La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Los otros cinco

La lista cabía en una sola hoja.

Elena Roldán, Sonia Iglesias, Rubén Salgado, Álvaro Cordero y Beatriz Marcos habían ocupado horas de entrevistas, comprobaciones y recorridos.

Todos habían mentido, ocultado algo o dado una versión incompleta.

Durante varios días, cada uno había ofrecido una razón distinta para que la investigación mirara en su dirección.

Mara dejó la hoja sobre la mesa.

—Hoy cerramos estas cinco líneas.

Andrés levantó la vista.

—¿Todas?

—Todas.

Noelia tenía las carpetas abiertas.

—¿En qué orden?

Mara pensó unos segundos.

—En el mismo en que aparecieron.

—Elena primero.

—Sí.

Había sido la primera en demostrarles algo que después se repetiría varias veces: una persona podía mentir por una razón real y, aun así, no tener nada que ver con la muerte de Teresa.

Elena llegó a media mañana.

No acudía como investigada. La UOPJ había pedido una última ampliación para dejar cerradas varias cuestiones que, tomadas aisladamente, todavía podían parecer más abiertas de lo que estaban.

Se sentó frente a Mara con el cansancio de quien ya no esperaba nada bueno de una sala como aquella.

—¿Ha salido algo nuevo?

—Queremos ordenar algunas cosas y dejarlas cerradas.

Elena miró la grabadora.

—Eso dijisteis la otra vez.

Mara sacó la relación de llamadas.

—El martes llamaste a Teresa a las 16:09.

—Sí.

—En la primera entrevista no lo dijiste.

Elena bajó los ojos.

—Ya expliqué por qué.

—Quiero que quede bien recogido.

—Discutimos.

—¿Por qué?

Elena tardó unos segundos.

—Por mi padre. Por dinero. Por cosas de familia.

La discusión ya no era nueva. Lo que faltaba era colocarla correctamente dentro de la tarde.

—Teresa se estaba metiendo demasiado —continuó Elena—. No porque quisiera hacer daño. Ella era así. Si veía algo que no le gustaba, insistía hasta que lo arreglabas como ella creía que debía hacerse.

—¿Qué quería que hicieras?

—Que dejara de pagar algunas cosas con la cuenta de mi padre.

—¿Eran gastos tuyos?

Elena apretó los labios.

—Algunos.

—¿Podía denunciarte?

—Podía hablar. Y Teresa hablaba.

No había orgullo en la respuesta. Solo hartazgo.

—¿La amenazaste?

—No.

—¿Le dijiste que te dejara en paz?

—Sí.

—¿Te dijo que iba a hacer algo después de esa llamada?

—No. Me colgó.

Mara abrió otra carpeta.

—Después de la muerte de Teresa te llevaste documentación de su casa.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque había cosas de mi padre: extractos, recibos, notas suyas.

—Y porque no querías que nosotros las viéramos.

Elena sostuvo la mirada.

—También.

Ya no intentaba suavizarlo.

—Pensé que, si encontrabais aquello, ibais a pensar que tenía un motivo.

—Lo pensamos.

—Ya.

Mara volvió a la carpeta negra que Elena había visto con Teresa aquella mañana.

—¿Era la misma que retiraste después?

—No.

—¿Sabes qué contenía?

—No.

—¿La abriste?

—No.

—¿La cogiste?

—No.

Mara no insistió.

La carpeta negra nunca había adquirido el peso que pareció tener al principio. Parte de la documentación de Teresa había aparecido por otras vías y el núcleo del caso ya no dependía de aquel objeto.

Quedaba la tarde.

—Después de la llamada de las 16:09, ¿qué hiciste?

Elena repitió la secuencia que ya había dado: estuvo en casa, salió a hacer una compra y después fue a ver a su padre.

Nunca había existido un testigo continuo de cada minuto. Lo que sí habían conseguido era rodear sus movimientos con varios puntos objetivos: un pago con tarjeta, una llamada posterior, la cámara exterior de un comercio y el registro de entrada en el centro donde estaba su padre.

—Entre la compra y la entrada en el centro hay un tramo sin comprobación directa —dijo Mara.

—Sí.

—¿Fuiste a la pista del molino?

La pregunta la sorprendió.

—No.

—¿Conocías ese acceso?

—De nombre.

—¿Viste a Teresa después de vuestra llamada?

—No.

—¿Tocaste su coche?

—No.

Mara cerró la carpeta.

No había nada que colocara a Elena en el molino. Tampoco aparecía en los materiales, las comunicaciones o la ruta compatible con el crimen y el encubrimiento.

Su secreto explicaba por qué había ocultado información.

No explicaba la muerte de Teresa.

—Eso es todo —dijo Mara.

Elena tardó en levantarse.

—¿Ya no soy sospechosa?

Mara evitó ofrecer una absolución teatral.

—El conflicto con Teresa está explicado y tus movimientos no encajan con la secuencia que estamos investigando.

Elena la miró unos segundos.

—Eso significa que no.

—Significa exactamente eso en relación con su muerte.

La tensión de sus hombros bajó apenas.

Cuando Elena salió, Noelia abrió la segunda carpeta.

—Sonia.

—Esa línea está prácticamente cerrada desde hace días —dijo Andrés.

—Prácticamente no es lo mismo que cerrada —respondió Mara.

Sonia no necesitó volver.

La última comprobación llegó por teléfono. Pilar confirmó de nuevo la visita informal del martes, no porque recordara con precisión cada minuto, sino porque conservaba los mensajes y existía un pago posterior.

