La última Mentira Capítulo 14
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Capítulo 14

Nadie dice toda la verdad

D aniel permaneció frente a la fotografía durante varios segundos sin atreverse a tocarla.

La mujer que aparecía junto a sus padres y a Elena no era una desconocida, aunque su rostro pertenecía a un recuerdo que durante años había permanecido enterrado bajo capas de silencio.

Había algo en aquella mirada que le resultaba inquietantemente familiar: la manera de observarlo, la pequeña cicatriz junto a la ceja y, sobre todo, aquella expresión que parecía decirle que algún día tendría que descubrir quién era realmente.

Clara se colocó a su lado y examinó la fotografía con la misma atención.

Ninguno de los dos necesitó hablar para comprender que acababan de encontrar una pieza que cambiaba por completo la historia de su familia.

—¿Por qué mi padre escribió que ella pertenecía a la familia? —preguntó Clara finalmente.

Daniel negó con la cabeza. Había pasado toda su vida creyendo conocer a las personas que lo rodeaban.

Su padre había sido estricto, reservado y, en ocasiones, distante, pero nunca había imaginado que pudiera haber construido una mentira que afectara a varias generaciones.

Elena, en cambio, había conocido parte de esa verdad y había decidido esconderla incluso de ellos.

Lo peor no era descubrir que todos habían mentido.

Lo peor era darse cuenta de que cada mentira parecía haber sido creada para proteger otra mentira todavía más grande.

Daniel volvió a mirar la fotografía.

—Hay algo que no encaja —dijo.

—¿Qué?

—Si esta foto tiene diecisiete años, ¿por qué Elena aparece aquí sabiendo lo que estaba ocurriendo? Ella era demasiado joven para conocer todos estos detalles.

Clara guardó silencio. Después acercó la fotografía a la luz y observó el reverso. Había una fecha escrita a mano, pero debajo de ella aparecía una segunda anotación, mucho más reciente. La tinta era diferente y la letra no pertenecía al padre de Daniel.

«La verdad nunca estuvo escondida. Estaba delante de vosotros.»

Clara sintió un escalofrío.

—Esta letra...

Daniel tomó la fotografía y la observó con cuidado.

Había visto aquella escritura antes. En el diario de Elena.

En algunas de las notas encontradas durante los últimos días.

La misma inclinación de las letras, la misma forma de escribir la «t» y aquella manera de dejar demasiado espacio entre algunas palabras.

—Es de Elena.

Clara levantó la mirada.

—Entonces ella sabía que encontraríamos esta fotografía.

Daniel no respondió. En ese instante comprendió algo todavía más perturbador: Elena no estaba dejando pistas al azar.

Había preparado un camino. Cada fotografía, cada grabación y cada mensaje los estaba llevando exactamente hacia el siguiente descubrimiento.

Pero si Elena había planeado todo aquello antes de desaparecer, significaba que también había previsto que alguien intentaría detenerlos.

El teléfono de Daniel vibró sobre la mesa.

Era un número desconocido.

Durante unos segundos nadie se movió. La pantalla mostró una llamada entrante que parecía normal, pero Daniel recordó las palabras de Inés: después de las dos de la madrugada, las voces podían convertirse en una herramienta para manipular los recuerdos.

Miró el reloj. Faltaban menos de diez minutos para las dos.

—No contestes —dijo Clara.

La llamada terminó.

Un segundo después llegó un mensaje.

«No necesitáis saber quién soy. Necesitáis recordar quién era yo.»

Daniel sintió que el estómago se le cerraba. Antes de que pudiera responder, llegó una segunda fotografía. Esta vez no era antigua. Había sido tomada recientemente.

En ella aparecía Elena.

Estaba sentada en una habitación pequeña, frente a una mesa metálica. Tenía el mismo aspecto que en las imágenes anteriores, pero había algo diferente en su expresión. No parecía asustada. Parecía estar esperando.

En la mesa había tres objetos.

Una llave.

Un teléfono.

Y una fotografía.

Clara amplió la imagen hasta que pudo distinguir la fotografía que Elena tenía delante. Cuando consiguió verla con claridad, dejó escapar el aire lentamente.

—Daniel...

Él miró la pantalla.

La fotografía mostraba a un niño de unos ocho años sentado en el jardín de la antigua casa familiar. A su lado estaba Elena. Detrás de ellos aparecía la misma mujer de la fotografía de diecisiete años atrás.

Pero había una cuarta persona.

Un hombre permanecía parcialmente oculto detrás de una puerta.

Daniel acercó el teléfono a sus ojos.

Reconoció la chaqueta.

Reconoció la postura.

Y entonces recordó algo que llevaba años intentando olvidar.

Aquella noche no había sido la primera vez que había visto a ese hombre.

Lo había visto cuando era niño.

Y su padre también estaba allí.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa como si acabara de quemarle la mano.

—Yo conocía a ese hombre.

Clara lo observó con preocupación.

—¿Quién es?

Daniel tardó varios segundos en contestar.

—No lo sé.

La respuesta pareció absurda incluso para él. Había reconocido su presencia, su ropa y hasta la forma en que permanecía de pie, pero su rostro seguía oculto por la sombra. Era como si su memoria hubiera conservado cada detalle excepto el único que necesitaba.

Entonces el reloj marcó las 02:00.

El teléfono volvió a sonar.

Esta vez, en la pantalla apareció un nombre.

ELENA.

Clara retrocedió.

Daniel no contestó inmediatamente. La llamada continuó durante varios segundos antes de detenerse. Después volvió a sonar.

Daniel finalmente deslizó el dedo por la pantalla.

No dijo nada.

Al principio solo escuchó respiración.

Después llegó una voz femenina.

—Daniel, si estás escuchando esto, significa que has llegado demasiado lejos.

Daniel cerró los ojos.

Era Elena.

Pero había algo extraño en aquella voz. No era la misma grabación que habían escuchado antes. Esta vez parecía estar hablando directamente con él, como si supiera exactamente dónde estaba y qué acababa de descubrir.

—¿Dónde estás? —preguntó Daniel.

Hubo un silencio.

—Eso no importa. Lo que importa es que todavía no has entendido por qué te hicieron olvidar.

—¿Quién?

La respiración al otro lado se volvió más lenta.

—Tu padre no fue quien empezó todo.

Daniel sintió que Clara se acercaba.

—Entonces, ¿quién?

La respuesta tardó varios segundos.

—Tu madre.

La llamada terminó.

Durante unos instantes ninguno de los dos fue capaz de reaccionar. Daniel miró a Clara, esperando que ella negara lo que acababan de escuchar. Pero Clara permaneció inmóvil, con la mirada fija en la pantalla.

—Mi madre murió hace doce años —dijo finalmente.

Daniel no respondió.

Porque acababa de recordar algo.

Una imagen pequeña, casi insignificante, que había aparecido en su memoria durante la sesión con Inés. Una habitación blanca. Una mujer sentada junto a su cama. Una mano apoyada sobre su frente. Y una frase que alguien le había repetido cuando era niño:

«Cuando despiertes, Daniel, no recordarás nada de esto.»

Daniel abrió los ojos.

Por primera vez, comprendió que quizá sus recuerdos no habían sido modificados solamente después de la desaparición de Laura.

Tal vez la mentira había comenzado mucho antes.

Y quizá Elena no estaba intentando descubrir la verdad para salvarlo.

Quizá estaba intentando descubrirla antes de que Daniel recordara quién había sido realmente.