Capítulo 25
El motivo
A las ocho y diez, Noelia dejó tres carpetas sobre la mesa.
No eran gruesas, y eso llamó la atención de Mara. Después de varios días de rutas, muestras, horarios y comparaciones, el motivo cabía en menos de dos dedos de papel.
—Esto es lo que Teresa había separado —dijo Noelia—. O, al menos, lo que hemos podido reconstruir de lo que había separado.
Mara abrió la primera carpeta.
Había facturas, partes de trabajo y hojas de desplazamiento. Algunas llevaban marcas a bolígrafo; otras, anotaciones incorporadas por la propia asociación. En varias aparecía el nombre de Daniel Paredes Llorente.
—¿Está todo aquí? —preguntó Andrés.
—No. Aquí solo he reunido lo necesario para entender la pauta. El expediente completo ocupa bastante más.
Noelia se sentó frente a ellos.
—He cruzado lo que encontró Teresa con contabilidad, agendas de usuarios, partes de otros proveedores y los trabajos que Daniel ha reconocido. No hay una factura espectacular.
—Eso ya lo sabíamos —dijo Mara.
—Sí. Pero ahora sabemos cuánto cambia la impresión cuando se mira todo junto.
Andrés abrió una hoja.
—¿Cuánto?
Noelia negó.
—Antes de hablar de dinero, mira esto.
Señaló una intervención.
Daniel había facturado un desplazamiento entre dos alquerías y una reparación breve. La hora del parte parecía normal hasta que se comparaba con otro trabajo suyo en un punto distinto.
—Se solapan —dijo Andrés.
—Once minutos.
—¿Y cuánto se tarda entre ambos sitios?
Mara miró la distancia.
—Más.
—Veintiséis minutos en condiciones normales —dijo Noelia—. Y eso sin contar terminar un trabajo, guardar herramientas, salir y aparcar en el siguiente.
Pasó a otra hoja.
Dos desplazamientos cobrados como salidas distintas correspondían, en realidad, a una ruta que podía haberse realizado en un único recorrido.
En otra intervención, el parte había sido completado después de la fecha indicada.
En otra, un familiar no recordaba que Daniel hubiera acudido el día consignado.
—¿Puede ser mala memoria? —preguntó Mara.
—Por sí sola, sí. Por eso Teresa no se quedó con eso.
Noelia puso encima una quinta hoja.
—Aquí está la diferencia.
Era una tabla sencilla con fecha, usuario, trabajo, hora, kilómetros y factura.
Teresa había alineado datos que hasta entonces estaban repartidos entre documentos distintos.
Mara entendió qué había visto.
No un fraude sofisticado, sino una costumbre formada por pequeñas cantidades repetidas, sostenidas precisamente porque nadie comparaba de manera conjunta tiempos y territorio.
Lucía llegó media hora después.
La habían citado para aclarar qué capacidad real tenía Teresa sobre los pagos y qué iba a ocurrir con la documentación.
Se sentó con las manos juntas sobre el bolso.
—No quiero que parezca que Teresa hacía auditorías —dijo nada más empezar—. No era su función.
—Eso queremos dejar claro —respondió Mara.
—Ella coordinaba. Si una hoja de servicio no cuadraba, podía devolverla. Si una factura necesitaba conformidad, podía paralizarla hasta aclararla. Pero no decidía sola si alguien había cometido un delito.
—¿Qué podía hacer si veía una pauta? —preguntó Andrés.
—Elevarlo a administración y dirección. Y, según el origen del dinero, comunicarlo también por los cauces de justificación del servicio.
—¿Eso estaba a punto de ocurrir con Daniel?
Lucía tardó un segundo.
—Sí.
Mara no escribió todavía.
—¿Qué significa exactamente «a punto»?
—Teresa había decidido no dar por buenas varias facturas pendientes y quería que revisáramos las anteriores.
—¿Cuántas?
—No sé el número exacto. Meses.
—¿Se lo había comentado a alguien?
—A mí me dijo que había demasiadas cosas pequeñas que no le gustaban.
—¿Cuándo?
—El martes por la mañana.
—¿Antes de hablar con Daniel?
—Sí.
La respuesta encajaba con lo que ya tenían. No añadía una revelación, pero daba forma al motivo.
—¿Teresa quería hablar primero con él? —preguntó Mara.
—Sí. Era su manera de trabajar. Si podía haber una explicación, prefería pedirla antes de montar un problema.
—¿Y si la explicación no le convencía?
Lucía miró las carpetas.
—Iba a parar las validaciones y pedir una revisión más amplia.
—¿Daniel sabía eso?
—Sabía que había facturas retenidas y que Teresa estaba mirando otras anteriores. No sé cuánto le había contado ella por mensaje o por teléfono.
Mara sí sabía lo suficiente para seguir avanzando.
Los mensajes demostraban que Daniel comprendía de qué trataba la conversación pendiente: facturas y desplazamientos que no cuadraban.
—¿Qué podía perder? —preguntó Andrés.
Lucía respondió con cautela.
—Trabajo con nosotros, seguro. Al menos mientras se aclarara.
—¿Era importante para él?
—Bastante.
—¿Su principal cliente?
—Eso no puedo decirlo sin ver sus cuentas. Pero trabajaba mucho con la asociación y con familias a las que llegaba precisamente a través de nosotros.
Mara levantó la vista.
En un territorio pequeño, perder una fuente estable de encargos podía cerrar otras puertas.
—¿Y si la revisión confirmaba que había cobrado de más?
