CAPÍTULO 55
EL CUARTO DE ELENA
Laura tardó un mes en vaciar el armario de su madre. No lo hizo para vender la casa. Lo hizo porque la ropa empezaba a parecer una forma de esperar a alguien. Puso tres cajas sobre la cama: guardar, donar, tirar. Nora ayudaba con criterios propios.
—Este jersey pica.
—Donar.
—Pero entonces picará a otra persona.
—Buen punto.
El jersey fue a tirar. Entre dos abrigos Laura encontró la bata azul que Elena había usado en casa durante años. La acercó a la cara. Todavía olía ligeramente a ella. Laura se sentó. Nora dejó de clasificar.
—¿La guardamos?
Laura asintió.
—Sí.
No necesitaba conservarlo todo para recordar. Tampoco necesitaba tirarlo todo para avanzar. En el último cajón encontró una postal sin enviar. En la imagen, Port Bo al atardecer. Detrás, Elena había escrito:
«Laura, algún día espero que puedas volver aquí y que el sitio sea solo un sitio.»
No había fecha. Laura la leyó dos veces.
—¿Qué pone? —preguntó Nora.
Laura se la leyó.
—¿Y ya es solo un sitio?
Se acercó a la ventana.
—Todavía no.
—Pues algún día.
Nora siguió doblando camisetas. Laura guardó la postal con la bata. Esa tarde llevó las cajas de donación al coche. Cuando volvió, Daniel estaba en la cocina.
—He comprado una caldera —dijo.
Laura lo miró horrorizada.
—No puedes comprar una caldera como quien compra leche.
—Llevamos tres presupuestos.
—Quería pensarlo.
—Llevas un mes pensándolo.
—Eres insoportable.
—Eso ya estaba establecido.
Laura se acercó y lo besó.
—No vuelvas a comprar cosas grandes sin preguntar.
—¿Una lavadora cuenta?
—Fuera de mi casa.
Daniel sonrió.
Mi casa.
Laura notó las palabras después de pronunciarlas. No la casa de su madre. No la casa de 2009.
La suya.