La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1) Capítulo 1
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La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1)

La última ruta (Los casos de Mara Valdés 1)

Por Elena Montalban Rivas

© inepub.com

Capítulo 1

La curva

Alicia Baeza dejó tres fotografías sobre la mesa y empujó la primera hacia Mara.

—La encontraron anoche.

El coche ocupaba casi toda la imagen: un turismo oscuro detenido varios metros por debajo de la calzada, entre matorral húmedo y tierra removida.

La parte delantera había golpeado contra algo que quedaba fuera del encuadre y, a través de la ventanilla, se distinguía la silueta de una mujer en el asiento del conductor.

Mara pasó a la segunda fotografía. Mostraba la carretera desde arriba: asfalto estrecho, sin arcén, una curva cerrada y vegetación suficiente para ocultar el vehículo a cualquiera que pasara sin fijarse demasiado. En la tercera se veía el mismo tramo desde el sentido contrario.

—¿Quién es?

—Teresa Roldán Vega. Cincuenta y seis años. Coordinadora de una asociación de ayuda domiciliaria de la zona, Ayuda Sierra Norte.

Andrés Mena permanecía sentado junto a Mara. Noelia Aguirre había abierto ya la carpeta que Alicia les había entregado al entrar y revisaba las primeras diligencias sin intervenir.

—¿Accidente de tráfico? —preguntó Andrés.

—Esa fue la primera posibilidad. Parte de lo ocurrido puede seguir siendo compatible con una salida de vía, pero la Unidad Orgánica de Policía Judicial de la Comandancia de Cáceres no quiere cerrar nada todavía.

Mara levantó la vista.

Alicia Baeza tenía cincuenta y tres años y una manera de dar instrucciones que hacía innecesario repetirlas.

No convertía una duda en una emergencia ni un informe incompleto en una certeza.

Si los había reunido aquella mañana, era porque alguien sobre el terreno había encontrado una razón suficiente para seguir mirando.

—¿Qué han visto?

—Varias cosas que necesitan comprobar. La escena no termina de explicar por qué Teresa estaba allí y sus movimientos de ayer tampoco.

Noelia sacó una hoja de la carpeta.

—Aquí hay un cuadrante.

—Preliminar —advirtió Alicia—. La asociación está reuniendo la documentación completa: rutas, servicios, incidencias, desplazamientos. Teresa pasaba buena parte del día entre núcleos distintos.

Mara tomó la hoja. Había nombres, franjas horarias, anotaciones abreviadas y varias localidades.

Nada resultaba extraño por sí mismo. Un servicio domiciliario en una comarca dispersa obligaba a pasar en carretera mucho más tiempo del que sugerían las distancias sobre un mapa.

Cinco kilómetros podían ser pocos o muchos según las curvas, el firme y el punto exacto desde el que se saliera.

Buscó la Curva del Castañar en el plano que acompañaba al expediente.

—Esto queda fuera.

Alicia asintió.

—Eso cree también la UOPJ de Cáceres. No significa que Teresa no pudiera tener un motivo para ir. Solo que, con lo que saben ahora, ese punto no formaba parte de su recorrido lógico.

Andrés acercó la hoja hacia él.

—Podía haber cambiado la ruta.

—Claro.

Era la explicación más sencilla y, por el momento, también la más razonable. Una llamada, una necesidad de última hora, alguien que le pidiera un favor. En un trabajo como el de Teresa Roldán, los horarios escritos no podían tratarse como si fueran líneas de ferrocarril.

Alicia apoyó una mano en el respaldo de la silla vacía.

—La comandancia ha pedido apoyo para reconstruir desplazamientos y revisar documentación. Quiero que vayáis los tres. La UOPJ continúa con sus diligencias y vosotros os coordináis con ellos. No llegáis allí a enseñarles cómo hacer su trabajo.

—Eso les tranquilizará —dijo Andrés.

Alicia le dedicó una mirada breve.

—Procura que siga siendo así.

Noelia pasó una página.

—¿Hay autopsia?

—En marcha. Todavía no tenemos ninguna conclusión que cambie la naturaleza del asunto, así que no os vayáis a Las Hurdes buscando un homicidio.

