Capítulo 16. La última promesa
La última promesa
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El artículo salió el martes en la portada de El Diario, a cinco columnas, con la foto de la caja fuerte abierta y, debajo, la de Isabel Montero en el andén entre la niebla.
Se titulaba «El río que nadie quiso ver».
Lo firmaba Alejandra Ríos. Al final del texto, en letra pequeña, había una nota que Paula Ibarra había aceptado sin discutir: Este artículo está dedicado a Tomás Ríos, que lo empezó a escribir hace treinta años, y a Julián Arce, que murió para que alguien lo contara.
En el pueblo se agotaron los ejemplares a las nueve de la mañana.
Elena tuvo que encargar más a la ciudad por teléfono.
La gente los leía en la plaza, en la puerta de la iglesia, en el mostrador de la panadería, en voz alta para los que no veían bien.
Al mediodía, una mujer muy anciana entró en la panadería con el periódico en la mano, pidió hablar con Alejandra y le dijo que se llamaba Dolores Vela, y que su hijo, el que vivía junto al molino, había muerto a los siete años de unas fiebres que nadie supo explicar.
—Gracias —le dijo—. Treinta años diciéndome que había sido culpa mía por no llevarlo antes al médico. Gracias.
No fue la única. Esa semana vinieron los Paredes, y la hermana de otro de los niños, y un hombre que había trabajado en la curtiduría y que traía una lista escrita a mano de los compañeros que habían muerto de los pulmones.
Alejandra los escuchó a todos y lo anotó todo en su libreta roja. Iba a hacer falta más de un artículo.
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En las semanas siguientes ocurrieron muchas cosas.
El laboratorio de la fiscalía encontró restos de sangre en la base de la lámpara de latón, debajo de la abolladura, protegidos durante treinta años por el polvo y el cristal de una vitrina.
Ferrer firmó una declaración completa a cambio de una reducción de su pena.
En ella contaba que, durante años, Gonzalo había hablado por teléfono con «el socio de la ciudad», alguien a quien Ferrer nunca vio y cuyo nombre nunca oyó, y que la noche del baile, antes de llamarlo a él, el alcalde había hecho otra llamada.
La fiscalía no consiguió identificar a quién correspondían las iniciales R.
V. del cuaderno de cuero. Las cuentas a las que llevaban estaban cerradas desde hacía años, a nombre de sociedades que ya no existían.
Gonzalo Salcedo renunció a la alcaldía desde la cárcel de la ciudad, a través de sus abogados, y no volvió a hablar con nadie.
Ni una palabra sobre el socio. Ni una palabra sobre R.
V. Sus abogados, tres hombres de la capital a los que nadie en el pueblo había visto nunca, pidieron que el juicio se aplazara hasta la primavera.
Bruno entregó a la fiscal los archivos de la curtiduría y anunció que el dinero de la Fundación Salcedo se usaría para limpiar el río y para indemnizar a las familias del antiguo barrio del río, «aunque ningún dinero devuelva lo que se perdió».
Alejandra lo publicó tal cual, sin comentarios.
Pensó que, por una vez, las palabras de un Salcedo merecían quedarse solas.
Enterraron a Martín un jueves de lluvia, en el panteón de los Herrera, junto a su padre.
Fue medio pueblo. Gabriel habló junto a la tumba.
No habló de la mentira ni de la traición; eso ya estaba en los periódicos.
Habló de los sábados en el río, de los anzuelos y de las piedras que rebotaban sobre el agua.
De un hombre que se había equivocado durante treinta años y que había tenido una sola noche para acertar, y había acertado.
Cuando todos se fueron, Isabel se acercó a la tumba con un ramo de lirios blancos y lo dejó sobre la lápida mojada.
—Me viste correr —dijo en voz baja—. Y yo te vi esconderte detrás de los bidones. Lo supe siempre, Martín. Eras un niño. Te perdono.
Luego bajó la colina y fue a dejar otro ramo en la tumba de Julián Arce, donde nadie había llevado flores en treinta años.
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Las cartas las leyeron juntos, en el cuarto de Alejandra encima de la panadería, sentados en el suelo con la espalda apoyada en la cama, una por noche, en orden. Como cuando tenían once años y leían las de Isabel.
Eran veintitrés cartas de un niño que se iba haciendo adolescente.
