30. Chapter 30
Última Luz
Me encontraba en lo alto de un acantilado, lejos de mi hogar, contemplándolo en la distancia junto con su montaña de cima plana. Allí dormía un Titán. Con un poco de suerte, seguiría dormido hasta mi regreso. Y durante mucho más tiempo después.
Desde allí, todo parecía muy tranquilo. No había ni rastro de la carnicería del día anterior. Desde allí, solo era una ciudad. Un lugar donde la gente vivía, amaba y era recordada.
Amaba aquella ciudad. Aún la amaba. Aunque su gobierno la condujera por el mal camino. Aunque albergara un sinfín de monstruos, horrores y traumas. Aunque tuviera que abandonarla.
Hope City no era un lugar fácil donde vivir. Pero era mi hogar. Un hogar de cazadores de monstruos. Un lugar donde, cuando de verdad importaba, la gente hacía lo correcto.
Me habían atribuido la muerte de Riaan. El Consejo me había declarado enemiga del estado. Los Cruzados habían sido declarados una organización ilegal. No es que eso fuera a detenernos. Intenta impedir que un cazador de monstruos haga su trabajo. Así era como uno acababa perdiendo dedos.
Aun así, sospechaba que el Consejo había sido capturado. Por completo. No sabía si por el Mentor o por el Cónclave. Daba igual.
Menos mal que iba a destruir al segundo en la guerra de Thor. Y, después, daría caza al primero y acabaría con él de una vez por todas.
Oí a Phillip conversando con Conrad y Guy junto al coche. Por mucho que me desagradara, parecía que tenía que confiar en él. Quizá no estuviera de acuerdo con sus métodos, ni siquiera con sus ideales, pero nuestros intereses coincidían. Al menos de momento.
Thor le había dejado instrucciones para que me enviara al norte.
Así que el agente nos llevaba de contrabando hacia allí.
Nos aguardaba un largo viaje. Al fin y al cabo, viajar en avión era bastante poco fiable.
Había toda clase de dracos, dragones y cazadoaviones oportunistas entre nosotros y Roma.
Y viajar por mar también podía ser peligroso. Lo sabía demasiado bien.
Así que iríamos por tierra. Atravesaríamos África y sus páramos devastados, poblados por hordas de ogros, imperios, necrosueñores de la guerra y dioses caídos. Y, después, pondría un pie en Europa y comenzaría una nueva guerra. Una que no era la mía.
—Y ¿cuál es tu tipo de música favorito? —preguntó Brett, algo vacilante e incómodo. Estaba justo detrás de mí, mientras Treth se mantenía apartado, cohibido.
—Mmm, bueno... Ah, me gusta la música que hace... —Intentó imitar un riff de guitarra de rock clásico. No le salió.
Sonreí. Era estupendo que ahora pudieran hablar entre ellos. Brett ya formaba parte de mi vida por completo. Al parecer, solo había tenido que tocar el vacío. O quizá también se debiera a su conexión conmigo. Al fin y al cabo, el amor era un tipo de magia en sí mismo.
Le di la espalda a la ciudad que se alzaba en la distancia y me arrepentí de inmediato. Pero añorarla no solucionaría nada. Tenía que ser fuerte. Sabía que volvería a verla. Al fin y al cabo, yo era su Última Luz.
Cindy hablaba con Candace, que ahora llevaba un parche sobre la cuenca vacía.
Yo llevaba otro igual. Quería devolverle su ojo, pero parecía que ahora lo necesitaba.
El Mentor tenía el mío, lo que significaba que podía ver a través de su gemelo.
Debía mantenerlo cubierto. Por si acaso.
Cindy dijo que, para cuando regresáramos, habría encontrado algún tipo de solución permanente para las dos.
Interrumpí su conversación y abracé a mi amiga.
—Cuídate —dijo—. No dejes que las maldiciones se enquisten. Purifícate dentro de un círculo de sales benditas al menos una vez por semana.
Sonreí y volví a abrazarla.
—Voy a echarte de menos, Cins.
Contuvo un sollozo.