Mara volvió a mirar la fotografía de la carretera.

—Buscaremos qué ocurrió.

—Con eso me conformo.

Salieron de Madrid antes del mediodía. Noelia aprovechó buena parte del viaje para ordenar la información recibida de Cáceres. Andrés condujo durante el primer tramo y Mara siguió sobre el mapa los lugares que aparecían en las diligencias.

Conocía Las Hurdes lo suficiente para desconfiar de los planos demasiado limpios.

En el papel, las carreteras eran líneas sencillas; sobre el terreno se convertían en curvas enlazadas, cambios de cota, cruces que podían pasar desapercibidos y accesos donde dos vehículos tenían dificultades para encontrarse.

Haber nacido allí tampoco significaba conocer cada pista ni cada casa.

Llevaba años viviendo fuera y la comarca no se había quedado inmóvil esperándola.

—Teresa vivía cerca de Nuñomoral —dijo Noelia desde el asiento trasero—. Coordinaba a las auxiliares, revisaba incidencias y hacía algunas visitas ella misma cuando faltaba personal o surgía algún problema.

—¿Ayer estaba cubriendo una ruta? —preguntó Mara.

—Parte del día, sí. Tenemos un listado provisional. La UOPJ está comprobando cuáles se hicieron realmente.

—¿Y el coche?

—A disposición de Criminalística. Lo retiraron después de documentar la escena.

Andrés miró un instante por el retrovisor.

—Entonces hoy vamos a ver una curva sin coche.

—Vamos a ver dónde estaba el coche.

Las fotografías ya les daban una posición. El terreno diría si aquella posición tenía sentido.

Cuando dejaron atrás las vías más rápidas, el paisaje empezó a cerrarse alrededor de la carretera.

Había llovido y las cunetas conservaban humedad.

Las laderas mostraban manchas oscuras entre la vegetación y el cielo, cubierto desde media mañana, reducía aún más la luz de una tarde de octubre que no iba a durar mucho.

Mara reconoció aquella forma de medir las distancias, más por tiempo que por kilómetros. Diez minutos podían separar dos núcleos próximos y otros diez podían perderse detrás de una furgoneta, en un tramo estrecho o por tomar mal un cruce.

Noelia dejó la carpeta sobre las rodillas.

—Una cosa está clara. Si el cuadrante es correcto, Teresa no tenía ningún servicio en la Curva del Castañar.

Mara volvió al plano.

—Primero tendremos que saber si el cuadrante es correcto.

El investigador de la UOPJ que los recibió no pareció especialmente impresionado por la llegada de tres agentes desde Madrid, algo que Mara agradeció. Les resumió el hallazgo mientras avanzaban hacia la zona en dos vehículos.

Un conductor había visto reflejos fuera de la calzada poco después de las ocho de la tarde anterior.

No distinguió el coche hasta que redujo la velocidad y miró hacia el desnivel.

El aviso a emergencias se produjo minutos después.

La primera patrulla aseguró el lugar y, a partir de ahí, se activaron Policía Judicial y Criminalística.

—La mujer estaba dentro —explicó el investigador—. Al principio no había nada que impidiera pensar en un accidente: carretera estrecha, tarde, firme húmedo. Luego empezamos a revisar la ruta.

—¿Quién os dijo dónde había estado? —preguntó Mara.

—La asociación nos dio una primera relación de visitas. La estamos comprobando. También la familia ha aportado información, pero todavía no tenemos cerradas todas las horas.

Mara no insistió. Las horas serían útiles cuando pudieran sostenerlas.

La carretera se estrechó durante los últimos kilómetros y Andrés tuvo que reducir en varias curvas. No había nada extraordinario en aquel trazado; precisamente por eso una salida de vía resultaba fácil de aceptar sin demasiadas preguntas.

El vehículo se detuvo en un margen ensanchado antes de una curva.

—Es aquí.

Mara bajó.

El aire olía a tierra mojada y vegetación.

La calzada describía una curva cerrada unos metros más adelante y el terreno descendía suavemente hacia el exterior.

