vez a las ocho y doce de la mañana y que tenía una avería documentada que impedía su funcionamiento normal.
Doce horas no son una grabación continua, pero tampoco existe una razón concreta para insertar un viaje secreto entre esos dos puntos.
Vuelvo a la primera ficha.
Azul marino. Sedán de cuatro puertas. Lente trasera parcialmente fracturada.
El auto que describí podía haber existido exactamente donde dije haber visto uno. La idea debería tranquilizarme. No lo hace.
—¿Por qué siguieron buscando otro auto después de esto?
—Porque no podían saber que el Taurus fuera el vehículo que habías visto —dice Harris—. No diste marca ni modelo y tampoco fijaste una posición exacta.
La coincidencia fue suficiente para que lo investigaran. No fue suficiente para relacionarlo con la desaparición, y la avería hacía especialmente débil la posibilidad de que hubiera transportado a Sophie.
Ortiz apoya las manos sobre la mesa.
—Hay que separar dos preguntas. Una es si el Taurus pudo haberse llevado a tu hermana. La evidencia disponible hace que sea muy poco probable. Otra es si pudo ser el auto que viste desde la ventana. Esa posibilidad es mucho más seria.
Podría haber visto otro auto azul oscuro de cuatro puertas. La óptica dañada haría la coincidencia más estrecha, aunque otra vez aparece el problema de cómo surgió ese detalle durante la entrevista.
No hace falta inventar un segundo auto idéntico para conservar una duda que la evidencia no puede resolver.
Harris señala el plano. El punto donde Philip Mercer dijo que había estacionado cae casi exactamente dentro del sector que ayer marcamos como visible desde mi ventana.
—¿Me mostraron el Taurus en 1999?
—No encontramos constancia de que lo hicieran —dice Harris.
Watkins había recomendado reducir las entrevistas repetidas conmigo salvo que apareciera información concreta. Para entonces, la policía tenía una explicación documentada para ese vehículo.
Y había otra razón: yo nunca dije que Sophie entrara en él.
—Nunca dije que subiera.
—No.
—Ni que se acercara.
—No hay una declaración tuya que establezca eso.
—Ni que el auto se moviera.
—Tampoco.
La historia que Bellwether terminó contando era más grande que mi declaración. Ahora hay un objeto concreto capaz de mostrar cómo pudo crecer.
Una nena mira por una ventana y ve a su hermana afuera. También ve un auto azul estacionado en la misma calle. Durante los días siguientes, los adultos preguntan por ambas cosas. Después la hermana no aparece.
Dos observaciones empiezan a funcionar como una secuencia aunque nadie haya visto el momento que tendría que unirlas.
Los Mercer no vieron a Sophie aquella noche. Anne estaba en casa. Philip había llegado alrededor de las seis y media, estacionado el Taurus y entrado. Sus dos hijos también estaban allí.
Que ninguno la haya visto significa poco. Una adolescente puede atravesar una vereda en segundos mientras cuatro personas miran otra cosa.
Anne murió en 2017. Philip vive en Arizona. Ortiz y Harris hablaron con él esa mañana.
Recuerda el Taurus. De Sophie recuerda poco más de lo que supo después. También recuerda la óptica: su hijo la había golpeado con una bicicleta unas semanas antes y habían pedido la pieza de reemplazo, pero todavía no había llegado.
Sobre el lugar exacto donde estacionó, reconoce que su declaración de 1999 es mucho más fiable que cualquier reconstrucción actual. Otra vez, lo escrito entonces pesa más que el esfuerzo de recordar ahora.
—¿Hay fotografías del auto en la calle?
—Dos —dice Harris.
Abre una. Fue tomada durante el relevamiento del catorce por la mañana, antes de que llegara la grúa.
Nuestra casa aparece al fondo. Cerca del borde izquierdo hay un sedán oscuro estacionado junto a la vereda.
El Taurus.
En la imagen no se distingue el daño de la óptica. La ubicación sí.
—¿A qué hora?
—07:46.
Estaba allí a la mañana siguiente, exactamente en el sector que yo podía ver desde mi habitación.
—Quiero comprobarlo desde la calle.
Veinte minutos después estamos otra vez frente a la casa de mi madre. No entramos.
Ortiz estaciona el vehículo policial aproximadamente donde estuvo el Taurus. Harris abre en su teléfono una fotografía tomada ayer desde mi antiguo dormitorio.
El auto policial ocupa casi el mismo espacio. Desde arriba se ve entero. Y si Sophie estaba en la vereda, un poco más cerca de la casa, también podía entrar en el mismo campo visual.
Me quedo en la acera. Mi madre no sabe que estamos afuera y no necesito verla.
—Entonces podía haber visto a Sophie y al auto al mismo tiempo.
—Sí —dice Ortiz.
—Sin que tuvieran nada que ver.
—Sí.
La respuesta parece demasiado pequeña para todo lo que cargó durante veinticinco años.
Miro a Ortiz.
—¿Creés que éste era el auto azul que vi?