Capítulo 12
La llamada de madrugada
La mujer permaneció frente a ellos sin mostrar ninguna intención de marcharse.
Daniel no podía apartar la mirada de su rostro.
Había intentado reconstruirlo durante días a partir de fotografías, recuerdos incompletos y fragmentos de conversaciones, pero verlo allí, delante de él, resultaba diferente.
No parecía una desconocida que hubiera aparecido de repente en medio de una investigación.
Parecía alguien que llevaba mucho tiempo esperando aquel momento.
—Tú —dijo Daniel finalmente—. Estabas conmigo.
La mujer no respondió de inmediato. Bajó la mirada hacia la carpeta que Daniel sostenía contra el pecho y después volvió a mirarlo. Su expresión no mostraba sorpresa. Más bien parecía confirmar algo que ya sabía.
—Sí —contestó—. Estuve contigo.
Clara dio un paso hacia ella.
—¿En las sesiones?
La mujer asintió lentamente.
—En algunas de ellas.
Daniel sintió que una parte de su memoria comenzaba a desmoronarse.
Recordaba una habitación blanca, una ventana cubierta por persianas y una voz femenina que le hacía preguntas mientras él permanecía sentado frente a una mesa.
Siempre había pensado que aquella voz pertenecía a una doctora desconocida.
Ahora comprendía que había algo más detrás de aquellas sesiones.
—¿Quién eres? —preguntó.
La mujer sostuvo su mirada.
—Me llamo Inés.
El nombre no significó nada para Clara, pero provocó una reacción inmediata en Daniel.
Una imagen apareció en su mente: Inés entrando en la habitación del centro médico, dejando una carpeta sobre la mesa y diciéndole que no debía tener miedo.
Después la imagen desapareció, sustituida por otra mucho más oscura en la que Elena discutía con ella en un aparcamiento.
Daniel se llevó una mano a la cabeza.
—¿Qué me hiciste?
Inés no intentó acercarse.
—Lo que me pidieron.
—¿Quién?
La mujer tardó demasiado en responder.
—Tu padre.
Daniel apretó la mandíbula.
—Mi padre llevaba años muerto cuando yo recibí esas sesiones.
—Tu padre murió, sí. Pero las personas que trabajaban para él no desaparecieron con él.
Clara observó a Inés con desconfianza.
—Entonces tú continuaste su trabajo.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
Inés miró hacia los archivadores que llenaban la habitación. Su expresión cambió por primera vez y pareció mostrar cansancio.
—Significa que, al principio, yo también creía que estaba ayudando a Daniel.
Pensaba que aquellas sesiones servían para protegerlo de un trauma.
Tu padre me dijo que había vivido algo tan terrible que su mente necesitaba construir una versión soportable de los hechos.
Me convenció de que estaba haciendo lo correcto.
Daniel sintió que la rabia comenzaba a sustituir al miedo.
—¿Y cuándo descubriste la verdad?
Inés respiró profundamente.
—Cuando Elena vino a verme.
El nombre de Elena cambió inmediatamente la atmósfera de la habitación. Inés abrió una carpeta que llevaba consigo y sacó una fotografía antigua. Elena aparecía sentada en una mesa del mismo centro médico, varios años atrás. Frente a ella había una grabadora y un cuaderno.
—Ella descubrió que los recuerdos de Daniel no eran naturales —explicó Inés—. Descubrió que alguien había construido una historia alrededor de él y que, con el tiempo, esa historia se había convertido en su realidad.
Daniel observó la fotografía.
—¿Qué quería Elena de ti?
—Quería que le dijera toda la verdad.
—¿Y se la dijiste?
Inés negó lentamente con la cabeza.
—No tuve valor.
Clara dio un paso hacia ella.
—Entonces sabes qué ocurrió con Laura.
Inés permaneció en silencio durante varios segundos. Finalmente respondió con una voz mucho más baja.
—Sé lo que Daniel cree que ocurrió. Sé lo que Elena descubrió después. Y sé que ambas cosas son diferentes.
Daniel sintió que aquella frase confirmaba su peor sospecha.
—¿Laura salió viva del hotel?
Inés miró directamente a sus ojos.
—Sí.
La respuesta cayó sobre ellos con un peso insoportable.
Daniel había pasado días intentando reconstruir una desaparición que quizá nunca había sucedido de la manera que todos habían contado. Laura había salido viva del hotel. Eso significaba que alguien había tenido tiempo para decidir qué hacer con ella.