Lucía hizo una mueca.
—Podrían reclamar cantidades. Y, si aparecía manipulación deliberada, ya no sería solo una cuestión administrativa.
—¿Podía terminar en denuncia?
—Podía llegar a eso. No dependía de Teresa sola.
Mara anotó la frase tal como la había dicho.
No querían convertir a Teresa en alguien que llevaba una condena preparada en el bolso. Lo que llevaba era algo más creíble: la capacidad de poner en marcha una revisión que Daniel ya no controlaría.
El importe acumulado les ocupó buena parte de la mañana.
No porque fuera enorme, sino porque Noelia se negó a sumar cualquier cantidad que todavía no pudieran sostener.
Separó tres grupos: irregularidades comprobadas, irregularidades probables y elementos que requerían explicación.
—Si metemos todo junto, parece más grave de lo que podemos demostrar —dijo.
—Entonces no lo hagas —respondió Mara.
—Con lo comprobado y lo que tiene respaldo documental fuerte, la cantidad discutible supera varios miles de euros.
Andrés miró la cifra.
—No parece suficiente para matar a alguien.
Mara cerró una carpeta.
—No existe una cifra a partir de la cual alguien mate.
Él asintió.
—Ya.
—Y el dinero no es la única consecuencia.
Noelia pasó a otra hoja.
—Aquí están los trabajos pendientes de conformidad. Si Teresa los bloqueaba y dirección ampliaba la revisión, Daniel podía quedar fuera de nuevas contrataciones mientras se aclaraba todo.
—¿Cuánto facturaba a la asociación?
—Variable, pero suficiente para que perderla se notara.
—¿Y la reputación? —preguntó Mara.
Lucía respondió.
—Eso podía ser peor.
—Explícalo.
—Aquí la gente pregunta. Si una asociación que trabaja con mayores y dependientes deja de llamar a un técnico porque está revisando sus facturas, no hace falta publicar nada. Se enteran ayuntamientos, familias, otros negocios...
—Aunque todavía no haya una acusación formal.
—Aunque no la haya.
Mara pensó en Daniel: treinta y cuatro años, autónomo, furgoneta propia, trabajos pequeños repartidos entre pueblos, alquerías y viviendas aisladas.
Su actividad dependía tanto de los contactos como de las facturas.
La amenaza no estaba solo en devolver una cantidad concreta. Estaba en que una pauta dejara de parecer menor cuando alguien la examinaba en conjunto.
A mediodía, Mara pidió parar.
El motivo empezaba a quedar demasiado limpio y eso la inquietaba.
Bajaron a tomar café sin llevarse las carpetas.
Andrés se apoyó en la barra.
—Lo tenemos.
—Tenemos un motivo.
—Fuerte.
—Concreto.
—¿No es lo mismo?
Mara removió el café.
—Un hombre puede perder contratos, dinero y reputación y no matar a nadie.
—Claro.
—Entonces no usemos el motivo para rellenar lo que todavía no sabemos.
Andrés bebió.
—Pero explica por qué quería hablar con Teresa.
—Sí.
—Y por qué podía producirse una discusión.
—Sí.
—También explica por qué una hora de salida demasiado tardía podía beneficiarle después.
Mara lo miró.
Ahí estaba la diferencia.
El motivo aislado no demostraba nada. Unido a la discrepancia temporal, la pista, la furgoneta, los materiales y la lesión anterior a la Curva, adquiría otro peso.
—Eso sí —dijo.
Andrés dejó la taza.
—Cada vez te acercas más a una frase que me gusta.
—No te acostumbres.
Por la tarde llegó documentación de administración de la asociación.
Entre los correos internos apareció un borrador preparado por Teresa.
No había sido enviado.
El asunto decía:
Revisión de servicios auxiliares y desplazamientos.
Mara lo leyó completo.
Teresa no acusaba a Daniel de robar. Enumeraba incidencias: solapamientos horarios, kilometrajes incoherentes, servicios que requerían comprobación y duplicidad de conceptos.
Proponía dos medidas inmediatas: no validar las facturas pendientes relacionadas con esas incidencias y revisar una muestra más amplia de meses anteriores antes de continuar con nuevas conformidades.
Al final había añadido una línea:
Hablar previamente con proveedor y recoger explicación.
Noelia señaló la fecha de modificación.
—Martes, 13:42.
Andrés se inclinó.
—Antes de salir a visitas.
—Sí.
—¿Y no llegó a enviarlo?
—No.
Mara permaneció unos segundos mirando la pantalla.
Aquello hacía visible la forma de trabajar de Teresa. Había preparado una comunicación formal y, antes de enviarla, quería escuchar a Daniel.
La reunión dejaba de parecer una cita circunstancial y se convertía en un paso lógico del proceso que ella misma había decidido seguir.
—¿Quién tenía acceso al borrador? —preguntó.
—Teresa. El sistema guarda versiones, pero no consta que nadie más lo abriera ese día.
—¿Daniel podía verlo?
—No.
—Entonces él no conocía ese texto.
—No.
Mara retuvo la precisión.
El motivo no dependía de que Daniel conociera cada paso formal. Bastaba con demostrar qué sabía realmente sobre la revisión.
A las cuatro, Noelia encontró otra pieza.
Estaba en una cadena de correos entre Teresa y administración.
Dos días antes, Teresa había preguntado cuál era el procedimiento para revisar pagos ya abonados a un proveedor cuando aparecían discrepancias repetidas.