7. Chapter 7
Interrogatorio
***CANDACE***
Themba me tendió la mano y sonrió. Atónita, no supe cómo reaccionar. Después de la euforia por lo que había hecho, y aún conmocionada por todo ello, solo me sentía entumecida. Como si antes hubiera estado despierta y esto fuera un sueño.
La voz seguía hablándome.
Matadlos. Reanimadlos. Empezad de nuevo.
Pero entonces oí a Themba repetirse. Y hubo dos palabras que me llamaron la atención.
Kat. Drummond.
Acepté su mano y se la estreché. Él sonrió de oreja a oreja. Como si él y sus hombres no hubieran estado al borde de la aniquilación.
Miré a sus compañeros. Parecían confusos.
Por su porte y por la forma en que los demás rebeldes se sometían a su autoridad, deduje que Themba estaba al mando.
Tal vez les desconcertaba que su comandante le estrechara la mano a una bruja.
O que dicha bruja hubiera pasado de ser un huracán ambulante de sombras sangrientas a convertirse en una adolescente dócil y desconcertada.
Bueno, más les valía acostumbrarse. Nada era lo que parecía después del Cataclismo. Si es que alguna vez lo había sido.
Themba pareció satisfecho cuando me soltó la mano. No me preguntó cómo me llamaba. Le vi en los ojos que ya lo sabía.
—Lamento no haber tenido con Kat tanta relación como me habría gustado. Pero mi primo es íntimo amigo suyo. Y él te conoció, Candace. He oído hablar mucho de ti.
¡Eso nunca era bueno!
Debió de percibir mi ansiedad, porque sonrió para tranquilizarme y me guiñó un ojo.
—No te preocupes. Estás entre amigos. A nadie de aquí le importa el antiguo Necroseñor, esté donde esté o hiciera lo que hiciese.
Parecía saber muchas cosas. De pronto me sentí cohibida.
Incluso un poco vulnerable. Por lo general, el enigma era yo.
La desconocida. Podía prosperar en un lugar porque era una extraña capaz de conseguir resultados.
Nadie podía manipularme porque nadie sabía nada sobre mí. Yo tenía todas las cartas.
Pero aquel Themba parecía saber exactamente quién era yo.
Decidí ser franca.
—Lo siento, Themba. Yo no he oído hablar mucho de ti.
Themba pareció sorprendido y después se echó a reír.
—¡Tampoco esperaba que lo hubieras hecho! Hablé con Kat en contadas ocasiones, y estoy bastante seguro de que vosotras dos tenéis otros temas de conversación. Al fin y al cabo, no soy más que un humilde rebelde.
El humilde rebelde se volvió hacia sus hombres y chasqueó los dedos. Estos adoptaron una formación, desplegándose en abanico y vigilando la Oscuridad.
—Los Elegidos —preguntó Themba, ocultando un atisbo de asombro en la voz—. ¿Están muertos de verdad?
Asentí con seguridad.
—Corté la conexión wey con su necrocórtex y, al mismo tiempo, me aseguré de que ningún señor supremo rival pudiera anular mi orden.
La expresión de Themba quedó en blanco.
—Eh... ¿qué?
¡Podría haberme dado una patada mentalmente!
Nadie hablaba así. Ni siquiera los nigromantes más empollones.
Estaba jodidamente nerviosa. ¿Quién iba a pensar que podía masacrar a una docena de impi, enfrentarme a una horda de no muertos, derrocar a una necro-cábala imperial y, aun así, ponerme demasiado nerviosa para hablar con alguien con quien tenía una conocida en común?
—Ah, perdona. Quiero decir que desactivé la nigromancia. Y me aseguré de que cualquier otro nigromante las pasara canutas, malditas sean las Grietas, para volver a levantarlos.
Themba se detuvo para darle con la bota un empujón al cadáver de un no muerto. Silbó, impresionado.
No había ni rastro de miedo en sus gestos. Si me temía, lo disimulaba bien. Los demás rebeldes, sin embargo, se mantenían a una distancia prudencial.
—Tardamos una semana en expulsar de aquí a la guarnición de impi —dijo Themba mientras reanudábamos la marcha. Me condujo de vuelta al edificio que los rebeldes habían defendido de los no muertos—.
Los rebeldes nos rodeaban mientras caminábamos, pero no me dio la impresión de que pretendieran capturarme. Themba probablemente había llegado a la muy lógica conclusión de que no tenía muchas otras cosas que hacer en una ciudad bombardeada a aquellas horas de la noche.
—¿Y qué pasó después? —pregunté mientras examinaba los edificios en ruinas que rodeaban la plaza. No sabía si aquello había sido un parque, un cruce o un patio de armas. Todo se había convertido en barro ensangrentado y cadáveres. ¿Cuántos de aquellos destrozos había causado yo?
