Capítulo 23
La mujer que nadie vio
D aniel no apartó la mirada de Sara. Sus últimas palabras habían dejado un vacío imposible de llenar: «Había dos Daniels aquella noche.
Uno que recordaría lo ocurrido y otro que sería capaz de olvidarlo.
» Durante años había pensado que sus lagunas de memoria eran consecuencia de un tratamiento médico, de un trauma o de una decisión tomada por su padre para protegerlo.
Ahora comenzaba a sospechar que el verdadero objetivo nunca había sido borrar una noche concreta.
Alguien había intentado construir una versión de Daniel que pudiera vivir sin hacerse las preguntas correctas.
—Explícamelo —dijo finalmente—. ¿Qué significa que había dos Daniels?
Sara permaneció junto a la puerta. Su rostro mostraba el cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo huyendo, pero también una determinación que Daniel no había visto en ella hasta ese momento.
Sacó una fotografía doblada del interior de su abrigo y la colocó sobre la mesa.
Era una imagen de la casa de verano tomada aquella noche.
En el jardín aparecían Laura, Elena y Daniel.
Sin embargo, había algo que hacía que la fotografía fuera diferente de todas las anteriores: junto a Daniel aparecía otra persona con exactamente la misma ropa que él llevaba.
Daniel se inclinó sobre la fotografía.
—¿Quién es?
Sara negó lentamente con la cabeza.
—No es otra persona.
Daniel volvió a mirarla.
—Entonces, ¿quién?
—Tú.
La respuesta le produjo una sensación de vértigo.
Sara señaló una parte oscura de la imagen.
Allí podía verse una segunda figura con la misma chaqueta, el mismo pantalón y la misma postura que Daniel.
La diferencia estaba en el rostro. La imagen no tenía suficiente calidad para distinguirlo, pero la posición del cuerpo resultaba idéntica.
—Aquella noche —continuó Sara—, alguien necesitaba que pareciera que tú habías estado en un único lugar. Pero estuviste en dos.
Daniel sintió que un recuerdo comenzaba a abrirse paso.
Recordó el jardín. Recordó a Laura. Recordó a su madre.
Y después recordó una puerta cerrándose.
Durante años había interpretado aquella escena como un sueño infantil, pero ahora comprendía que había sido un recuerdo real.
Había entrado en la casa con Laura y, más tarde, había salido por otra puerta.
Entre ambas escenas faltaba un periodo de tiempo que nadie había conseguido explicarle.
—¿Dónde estaba yo? —preguntó.
Sara lo miró directamente.
—Con la mujer que nadie vio.
Clara, que había permanecido en silencio, intervino entonces.
—¿La mujer de la estación?
Sara negó con la cabeza.
—No. Ella no era la mujer que nadie vio. Solo era la persona que estaba intentando encontrarla.
Daniel sintió que todas las pistas anteriores se desplazaban nuevamente.
Habían asumido que Sara era la mujer que aparecía en las fotografías y que, de alguna manera, había estado detrás de los acontecimientos.
Pero Sara acababa de separar dos identidades que ellos habían confundido desde el principio.
Una persona había sido visible en las fotografías.
La otra había permanecido fuera de ellas, pero parecía haber estado presente en cada momento importante.
—¿Quién era? —preguntó Clara.
Sara miró hacia el espejo roto.
—Vuestra madre.
Daniel sintió que el aire se volvía pesado.
—Mi madre murió.
—Sí —respondió Sara—. Pero no murió cuando os dijeron.
Daniel dio un paso atrás. La afirmación era demasiado grave para aceptarla sin una prueba.
Durante años había vivido con una fecha, un certificado y una historia familiar perfectamente cerrada.
Sin embargo, aquella investigación ya le había demostrado que los documentos podían ser manipulados y que los recuerdos podían ser fabricados.
Necesitaba algo que no dependiera de la memoria de nadie.
Sara abrió la fotografía por la parte posterior y señaló una inscripción casi borrada.
—Tu madre descubrió que iban a utilizar a Laura para obligarte a aceptar una identidad falsa. Intentó detenerlo y por eso fingieron su muerte. Durante un tiempo consiguió esconderse, pero cometió un error: volvió a la casa de verano.
Daniel sintió un dolor repentino en la cabeza.
Una nueva imagen apareció en su mente. Su madre entrando en la habitación oculta.
Tenía una grabadora en la mano y hablaba con alguien que permanecía fuera de la imagen.
Daniel no podía escuchar las palabras, pero reconocía perfectamente la expresión de su rostro. No estaba asustada. Estaba furiosa.
Entonces apareció otra imagen.
Laura estaba llorando.
Su madre la abrazaba.
Y detrás de ellas estaba Daniel.
Pero Daniel no tenía ocho años.
Era adulto.
La imagen desapareció tan rápidamente como había aparecido.
Daniel se llevó una mano a la cabeza.
—No puede ser.
Sara lo observó con atención.
—¿Qué has visto?
—A mi madre. A Laura. Y a mí.
—¿Cuántos años tenías?
Daniel cerró los ojos.
La respuesta llegó acompañada de una sensación de horror.
—No lo sé.
Sara no pareció sorprendida.
—Eso es lo que intentaron quitarte.
Clara se acercó a su hermano y lo sostuvo por el brazo.
—Daniel, mírame.
Él abrió los ojos.
—La noche que Laura desapareció no fue el principio —dijo Sara—. Fue el momento en que todo salió mal. El verdadero experimento había comenzado años antes, cuando descubrieron que podían modificar los recuerdos de una persona sin borrar completamente los recuerdos originales.
Daniel miró la cinta que seguía sobre la mesa.
—¿Y Laura?
Sara respiró profundamente.
—Laura fue la única que recordó ambas versiones.
—¿Qué versiones?
—La vida que vivisteis y la vida que alguien quiso que recordarais.
Antes de que Daniel pudiera formular otra pregunta, escucharon un golpe procedente de la planta inferior. Sara se volvió inmediatamente hacia la puerta. Su expresión cambió por completo.
—Ya nos han encontrado.
Clara se acercó a la ventana.
—No hay nadie fuera.
Sara negó con la cabeza.
—No vienen de fuera.
Daniel miró hacia el pasillo.
Comprendió entonces que la persona que había entrado en la casa no necesitaba buscar la habitación oculta.
Ya sabía dónde estaba.
Y cuando escucharon pasos acercándose por las escaleras, Daniel comprendió algo todavía más inquietante: la mujer que nadie había visto podía haber estado allí todo el tiempo.