—¿Dónde está? —preguntó Clara.
Inés negó con la cabeza.
—No lo sé.
—No te creo.
—Puedes creerme o no. Pero hay algo que necesitas entender. Laura no era la persona que ellos querían hacer desaparecer.
Daniel se quedó inmóvil.
—¿Entonces quién?
Inés lo miró con una expresión que Daniel no olvidaría.
—El testigo.
Antes de que pudiera preguntar qué significaba, todas las luces del edificio se apagaron.
Clara se sobresaltó y Daniel encendió la linterna del teléfono. Inés permaneció inmóvil, como si hubiera estado esperando aquel momento. Desde el pasillo llegó un ruido metálico, seguido de pasos rápidos.
—Nos han encontrado —dijo Inés.
Daniel la miró.
—¿Quién?
—Los mismos que llevan años intentando impedir que recuerdes.
Inés tomó las carpetas de las manos de Daniel y las guardó dentro de una caja metálica.
—No podéis quedaros aquí.
—¿Y tú?
—Yo ya llevo demasiado tiempo huyendo.
Clara se acercó a ella.
—¿Dónde está Elena?
Inés la miró durante unos segundos antes de responder.
—No puedo decírtelo aquí.
—¿Está viva?
Inés no respondió.
Aquella ausencia de respuesta fue suficiente para que Daniel comprendiera que todavía existía una posibilidad.
—Dime solamente una cosa —pidió—. ¿Elena sabía que yo estaba siendo manipulado?
—Sí.
—¿Y por qué nunca me lo contó?
Inés bajó la mirada.
—Porque la última vez que intentó hacerlo, alguien recibió una llamada.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué llamada?
—La que cambió todo.
Un sonido de pasos volvió a escucharse en el pasillo.
Inés abrió una puerta secundaria que comunicaba con una escalera de emergencia.
—Bajad por aquí. No utilicéis la entrada principal.
Daniel dudó.
—Vienes con nosotros.
Inés negó lentamente.
—No. Si salimos los tres juntos, sabrán que he hablado.
Clara quiso protestar, pero Inés la interrumpió.
—Cuando llegues a casa, no contestes ninguna llamada después de las dos de la madrugada.
Daniel la miró fijamente.
—¿Por qué?
Inés respondió con una seriedad que le heló la sangre.
—Porque a esa hora es cuando empiezan a utilizar las voces.
Daniel y Clara abandonaron el archivo por la escalera. No hablaron hasta llegar al coche. Solo cuando estuvieron dentro, Daniel cerró las puertas y arrancó el motor. Eran las 01:43.
Durante el trayecto, Clara permaneció en silencio. Daniel no podía dejar de pensar en las palabras de Inés. Las voces. No sabía qué significaban exactamente, pero cada nuevo descubrimiento parecía acercarlos a una operación mucho más compleja de lo que habían imaginado.
A las 02:07 llegaron a casa.
Daniel dejó las carpetas sobre la mesa y comenzó a revisar los documentos. Clara preparó café mientras intentaba mantener la calma. Ninguno de los dos mencionó la advertencia de Inés.
A las 02:17, el teléfono de Daniel comenzó a sonar.
Los dos se quedaron mirando la pantalla.
No aparecía ningún número.
Solo una palabra.
ELENA.
Daniel sintió que el corazón se le detenía.
Clara se acercó lentamente.
—No contestes.
El teléfono siguió sonando.
Daniel recordó la advertencia de Inés y dejó que la llamada continuara. Después de varios segundos, el sonido cesó.
Pensaron que había terminado.
Entonces llegó un mensaje de voz.
Daniel pulsó el botón.
Durante unos segundos solo se escuchó una respiración. Después apareció la voz de Elena.
—Daniel, si estás escuchando esto, significa que Inés te ha contado demasiado.
Clara se llevó una mano a la boca.
La voz continuó.
—No vengas a buscarme. Todavía no. Primero tienes que descubrir quién estaba contigo cuando Laura salió del hotel.
Daniel sintió un escalofrío.
Después Elena pronunció una última frase.
—Y recuerda algo muy importante: la persona que viste conmigo en la estación no es Inés.
La grabación terminó.
Daniel y Clara se miraron.
Ninguno de los dos habló.
Porque ambos habían visto a Inés aquella noche.
Pero si la mujer de la fotografía no era ella, entonces acababan de descubrir algo mucho peor.
Alguien llevaba años utilizando el rostro de otra persona para acercarse a ellos.