La última promesa Epílogo
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Epílogo

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Un año después, la sala de espera de segunda clase de la estación estaba llena de gente.

Era la primera actividad del Museo del Río, inaugurado esa misma mañana en el ala norte.

Había fotos de Julián y de Isabel en las paredes, el cuaderno de tapas negras en una vitrina y, en el centro de la oficina del telégrafo, la vieja caja fuerte verde, con la puerta abierta.

En la pared de enfrente, una placa de bronce con cinco nombres de niños y uno de un jefe de estación.

Debajo, una frase: Que alguien lo cuente.

Alguien lo había contado. El libro estaba apilado en una mesa junto a la puerta, con una portada en la que se veía una ventana redonda sobre un río. Se llamaba La última promesa, y lo firmaba Alejandra Ríos.

Ella leyó el primer capítulo en voz alta, de pie junto a la caja fuerte, con las manos un poco temblorosas.

En la primera fila estaban Elena y Rosa, tomadas de la mano.

Andrés, con su bastón. Lucía, que había venido desde la ciudad con dos amigas de la facultad.

Paula Ibarra, que la había ascendido a jefa de la nueva unidad de investigación del periódico y le permitía trabajar desde el pueblo tres semanas de cada mes.

Bruno Salcedo, sentado al fondo, solo, que aplaudió más fuerte que nadie al final.

Y Gabriel, de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados y esa sonrisa pequeña y torcida que a ella todavía le hacía algo raro en el estómago.

Se casaban en octubre. Iban a vivir en la casa del río.

Gabriel la había reconstruido durante todo ese año, tabla por tabla, con los planos originales que encontró en el archivo municipal y la ayuda de medio pueblo.

Era la misma casa de dos pisos, con un porche que ya no se hundía y, en el piso de arriba, una ventana redonda que daba al río.

Isabel se la había regalado a los dos. «Era la casa de una promesa», les dijo.

«Que la viva una promesa». Junto a la ventana, en la pared nueva, Gabriel había escrito con un lápiz corto, en letras pequeñas: A.

y G. Prometido. Octubre. Y debajo: Cumplido.

No todo estaba cerrado. El juicio contra Gonzalo Salcedo se había aplazado dos veces, y sus abogados de la capital seguían presentando recursos que la fiscal Mendoza llamaba «papel para ganar tiempo».

Nadie había descubierto todavía quién era R.

V. Y en el cajón del escritorio de Gabriel, debajo de los planos, había una carta que había llegado tres semanas antes: una oferta para dirigir la restauración de una gran estación del sur, a cuatrocientos kilómetros del río.

Gabriel no la había contestado. Alejandra sabía que existía, porque las cosas que no se dicen siempre habían sido su especialidad, y sabía también que él pensaba decir que no por ella.

Todavía no habían hablado de eso. Iban a tener que hablarlo.

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Cuando terminó la presentación, Isabel se acercó a Alejandra con una caja pequeña en las manos.

Había vuelto a usar su nombre. La floristería de la calle del mercado se llamaba ahora FLORES ISABEL, y cada domingo subía a la colina con tres ramos de lirios: uno para Nicolás, otro para Julián y otro para Martín.

—Esto es tuyo —dijo, y le puso en la mano el medallón de plata, limpio y brillante por primera vez en treinta años—. Lo cuidaste tú. Lo sigues cuidando tú.

—Era de usted, Isabel.

—Era de Julián. Y antes de Julián, de alguien que nadie sabe.

—Isabel pasó la uña por la tapa, por la estrella de ocho puntas sobre las líneas del río y las letras gastadas del borde que nadie había conseguido leer—.

Julián decía que el viejo anticuario de la ciudad le contó una cosa rara cuando se lo vendió.

Que había otro igual. «Este nunca viajó solo», le dijo.

«Siempre iba de dos en dos». Nunca le di importancia.

Alejandra miró el medallón y no dijo nada. Pensó en las dos rayas diminutas junto a la bisagra, que Gabriel había descubierto con la lupa la semana del baile. II. El segundo. Sintió en la nuca un cosquilleo que conocía muy bien.

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Ya era de noche cuando salieron de la estación. Un niño de unos diez años, con una gorra demasiado grande, los alcanzó corriendo en el andén.

—¿Usted es la señora del libro?

—Soy yo.

—Una señora me dio esto para usted. —Le tendió un sobre—. Me dio dinero para un helado.

—¿Qué señora?

Pero el niño ya se había ido corriendo hacia la plaza.

Era un sobre manila sencillo, sin remitente. Alejandra lo abrió bajo un farol, con Gabriel mirando por encima de su hombro.

Adentro había una fotografía muy antigua, de color sepia, con los bordes comidos por el tiempo.

Mostraba a una mujer joven, con un vestido de otra época y el cabello recogido, de pie en el andén de una estación que no era la suya.

Una estación más grande, con una cúpula de hierro y cristal.

La mujer no sonreía. Miraba a la cámara con una expresión seria y desafiante.

Del cuello le colgaba un medallón ovalado de plata. Con una estrella de ocho puntas sobre las líneas de un río.

—¿Qué estación es esa? —preguntó Alejandra.

Gabriel acercó la foto a la luz y la miró mucho tiempo: la cúpula, los arcos de hierro, un reloj de cuatro caras colgado sobre los andenes.

—No la conozco —dijo al fin. Él, que había dibujado todas las estaciones del país, siguió mirándola un rato más—. Y debería.

Alejandra le dio la vuelta a la foto. En el reverso, con letras de imprenta, decía:

HAY OTRO MEDALLÓN. Y OTRA PROMESA SIN CUMPLIR.

Se quedaron mucho tiempo bajo el farol, sin decir nada. Abajo, el río seguía corriendo hacia el sur, como siempre, con más memoria que la gente y menos paciencia.

Gabriel fue el primero en hablar.

—¿Socios? —dijo.

Alejandra guardó la foto en el bolsillo interior del abrigo, junto al medallón. Le tomó la mano. Enganchó su meñique con el de él.

—Nada más —dijo.

Y los dos sonrieron.