CAPÍTULO TRES
Dos horas después, Deb se enderezó en su silla, una señal segura de que se acercaba el peligro.
—Aguas. Ya viene.
—No es él, ¿verdad? Por favor dime que no es él —murmuré, con la esperanza de no tener que lidiar con ese idiota.
—Es él, y tiene un montón de papeles y una sonrisa presumida en la cara. Suerte, pues. Creo que voy a buscar un paciente que necesite mi ayuda —dijo mientras se alejaba.
Respiré hondo, me puse mi sonrisa de político y me volví para enfrentarme a mi antagonista.
Lou Gallagher era uno de un número creciente de vicepresidentes treintañeros en el hospital.
Todos tenían títulos en administración de servicios de salud, así como maestrías en negocios, y pasaban sus días en reuniones y conferencias telefónicas, decidiendo cómo manejar las cosas.
Armados con presentaciones y hojas de cálculo, no tenían ni la más mínima idea de cómo se llevaba a cabo realmente la atención médica en un hospital, y la mayoría de sus grandes ideas oscilaban entre lo ignorantes y lo francamente peligrosas.
Su número había crecido en las últimas dos décadas, y ahora manadas de vicepresidentes deambulaban por los pisos administrativos buscando a alguien que se uniera a su nuevo comité.
Lou era uno de los peores, porque estaba convencido de que siempre era el más listo de la sala.
Eso quizás era cierto cuando se sentaba solo en su oficina, pero aquí, en el mundo real, era otro imbécil engreído en un traje con malas ideas, sin empatía y con una personalidad limitada.
Contratado hace aproximadamente un año, era un dolor de cabeza desde el primer día.
Se acercó con deliberación.
—Buenos días, Doctor Docker.
Como siempre, Lou llevaba un traje con un chaleco elegante, un reloj grande y llamativo, y unos zapatos negros de charol realmente brillantes.
Con su cabello oscuro bien cortado y sus ojos pequeños, parecía un funerario a punto de venderme un ataúd.
Por alguna razón, siempre llevaba calcetines de colores brillantes en contraste con sus trajes oscuros.
Estoy seguro de que había una razón para ello, pero nunca me atreví a preguntar.
—COLA, Lou. Buenos días. Siéntese, por favor. Siempre es agradable ver a nuestros líderes administrativos en la primera línea, y por favor, ¿cuántas veces tengo que decirle que me llame Doc?
—Está bien... Doc, pero debo decirte que prefiero que me llamen Vicepresidente Gallagher.
—Eso suena un poco formal para la sala de urgencias.
¿Qué le parece si llegamos a un acuerdo y lo llamo VP Lou?
Entonces, ¿cómo lo puedo ayudar esta mañana?
—pregunté mientras me recostaba y tomaba otra dona, agradecido de que alguien más hubiera traído donas esa mañana. Qué buena forma de comenzar el día.
—Pensé que era ilegal tener comida en las estaciones de los doctores.
—Esto en realidad es una estación de enfermeras, y tiene razón en que esta dona es ilegal. Por eso estoy tratando de esconder la evidencia antes de que alguien lo note. ¿Quiere ayudar, VP Lou? —pregunté mientras le pasaba la caja.
—No, gracias. Estoy aquí para hablar contigo sobre el censo de la sala de urgencias .
Lo interrumpí.
—Antes de que entremos en eso, tengo que preguntarle sobre los calcetines. ¿Qué pasa con todos esos colores?
Lou sonrió con orgullo. Estaba seguro de que llevaba un año esperando a que alguien le hiciera esa pregunta. Levantó el pantalón y alzó el pie para que viera un patrón de patitos de colores brillantes bailando bajo la lluvia.
—Tengo todo un juego de calcetines amigables para niños que uso todos los días para recordarme la importancia de nuestros pacientes pediátricos en el hospital.
Lo miré fijamente y esperé más explicaciones, pero no llegaron. Él me devolvió la mirada, y el silencio se volvió incómodo. Decidí sacarlo de apuros.
—Bueno, un buen par de calcetines es importante. ¿Sabía que los pies pueden sudar hasta medio litro al día? Los buenos calcetines son importantes para la higiene de los pies. ¿Tiene un par de calzoncillos que combinen con cada par de calcetines?
Lou estaba desconcertado.
—O sea, no. No tengo.
—Perdón, pregunta inapropiada. Se me hace que usted es más del tipo de bóxers, o quizás anda sin nada. Una conversación para otro día. ¿Mencionaba el censo?
Su rostro se relajó con evidente alivio al volver al tema del censo de la sala de urgencias.
—Tus números están un 2.7% abajo esta semana y un 3.1% este mes, por debajo de las proyecciones. ¿Qué tienes que decir al respecto?
—¡Esas son buenas noticias! ¡Oigan, todos, escuchen! ¡Menos personas se enfermaron y se lesionaron el mes pasado! ¡Houston está más sano! ¡Un aplauso para la gente de esta ciudad! —grité, provocando una pequeña ovación y algunos aplausos del personal cercano. Lou, sin embargo, no estaba sonriendo.