Sonia había mentido para ocultar un trabajo que cobraba fuera de la asociación y que podía ocasionarle problemas laborales. Su desplazamiento estaba explicado y apoyado por datos independientes.

Noelia repasó las piezas.

—Mensaje de Sonia avisando de que llegaría algo más tarde.

—Sí.

—Respuesta de Pilar, visita confirmada y pago posterior.

—Sí.

—La ruta también encaja.

Mara revisó la cronología.

Sonia había sido útil para la investigación precisamente porque había mentido. Su caso les había obligado a comprobar muy pronto que ocultar algo no equivalía a ocultar un asesinato.

—Cierra la línea.

Noelia marcó la carpeta.

—¿Sin volver a hablar con ella?

—No hay ninguna pregunta nueva que hacerle.

Rubén era distinto.

Su expediente seguía siendo más voluminoso de lo necesario: kilómetros redondeados, combustible, partes imprecisos, conocimiento de carreteras y familiaridad con vehículos.

Durante varios días había sido una alternativa cómoda porque reunía demasiadas cosas llamativas. Sabía moverse por la zona, conocía el coche de Teresa, había discutido con ella y escondía irregularidades económicas reales.

Era suficiente para investigarlo.

No para mantenerlo indefinidamente.

Rubén acudió por la tarde y se sentó con una expresión defensiva que Mara ya conocía.

—¿Otra vez?

—Una última comprobación.

—Eso me dijisteis hace una semana.

—Entonces nos faltaban datos.

Rubén se echó hacia atrás.

—¿Y ahora?

Mara dejó delante de él una copia del informe mecánico del coche de Teresa.

—No hay sabotaje.

—Eso ya lo sabéis.

—Sí.

—Entonces no sé qué hago aquí.

—Quiero dejar cerrados tus movimientos.

Rubén resopló.

Su martes estaba bastante reconstruido, aunque no de forma perfecta.

Tenían una entrega, varios desplazamientos, una llamada, la visita a un proveedor y el regreso.

Sus propios redondeos habían complicado las comprobaciones porque, cuando alguien falseaba kilómetros para cobrar más, los números dejaban de servir como referencias limpias.

—¿Por qué inflabas los desplazamientos? —preguntó Mara.

Rubén la miró con irritación.

—Ya te lo dije.

—Repítelo.

—Porque pagaban poco. Porque había días en los que hacía más kilómetros de los que luego me reconocían. Redondeaba.

—¿Siempre a tu favor?

Rubén guardó silencio.

Andrés cruzó los brazos.

—La respuesta parece bastante clara.

Rubén lo miró.

—Sí. A mi favor.

—¿Y el combustible? —preguntó Mara.

—También.

—No es exactamente lo mismo.

—Pues lo hice.

Mara dejó que la incomodidad permaneciera unos segundos.

Rubén tenía problemas reales.

Solo que no eran los de Teresa.

—Conocías su coche.

—Sí.

—¿Sabías cómo provocar una salida de vía como la de la Curva?

Rubén frunció el ceño.

—Cualquiera que sepa conducir podría hacerlo.

—Eso mismo concluye Criminalística.

—Entonces ya está.

—¿Estuviste en la pista del molino el martes?

—No.

—¿La conoces?

—La zona sí. No recuerdo haber entrado hasta el molino.

—¿Viste a Daniel ese día?

—No.

—¿Sabías que Teresa iba a hablar con él?

Rubén dudó.

—Sabía que estaba revisando facturas. No sabía que habían quedado.

La respuesta no necesitaba adornos.

—Tus movimientos no te sitúan en la pista —dijo Mara—. Tampoco tenemos restos de tu vehículo que lo relacionen con ese lugar y la maniobra del coche de Teresa no requería un conocimiento que te diferenciara de cualquier otro conductor.

Rubén tardó unos segundos en entender que aquello significaba algo.

—¿Entonces?

—Tus irregularidades económicas seguirán su cauce, pero no tenemos elementos que te vinculen con la muerte de Teresa.

La tensión de su rostro cambió. No desapareció, porque seguía teniendo problemas, pero eran de otra naturaleza.

—Teresa estaba revisando mis kilómetros también —dijo.

—Sí.

—Por eso mentí.

Mara asintió.

Otro secreto real.

Otra explicación que terminaba antes de llegar al homicidio.

Álvaro no tuvo que volver.

Su cronología resistía mejor que su carácter.

La amenaza a Teresa había existido, igual que el conflicto por la atención a su madre y el uso discutible de una tarjeta. Ninguna de esas cuestiones había desaparecido.

Mara repasó los anclajes.

A las 17:06 había una compra de material.

A las 17:27, un repostaje.

A las 17:38, una llamada.

Poco después de las 18:00, estaba en casa de su madre.

Andrés señaló el mapa.

—Entre el repostaje y la llamada hay algo de margen.

—Pero no el suficiente para la secuencia que necesitamos, y además la ruta juega en sentido contrario.

Noelia añadió:

—No hay contacto con Teresa esa tarde. Ni mensajes ni llamadas posteriores a la amenaza.

—¿Y su vehículo?

—Nada que lo relacione con la pista.

Mara recordó la entrevista.

Álvaro había parecido peligroso porque estaba enfadado, había pronunciado una amenaza y había ocultado un uso de dinero familiar que no quería explicar.

Todo aquello era cierto.

Nada lo llevaba al molino dentro de la franja necesaria.

—Cerrado —dijo.

Beatriz fue la última.

Su secreto había sido más silencioso: una inmobiliaria, la posibilidad de vender la vivienda de su padre, una residencia y decisiones que parte de la familia todavía desconocía. Teresa había discutido con ella por eso.