La Última Paciente De La Noche (AJ Docker 1) CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO
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CAPÍTULO CINCUENTA Y UNO

El fraude de facturación era una pesadilla para todos los involucrados.

Las compañías de seguros privadas demandaban para recuperar los fondos y se rehusaban a hacer negocios con el hospital en el futuro.

Para fondos federales como los de Medicare, Medicaid y la Administración de Veteranos, las sanciones eran mucho más graves, incluyendo cargos criminales y multas para los individuos responsables, quienes quedarían prohibidos de trabajar en el sector de salud de por vida.

Dos codificadores en particular, que llevaban aquí solo nueve meses, habían presentado todos los cargos adicionales.

Unas llamadas a mis amigos en Recursos Humanos revelaron que ambos habían llegado de un hospital en Luisiana al mismo tiempo que Lou.

Lou había mencionado su éxito mejorando las cobranzas en un hospital previo, y su esquema empezaba a tener sentido.

Pero, ¿qué estaba haciendo con el dinero? No había manera de que un tipo como él no estuviera sacando algo para sí mismo, y, por supuesto, tendría que pagar a los codificadores para alterar los expedientes. Era hora de llamar a mi nuevo amigo.

—Tom, ¿cuál es el número de ese chico hacker?

—¿Te refieres a El BT? Supongo que, si estás preguntando, planeas romper unas cuantas leyes —dijo Tom mientras encontraba el número.

—Solo por el bien de la gente, una causa verdaderamente noble.

—Bueno, yo quiero poder negarlo todo, así que no me digas ni una palabra más. Aquí tienes su número.

El BT contestó de inmediato.

—¿Quién carajos es? Tienes tres segundos.

Lo escuché escribiendo en su computadora con la boca llena. Hice una nota mental para conocerlo en persona algún día, para ver si pesaba menos de 40 kilos o más de 200. No podía imaginarme nada en el medio.

—Soy Doc, amigo de Tom, y necesito un favor. Necesito un historial financiero completo.

—¿Para cuándo?

—¿En 24 horas?

—Fácil. Te va a costar $500, pagado en Bitcoin o Ether. Mándame lo que tengas a mi correo.

—Está bien, ¿necesitas mis datos de contacto?

El BT se rió.

—Tengo tu número de celular. En dos minutos tendré toda tu información, incluyendo tus notas de biología del segundo año.

—Te ahorro tiempo. Saqué diez.

—Felicidades, pero parece que te sacaste seis en cálculo.

Colgó. Le envié toda la información que tenía sobre Lou, transferí $500 desde mi cuenta de criptomonedas y me fui a dormir.

Me desperté con una respuesta de El BT. Al parecer, no iba a tardar todo el día para algo tan sencillo.

El correo contenía una lista de todas las cuentas de Lou, sus historiales y sus bienes.

No me tomó ni un momento darme cuenta de que Lou estaba viviendo a lo grande.

Hacía tres años empezó a gastar dinero en cosas de alto costo, incluyendo tres autos de lujo, una segunda casa y un barco, y todo lo había pagado con cheques bancarios.

Su barco, el Louey Lou, medía casi trece metros de largo y había costado varios millones de dólares.

No había forma de que pudiera costear todo eso con el sueldo de un vicepresidente de hospital.

Debería ir a la cárcel solo por ponerle un nombre tan estúpido a su barco.

Ahora tenía que descubrir cómo atraparlo.

.     .     .

Esa noche fui a IHOP otra vez, mucho más fácil que preparar comida en casa y limpiar después. Gladys me saludó.

—¿Todavía no encuentras ese tesoro?

—No, y ahora tengo otro problema.

Le expliqué la situación con Lou.

—Esos gringos con sus problemas de gringos. Ese tipo definitivamente necesita ir a la cárcel y aprender algunos modales. No me digas que vas a rendirte con esos 600 millones, ¿verdad? —me acusó.

—Gladys, siendo honesto, me he quedado sin ideas. Creo que ese dinero está perdido —admití.

—Pues ese dinero no va a saltar a tus brazos. Tienes que ganártelo. Eres listo. Piensa y encuentra la solución.

Me estaba tomando mi jugo de naranja, mientras pensaba que debía tratar esto como un caso médico complicado en la sala de urgencias.

Saqué mi teléfono y revisé todas las notas y fotos que había acumulado sobre Jenny en las últimas semanas.

La última foto mostraba el tatuaje en su brazo que había iniciado este caso.

Dejé el teléfono a un lado mientras llegaba mi comida, con la foto aún en pantalla.

Al terminar mi sándwich de queso a la parrilla, me cayó el veinte.

—¡A huevo! —grité.

Todo el restaurante enmudeció y me miraron. Little D salió de detrás del mostrador para ver qué estaba pasando. Gladys se apresuró.

—¿Estás bien, Doc?

Me levanté y le planté un beso en los labios.

—Soy un genio, y tú también, guapa. Me tengo que ir.

Salí corriendo sin recordar pagar mi comida. Normalmente, ese comportamiento merecía una visita de Little D en el estacionamiento, pero atónito, me dejó ir. Subí a mi carro y salí del estacionamiento.