—Estas no son buenas noticias en absoluto. Cuando los volúmenes bajan, los ingresos bajan. No puedo mostrar ganancias para este departamento con estos números —dijo Lou claramente estresado .
—Olvidé que usted es la persona del dinero y yo nomás soy una persona que se ocupa de la gente. Parece que esto es un problema para usted. ¿Cómo puede un humilde médico de urgencias como yo ayudarlo en su momento de necesidad?
—Necesitamos más volumen en urgencias. Necesitamos más pacientes para cumplir con las proyecciones.
Fingí pensar profundamente y luego chasqueé los dedos.
—Tengo una idea. Jean, ven aquí un segundo.
Jean estaba caminando cerca y se desvió hacia nosotros.
—Dile a todos los internos y residentes que cuando se regresen a casa esta noche, necesito que atropellen a un mínimo de dos peatones con sus carros.
No lo suficientemente fuerte como para matar a nadie, pero preferiblemente lo bastante fuerte como para romper algunos huesos.
Y diles que se concentren en personas con seguro para el VP Lou.
—Cuenta con ello, Doc —dijo Jean mientras se alejaba con paso relajado.
Boquiabierto, Lou apenas podía hablar.
—No vas a hacer eso de verdad, ¿verdad? Eso es ilegal.
—Solo es ilegal si nos atrapan, y funciona. La última vez que lo hicimos, tuvimos treinta y dos casos de trauma en seis horas. Gran idea, Lou. Gracias por sugerirlo. Yo me encargo de que todos sepan que fue idea suya.
—No. No. Detenla. Esto no fue mi idea. No quiero atropellar a la gente con carros. Tienes que detenerla.
Miré a mi alrededor, pero Jean ya no estaba a la vista.
—Está ocupada ahora, pero ahorita le digo que se espere para hablar con los residentes hasta el final del turno. Déjeme escribir una nota para que me acuerde.
Escribí meticulosamente: «¡No atropellen a la gente con carros!» en un papelito y lo pegué en mi computadora
—Ahora, ¿con qué más puedo ayudarle hoy?
—Una cosa más —dijo mientras recuperaba la compostura—.
Estás usando demasiado aire acondicionado aquí abajo.
Este es Mike, de mantenimiento —señaló a un hombre con overol que estaba nervioso cerca de nosotros—.
Va a instalar una caja de seguridad en el termostato, y solo yo tengo la llave —dijo Lou, levantando una llave—.
De ahora en adelante, la temperatura se queda en 23 grados en la sala de urgencias.
Podemos ahorrar un 5.3% en costos de electricidad con este cambio.
—VP Lou, voy a perder un 5.3% de mi peso corporal en sudor en cada turno y probablemente un 5.3% de mi personal si usted hace eso. Tenemos que ponernos batas y mascarillas aquí abajo y trabajar bajo las luces calientes. Necesitamos mantenerlo más fresco para el personal.
—La decisión está tomada. Las necesidades del hospital son más importantes que las necesidades de los empleados. Veintitrés grados a partir de ahora. Bueno, parece que tienes pacientes que atender, y yo tengo reuniones a las que asistir. Adiós... Doc —dijo con una sonrisa burlona.
—COLA, VP Lou —dije con una sonrisa igual de burlona.
—¿COLA? Y eso, ¿qué significa?
—Es nada más una forma en que nos saludamos y nos despedimos en urgencias, un saludo único para unir al equipo, y como usted ya es parte del equipo, COLA.
—Ya veo —dijo Lou con una sonrisa que se extendía por su cara.
Probablemente no estaba acostumbrado a que lo eligieran para algún equipo—.
Pues, COLA, Doc. Que tengas un buen día —dijo mientras se volteaba y se fue.
Lou dio vuelta en la esquina antes de que estalláramos en carcajadas y extendiera mi mano.
Finn se rió mientras ahí ponía un dólar.
—Pensé que tardaría más de un día en hacer que lo dijera. Tenías cuatro días antes de perder la apuesta. COLA, COLA, COLA —cantó mientras se alejaba.
Mike, de mantenimiento, preguntó:
—¿Qué diablos fue todo eso? ¿Y qué diablos es COLA?
—Aposté un dólar a que podría lograr que Lou usara COLA como saludo en menos de cinco días, y lo hice en uno. Dinero fácil.
—Entonces, ¿qué significa COLA ?
—«Con la cabeza en el culo». Lo usamos para describir a los administradores del hospital que básicamente arruinan todo lo que tocan por aquí. Lou no es ninguna excepción.
Mike se rió. Puse mi brazo sobre su hombro y me dirigí hacia el termostato.
—Mike, ¿te gusta el futbol americano? Tengo dos boletos para el partido de los Texans contra los Chargers este domingo, y son todos tuyos si puedes hacerme un pequeño favor. Necesito un ajustito al plan del termostato de Lou.