No era un precipicio ni un lugar donde un coche pudiera desaparecer durante días, pero bastaba con que quedara algo por debajo del nivel de la carretera para que la maleza dificultara verlo.

El coche ya no estaba. Quedaban las referencias de la inspección y, sobre todo, las fotografías. El investigador abrió una carpeta rígida y les mostró varias imágenes tomadas la noche anterior y otras hechas con luz diurna aquella misma mañana.

Mara buscó el punto desde el que habían sido tomadas y comparó la posición del vehículo con el margen. Noelia permaneció junto a la calzada mientras Andrés avanzaba unos metros hasta el comienzo de la curva, sin abandonar la zona permitida.

—Desde aquí no se ve dónde quedó —dijo.

—De noche, menos —respondió el investigador—. El que lo encontró vio un reflejo.

La inclinación del margen parecía suficiente para que un turismo abandonara la calzada. Mara no necesitaba imaginar ninguna maniobra extraña para aceptarlo.

Volvió a las fotografías.

—¿Marcas de frenada?

—Todo lo recogido está en el informe de inspección. Criminalística sigue trabajando y prefiero que veáis sus conclusiones cuando estén cerradas.

A Mara le gustó la respuesta. No adelantaba explicaciones ni intentaba rellenar con opiniones lo que todavía estaba pendiente.

—Bien.

Caminó hasta el punto desde el que se distinguía mejor el trazado anterior a la curva. La carretera llegaba encajada entre vegetación y ladera y no invitaba a correr. Aun así, bastaban el cansancio, una distracción o un error para sacar un coche de una vía como aquella.

Eso, sin embargo, no respondía a la pregunta que empezaba a interesarle.

—¿Por dónde venía según su ruta?

El investigador señaló hacia atrás.

—Ahí está el problema. No debería venir por aquí.

Mara miró el mapa que llevaba doblado en la mano y después la carretera.

—¿Ni siquiera como paso entre dos visitas?

—Con lo que tenemos, no. Para hacer el recorrido que figuraba ayer tendría que haber tomado otro eje. Venir hasta aquí supone desviarse.

—¿Cuánto?

—No quiero darte una cifra hasta que tengamos bien fijada la última visita. Pero no es una confusión de una rotonda. Para acabar en esta zona hay que elegir venir hacia aquí.

Andrés regresó junto a ellos.

—Entonces puede que cambiara de planes.

—Puede.

—Una urgencia de un usuario, una llamada...

—También.

Noelia se acercó con la documentación.

—Todavía están trabajando con el teléfono. Y la asociación está recopilando las incidencias de ayer.

Mara volvió a observar la carretera. No había en aquella curva ninguna señal extraña, ningún aislamiento extremo ni ningún detalle que exigiera por sí solo una explicación criminal.

Un coche podía salirse allí y una persona podía morir en un accidente de tráfico.

Lo que aún no encajaba era el recorrido previo.

—¿Conocía bien la zona? —preguntó.

—Mucho. Coordinaba servicios por varias alquerías. Se pasaba media vida conduciendo.

Mara devolvió las fotografías.

—Quiero la relación completa de visitas en cuanto la tengáis: las previstas y las que se hicieron. También cualquier cambio de última hora que conste por llamada, mensaje o incidencia.

—Estamos con ello.

—Y mañana hablaremos con la asociación.

No dio más instrucciones. Aquella investigación ya estaba en marcha antes de que ellos llegaran y seguiría avanzando con el trabajo de quienes habían intervenido desde el primer aviso.

La luz empezaba a caer entre las laderas. Mara regresó al margen desde el que se había descubierto el coche y miró hacia el punto vacío que ocupaba en las fotografías.

La carretera podía explicar, por el momento, cómo había terminado un vehículo fuera del asfalto. Lo que seguía sin explicar era por qué Teresa Roldán había tomado una dirección que la apartaba de su jornada habitual.

Todavía no sabían si investigaban algo más que un accidente extraño. Antes de ponerle otro nombre, Mara necesitaba responder una pregunta mucho más sencilla: qué hacía Teresa en aquella curva.