—Cuidaré de Alex. Conmigo estará a salvo.
—Lo sé. Gracias. Y despídete de Duer de mi parte. Explícale por qué no he podido ir, por favor.
Ya habíamos escapado por los pelos de la ciudad antes de que comenzara la cacería.
Ordené la retirada de mis tropas. No podía permitir que la ciudad volviera a quedar bañada en sangre por culpa de orcos y ogros que enarbolaban mi estandarte.
Era mejor que el último recuerdo que sus habitantes conservaran de mi símbolo fuera el de haber sido salvados. No conquistados.
Ordené al Kan Gris y a Girin que se convirtieran en cazadores de monstruos acreditados y que fundaran sus propias agencias para no infringir las leyes antimonopolio.
Los Hijos de Gorgmonn y la Horda del Cazador serían organizaciones de renombre en Hope City cuando regresara.
Contaba con ello. Aquella ciudad siempre necesitaba más héroes.
Y ¿quién decía que tuvieran que ser humanos?
Sanguineas ya había pasado sin problemas de ser un cártel de vampiros de dudosa legalidad a convertirse en valiosos aliados de la CDF y en cazadores de monstruos que se alimentaban más de los suyos que de humanos.
Los demás vampiros los odiaban. Eso significaba que encajaban muy bien con nosotros.
Me acerqué a Conrad, Guy y Phillip. El agente captó el ambiente y se despidió antes de entrar en su coche: un Corsa viejo, abollado y que no llamaba la atención.
—Por cierto, vuelves a estar al mando —le dije a Guy.
Él sonrió.
—No lo querría de otro modo. Estaremos aquí cuando regreses, Kat. La cacería no terminará. Aunque ahora seamos criminales.
Lo abracé y después me volví hacia Conrad. Mi verdadero mentor. El hombre que me había dado la oportunidad de ser una heroína.
Era un tipo sórdido. Era un estafador. Y, para mí, era prácticamente como un padre.
Lo abracé con fuerza. Se quedó sorprendido durante un instante antes de corresponderme.
—Harás lo correcto, Kat —dijo—. Siempre lo haces.
Lo miré a los ojos mientras él me sonreía. Una sonrisa sincera, sin rastro de esa falsedad que definía toda su personalidad.
—Estoy muy orgulloso de ti, Kat.
Lo solté antes de que las lágrimas me desbordaran e hicieran aún más incómoda toda aquella despedida. Brett y Guy ya fingían no llorar, en silencio y con estoicismo, mientras se despedían.
Me volví hacia Hope City por última vez. Treth apareció a mi lado.
—Ya no debes dudar de ti misma, Kat. La Vasija es tuya. No somos tus sirvientes ni tus esclavos. Pero somos tuyos. Queremos estar aquí. Hagas lo que hagas, lucharemos a tu lado. Porque existir es un regalo, y tú lo has hecho posible.
Y, pese a todo el sufrimiento, la pérdida y el dolor, siempre había una luz en la Oscuridad. Y eso hacía que mereciera la pena vivir.
Existir significaba ser el héroe de la propia historia.
Y permitir que todos los espíritus existieran dentro del Vasija equivalía a dejar que fueran héroes.
Sentí más voces en las cámaras de mi alma.
Humanos, licántropos, orcos, ogros y seres feéricos que habían caído defendiendo su hogar.
Ahora existían todos para volver a luchar. Para plantar cara a la Oscuridad.
Para cazar monstruos.
Le di la espalda a Hope City y entré en el coche de Phillip.
Brett se sentó delante, en el asiento del copiloto.
No iba a obligar ni a Candace ni a mí misma a sentarnos junto al agente.
Mi novio tenía aguante de sobra. Además, ¡era su castigo por seguir sin ir a terapia tal y como le había ordenado!
Suspiré mientras veía a mis amigos despedirnos con la mano y convertirse en puntos en la distancia. Ya no había vuelta atrás. Solo existía el norte. Nos acercábamos a toda velocidad a un Reino de las Sombras donde se decidiría el destino del mundo. De un modo u otro.