La última pieza que bailamos A mitad de la canción
100%

A mitad de la canción

Lukas

Clara tenía la llave de mi casa desde marzo y seguía llamando antes de entrar.

Aquella mañana lo hizo con los nudillos porque llevaba una bolsa en cada mano. Fui a abrir y la encontré intentando explicarle a la cerradura que no era culpa suya.

—La llave estaba en el bolsillo equivocado —dijo.

Cogí una de las bolsas.

—Podrías haber dejado esto en el suelo.

—He preferido desarrollar una dificultad innecesaria.

La besé en el recibidor. Había vuelto la noche anterior de dos actuaciones y llevaba varios días queriendo hacer algo tan sencillo como apartarle el cabello para verla mejor.

Clara me rodeó con el brazo libre.

—Hola.

—Hola.

Nos quedamos así hasta que una de las bolsas empezó a deslizarse de mi mano.

La llevé a la cocina.

Era sábado, quince de mayo.

Habíamos pasado los cumpleaños de los dos sin grandes promesas. Clara tenía veintiocho años y yo treinta y uno. La vida no había esperado a que entendiéramos todo para seguir sumando días.

En enero, para mi cumpleaños, Clara me había regalado una caja pequeña para guardar lápices. Yo me había reído porque ya tenía varios recipientes. Después descubrí una nota en el fondo: Para las cosas que no tienen que estar en la carpeta verde.

La usaba en el escritorio. Había lápices, una entrada de cine y el papel de un té que nos había gustado. Ningún objeto importante. Por eso importaba.

En febrero cociné para ella. No invité a sus padres ni preparé una sorpresa con gente escondida. Le pregunté qué quería y respeté la respuesta: una cena, Nora al postre y dormir en su propia casa porque trabajaba temprano.

Aprender a quererla no había consistido en memorizar una lista fija de límites. Consistía en seguir preguntando cuando cambiaban las circunstancias y aceptar que una respuesta anterior no me pertenecía para siempre.

La llave llegó en marzo. Se la ofrecí después de hablar de horarios, privacidad y emergencias. Clara tardó una semana en aceptarla. Yo no pregunté cada día.

Cuando finalmente la puso en su llavero, aclaró que no significaba una fecha de mudanza.

—Significa que puedo entrar si hemos acordado que venga —dijo.

—Y si hay una emergencia.

—Y si hay una emergencia.

Nos besamos en la cocina. Después ella se fue a casa de Nora.

La relación había crecido de esa forma: con gestos que parecían modestos desde fuera y que para nosotros contenían una conversación entera.

Ella continuaba viviendo con Nora. Pasaba algunas noches conmigo y otras en su casa. Habíamos hablado de vivir juntos, sin convertir la conversación en un plazo que alguno tuviera que cumplir para demostrar compromiso.

La llave no significaba que hubiera renunciado a la suya.

Yo seguía componiendo y tocando.

Había trabajos que aceptaba y otros que no. Las ayudas auditivas me servían en situaciones concretas y quedaban ajustes por revisar. Seguía teniendo momentos de frustración. Algunos días pedía repetir una frase; otros necesitaba dejar de hablar un rato después de un lugar ruidoso.

Ya no intentaba esconderlo detrás de una crítica a la partitura.

Clara sacó comida de las bolsas y empezó a contarme algo de su semana. Yo estaba de espaldas, guardando un recipiente, y perdí el principio.

—Espera. Me vuelvo.

Lo hice. Ella retomó la frase sin subir la voz de una manera exagerada.

Era una historia pequeña del trabajo. Me gustó poder escucharla sin que se convirtiera en una escena sobre mi audición.

Después me preguntó por las actuaciones.

Le conté lo que había salido bien y un momento en el que Mira y yo habíamos tenido que ajustar una entrada. Nuestra manera de trabajar ya no era una copia de la que había construido con Clara. Conservaba cosas y había encontrado otras.

Clara escuchó. Cuando terminó, me dijo que quería ver algún día esa versión, pero no puso fecha para aliviar una expectativa que yo no había expresado.

—Cuando te apetezca —respondí.

Lo dije y lo dejé ahí.

Después de comer saqué una composición nueva.

No la preparaba para una gira ni para sustituir algo que ya había escrito. Era un trabajo abierto, con una parte que me gustaba y otra que no sabía cómo continuar.

Le pregunté a Clara si quería escuchar un fragmento.

—¿Quieres una opinión o compañía? —preguntó.

La distinción me hizo sonreír.

—Primero compañía. Después te digo si necesito una opinión.

Se sentó en el sofá. Yo preparé el atril y comprobé los audífonos sin convertir el gesto en algo solemne.

Había días en que tocaba sin ellos durante parte del trabajo, otros en que los ajustes me ayudaban, y situaciones en que necesitaba parar.

Aquella mañana quería probar el fragmento como lo había preparado.

Antes de levantar el arco, miré a Clara. Ella no adoptó la atención profesional que había tenido en la sala. Se acomodó con una pierna bajo la otra y sostuvo la taza entre las manos.