Hablaban de la ciudad, de una escuela enorme donde nadie lo conocía, de un profesor de dibujo que le había dicho que tenía talento para la arquitectura.
Hablaban del río, del puente, de la casa Montero.
Hablaban de ella. Gabriel se ponía rojo y quería saltarse párrafos, y ella no lo dejaba.
En la última, la de los catorce años, había una frase que Alejandra leyó tres veces en silencio antes de poder leerla en voz alta:
Ya sé que no me contestas. Pero yo voy a seguir cumpliendo la promesa por los dos, hasta que vuelvas a cumplirla conmigo. Te quiero, Ale. Ya está. Ya lo escribí.
La nota la leyó Alejandra la primera noche, antes que ninguna carta: una hoja arrancada de un cuaderno de dibujo, escrita a lápiz contra una pared, a las tres de la madrugada.
Ale: Me tengo que ir. No puedo decirte por qué porque no lo sé.
Te voy a escribir. No te olvides de la promesa.
Yo no me voy a olvidar nunca. G. La guardó en la libreta roja, en la página de las promesas no sirven para nada, y no dijo nada en un buen rato.
Las cuatro cartas de ella las leyó él solo, una noche, en la estación.
Nunca le dijo qué sintió. Pero al día siguiente apareció en la panadería con los ojos hinchados y le dio un beso delante de su madre, de Isabel y de tres clientes, y Elena tuvo que fingir que buscaba algo en el horno durante cinco minutos.
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Una noche de noviembre, Gabriel le mandó un mensaje.
Mañana. En el andén. A las 7:31.
—¿Para qué? —le preguntó ella por teléfono.
—Socios —dijo él—. Asunto de trabajo.
Alejandra llegó a las siete y veinticinco, con el abrigo abrochado hasta el cuello y el corazón haciendo cosas raras.
El andén estaba vacío y limpio. El ala norte seguía en pie, con la puerta del telégrafo abierta y un letrero nuevo que decía: FUTURO MUSEO DEL RÍO — PROHIBIDO DEMOLER.
Los faroles todavía estaban encendidos y la niebla subía del río como aquella mañana.
Gabriel la esperaba en el centro del andén, delante del despacho de Julián. Tenía algo en las manos.
Era una caja pequeña de madera de nogal, pulida hasta brillar, con la tapa encajada a la perfección. En el frente tenía tallada una estrella de ocho puntas sobre unas líneas onduladas, como el agua de un río. Esta vez no estaba torcida.
—Me salió derecha —dijo él—. He practicado quince años.
Alejandra no pudo decir nada.
A lo lejos se oyó el silbato del tren.
Gabriel se arrodilló en el andén. Lo hizo con torpeza, con la rodilla en el suelo frío, mirándola desde abajo con esos ojos color café claro que lo veían todo.
Abrió la caja. Dentro, sobre un pañuelo de seda blanco, había un anillo de plata sencillo, con una piedra pequeña y azul, del color del río en octubre.
—Alejandra Ríos —dijo—. La niña que no quería hablar. Te prometí descubrir la verdad, y la descubrimos. Ahora quiero hacerte otra promesa, la última, y quiero que esta no tenga que esperar quince años. —Tragó saliva—. ¿Te quieres casar conmigo?
El tren de las 7:31 entró en la estación con un chirrido largo de frenos y una nube de aliento blanco. Los viajeros que bajaron al andén vieron a un hombre arrodillado y a una mujer que lloraba y se reía al mismo tiempo, y que no contestaba, porque no le salía la voz.
Así que Alejandra hizo lo único que se le ocurrió. Le tendió la mano a Gabriel con el dedo meñique extendido.
Él lo entendió enseguida. Enganchó su meñique con el de ella y lo apretó fuerte.
—Sí —dijo ella al fin—. Sí. Lo prometo.
—Lo prometo.
Algunos viajeros aplaudieron. Una señora con una jaula de gallinas se secó los ojos con la manga.
El tren volvió a arrancar, y se fue llevándose el ruido, y ellos se quedaron en el andén, abrazados bajo los faroles, en el lugar donde un hombre había bajado una mañana de julio con una maleta de cartón para preguntar por el jefe de estación, y una muchacha le había dicho que no había nadie.
Ahora sí hay, pensó Alejandra.
Y lo besó.