Toqué.

En la segunda página sentí que una entrada no estaba estable. Continué hasta el punto que había elegido y bajé el arco.

—Ahora sí quiero una opinión —dije.

Clara dejó la taza.

—Hay un lugar donde parece que vas a terminar y después sigues.

—¿Te molesta?

—Me hace esperar. No sé todavía si me gusta.

Anoté la frase exacta. No le pedí que se levantara para mostrarme un movimiento. Ella no ofreció hacerlo.

—Otra vez —dije.

Repetí desde unos compases antes. Esta vez presté atención a la respiración, a la trayectoria visible del arco y al contacto del instrumento. Mi audición seguía formando parte del trabajo. Los otros sentidos no aparecían como reemplazos; me daban más información sobre lo que hacía.

Al terminar, Clara pensó un momento.

—Ahora la espera parece elegida.

—Eso sí me sirve.

Escribí otra nota.

No sabía si el pasaje quedaría así. Una composición podía cambiar sin que cada revisión amenazara su existencia. Yo también.

—Sí. Después quiero salir a caminar.

—Después salimos.

Preparé el violín. Ella se sentó en el sofá con los pies apoyados en el suelo y las manos quietas sobre las piernas. No buscó cómo convertir lo que oyera en movimiento.

Toqué.

La música seguía siendo una experiencia compleja, a veces incierta. Estaban los sonidos que podía distinguir, el contacto del instrumento, el movimiento de mi brazo y la memoria de todo lo que había practicado. Ninguna de esas cosas era una promesa de que no volvería a costarme.

Juntas me permitían seguir.

Al terminar miré a Clara.

No estaba llorando ni tenía una frase perfecta preparada. Frunció un poco el ceño.

—Me gusta el comienzo. Después hay un sitio donde siento que no quieres dejarlo ir.

Me reí.

—Eso es bastante preciso.

—¿Te sirve?

—Sí.

No le pedí que lo bailara.

Guardé el instrumento. Clara se levantó y fue a buscar su abrigo. La música podía esperar mientras dábamos un paseo.

Salimos sin una ruta importante.

Viena estaba llena de gente que tenía planes y de gente que parecía estar inventándolos sobre la marcha. Clara caminaba a mi lado con una mano en la mía. A veces nos soltábamos para dejar pasar a alguien y luego volvíamos a encontrarnos sin comprobar si el gesto seguía permitido.

Hablamos de una visita a mis padres y de una cena con los suyos. Eva había aprendido a preguntar antes de ofrecer un contacto profesional. No siempre. Clara había aprendido a responder sin preparar una explicación de veinte minutos. Tampoco siempre.

Me gustaba que pudiera contarme esas dificultades sin que yo propusiera enseguida una solución.

Nos sentamos un rato. Clara apoyó la cabeza en mi hombro.

—Nora quiere reorganizar la cocina —dijo.

—Eso suena peligroso.

—Lo es. Tiene una lista.

—¿Te ha pedido ayuda?

—Sí. Le he dicho que mañana por la tarde.

Sonreí.

Había sido capaz de elegir una cantidad de tiempo en lugar de ofrecer la semana entera. No se lo señalé como un logro terapéutico. Le pregunté si quería que lleváramos algo de comer.

—Podemos —respondió—. Pero tú no tienes que montar ningún mueble.

—Gracias.

Se rió contra mi hombro.

Aquella conversación no habría interesado a nadie que esperara una gran escena. Yo habría podido quedarme allí mucho tiempo.

Antes de volver pasamos por una tienda para comprar lo que llevaríamos a casa de Nora al día siguiente.

Clara eligió algo sencillo. Yo propuse otra cosa y ella me recordó que no íbamos a alimentar a un equipo entero. Me reí y devolví la mitad de lo que había cogido.

Seguía haciendo eso: preparar de más, ofrecer una solución antes de conocer el tamaño del problema. Ahora podía reconocerlo algunas veces antes de que alguien tuviera que detenerme.

Al pagar, Clara se quedó un paso atrás para dejarme hablar. La persona de la caja hizo una pregunta que no entendí bien. Le pedí que la repitiera y esperé.

No ocurrió nada importante.

Justamente por eso lo recordé al salir.

Había imaginado tantas escenas de vergüenza alrededor de una petición así que la vida real, cuando era sencilla, me parecía un lugar al que llegaba tarde.

No siempre resultaba fácil. Algunas personas se impacientaban o cambiaban de tono de una forma que me molestaba.

Pero ya no podía tratar cada conversación futura como si esa reacción fuera inevitable.

Clara me cogió la mano al cruzar la puerta.

No me felicitó por pedir que repitieran.

Hablamos de lo que habíamos comprado.

En el camino recibí un mensaje de Mira sobre un detalle de la siguiente actuación. Le respondí que lo revisaríamos en el ensayo acordado. No abrí la partitura en mitad del paseo. Clara tampoco miró el teléfono para comprobar si debía volver a darme espacio.

Había un tiempo para el trabajo y estábamos aprendiendo a reconocer otros tiempos sin sentir que los robábamos.

Nos detuvimos en un banco antes de seguir. Clara sacó de su bolso una hoja pequeña doblada. Había dibujado una distribución de la cocina de Nora con flechas y medidas aproximadas.

La miré.

—Has vuelto a dibujar casas.

Sonrió.

—Una cocina. Y no es un proyecto de vida.

—No iba a decirlo.

Me mostró el dibujo. Había una solución práctica para un estante y una idea claramente imposible para ganar espacio.

—Esta es mi parte favorita —dije, señalando la imposible.

—La mía también. Nora no la ha aprobado.

Nos reímos.

Me gustó que pudiera recuperar algo de su infancia sin convertirlo en una vocación nueva que tuviera que justificar la salida de la danza. Dibujar una cocina podía ser solo una manera de pasar un rato pensando en un lugar compartido.

Clara dobló la hoja.

—¿Te da pena que no baile casi nunca? —preguntó.

La pregunta me sorprendió por su calma.

Pensé antes de responder. No quería elegir la frase que pareciera más generosa.

—A veces echo de menos hacer la pieza contigo. Pero no quiero que vuelvas a hacerla para quitarme esa pena.

Asintió.

—Yo también la echo de menos a veces.

La dejé terminar.

—Y después tengo un sábado como hoy y sé que no quiero volver a esa vida.

Le apreté la mano.

No necesitábamos elegir un sentimiento que borrara el otro. La conversación que antes nos habría llevado a una negociación podía quedarse ahí, con dos verdades que no exigían un cambio inmediato.

Clara apoyó la cabeza en mi hombro.

—Gracias por no intentar arreglar esa frase —dijo.

La besé en el pelo.

Nos quedamos unos minutos más antes de levantarnos. El día seguía delante, sin una función que le diera valor ni una decisión grande que tuviéramos que tomar antes de llegar a casa.

De vuelta en casa, Clara puso una canción en el teléfono.

La dejó a un volumen cómodo y puso el aparato sobre la mesa, sin acercarlo a mí para comprobar si alcanzaba. Reconocí el comienzo. Era una canción que había sonado una noche en casa de Nora mientras lavábamos platos.

—¿Quieres bailar? —preguntó.

La pregunta podía tocar un lugar delicado. Clara ya no bailaba profesionalmente. A veces se movía en una cocina, caminaba siguiendo un ritmo o estiraba porque el cuerpo se lo pedía. Otras veces una canción no despertaba nada.

—Contigo, sí.

—Advertencia: no he calentado.

—Yo tampoco.

Apartamos una silla. No despejamos toda la habitación como si fuéramos a ofrecer una función. La mesa quedó cerca y tuvimos que adaptarnos a ella.

Clara levantó una mano. Esperé a que el gesto estuviera completo y la tomé. Podía sentir el pulso en los dedos, pero no intenté usarlo para adivinar la canción entera. Miré su preparación cuando cambiamos de dirección. Ella observó mi cuerpo también.

—Más despacio —dijo una vez.

Fui más despacio.

No hubo decepción en la corrección. Solo dos personas ajustando un espacio compartido.

El volumen era cómodo. No lo subió para comprobar qué podía oír. Me preguntó si me apetecía bailar y después se corrigió con una sonrisa.

—Un rato. No una pieza de dieciocho minutos.

Me acerqué.

—Tengo experiencia caminando.

—No exageres tu currículum.

Dejó el teléfono y me ofreció la mano.

Nos colocamos en el espacio libre junto al sofá. No había suficiente sitio para hacer nada grande. Eso nos convenía.

Clara apoyó una mano en mi hombro; yo dejé la mía en su cintura. Con la otra le sostuve los dedos. Esperamos un momento antes de empezar, como habíamos aprendido en una sala donde ninguno sabía todavía lo que iba a pedirle a la vida.

Ella cambió el peso.

La seguí.

No lo hice bien todo el tiempo. Tampoco necesitaba fingir que nuestra cercanía convertía el ritmo en algo infalible. Clara ajustó un paso y yo otro. Nos reímos cuando la mesa quedó más cerca de lo previsto.

—Tu motivo para quedarte en Viena sigue estorbando —dijo.

—Podemos moverla.

Me miró con una seriedad fingida.

—Después de tantos años.

—Estoy preparado.

Nos quedamos riendo, abrazados. La canción siguió.

Clara me besó. Dejé de intentar continuar los pasos para responderle. Su mano subió hasta mi nuca y yo la acerqué un poco más, con una familiaridad que seguía teniendo elección dentro.

Cuando se apartó, apoyó la frente junto a la mía.

—Mañana quiero desayunar fuera —dijo.

—¿Antes de la cocina de Nora?

—Antes.

Pensé en el trabajo pendiente y en la mañana libre que había reservado sin saber para qué.

—A las diez.

Clara asintió.

La canción no había terminado. Nos sentamos de todos modos, con las manos todavía juntas y el plan del día siguiente entre nosotros.