Themba apretó los dientes. Era la primera vez que no sonreía.
—A los impi no les gustó perder la ciudad. Así que se aseguraron de que nosotros tampoco pudiéramos tenerla. La bombardearon día y noche...
Sonaron a lo lejos un silbido y una explosión. Parecía que aún seguían haciéndolo.
—Pero es una ciudad grande —continuó Themba—. Seguimos luchando y los atrajimos a combates callejeros. Allí los vencimos.
—Esta no es su tierra —dijo otro rebelde—. Ellos no luchan por sus hogares. Nosotros sí.
Themba asintió, orgulloso de que sus hombres se hicieran eco de su retórica.
—Conocemos esta ciudad. Muchos de mis hombres crecieron por aquí. Nos bombardean con su artillería, pero no tardamos en localizar las posiciones y acabar con ellas. Nuestro único obstáculo han sido sus magos.
—He oído que Hope City iba a enviar apoyo mágico.
Themba dejó de caminar. Sus hombres se detuvieron en seco, nerviosos. Se pasó una mano por el corto cabello negro.
—¿Cómo...? ¿Cómo sabes eso?
—¿En serio? —pregunté, sorprendida de que siquiera tuviera que preguntarlo—.
Ha habido varias insurrecciones fallidas en el Transkei.
Aunque todo el mundo sabe que Hope City y Goldfield siempre enviaban apoyo material, no prestaban apoyo mágico.
Pero ahora que los vampiros de Hope City han dejado a Izingane Zegazi maniatada, existe una oportunidad para que los magos de la CDF se enfrenten de igual a igual con los impi. ¡No es ningún secreto!
Parecía que ya no estaba tan cohibida.
Themba me miró horrorizado. Como si hubiera desvelado toda su operación. La verdad era que no sabía que hubiera nada que ocultar. No era ningún secreto que Hope City quería un Transkei independiente. Sería una barrera estupenda contra el Imperio.
—Si aún necesitas que te convenza —añadí, señalando a dos de los rebeldes—, esos dos son magos de la CDF.
Ambos magos dieron un respingo. No necesitaba más confirmación.
Me planté las manos en las caderas y sonreí, satisfecha conmigo misma.
Themba se me quedó mirando y después rompió a reír.
—¿Cómo lo sabes?
—No tienen sangre encima —dije—. Eso significa que no estaban en primera línea. Pero tampoco llevan fusiles. Con una pistola o un subfusil estarían en el frente. En esta carnicería, eso implica recibir al menos alguna salpicadura.
—Podrían ser personal de apoyo. Trabajar entre bastidores.
—Aunque fingiéramos que te sobran hombres para ocuparse de tareas entre bastidores, también está su forma de andar.
Todos los demás caminan como tú o como yo.
Como gente que no pertenece al ejército.
Civiles con armas. Pero estos tipos marchan.
Y no de cualquier manera. Marchan como en la Academia de Magos de Guerra. Y aquí viene la prueba definitiva...
Hice una pausa para darle énfasis.
—Llevan capucha. No hay una sola nube en el cielo y llevan cogullas con capucha. Solo una profesión hace eso: los magos. Ergo, son magos de la CDF que respaldan la gloriosa liberación del Transkei.
Hice una reverencia, imaginando los aplausos.
Los magos de la CDF parecían cachorros a los que hubieran sorprendido mordisqueando la alfombra. Themba parecía no saber si debía enfadarse, desconcertarse, decepcionarse o divertirse.
—Ahora sé por qué Kat te tiene en tan alta estima. Bueno, por eso y por la devastación.
Sentí de pronto un frío intenso, pero Themba no parecía juzgarme. Si acaso, estaba sinceramente impresionado. Ni rastro de repugnancia.
Llegamos al reducto de los rebeldes. No se veía ninguna luz y tuvimos que orientarnos gracias a la tenue claridad del cielo estrellado y de los incendios circundantes.
Cuando nos acercamos, se abrió la puerta de uno de los edificios menos destruidos y entramos deprisa.
—¿Informe? —le preguntó Themba al rebelde apostado en la puerta. Habló en inglés, lo que sorprendió al guardia. Estaba claro que lo había hecho por mí.
—Hemos eliminado a seis dotaciones de artillería en torno a la periferia de la ciudad. Cuando cayeron los Elegidos, los impi se dieron a la fuga. Tenemos escuadrones acabando con los últimos focos de resistencia en la Plaza Roja.
—¿Bajas? —preguntó Themba con severidad.
El guardia apartó la mirada. Respondió en Xhosa. A Themba no le gustó lo que dijo. Se volvió para adentrarse en el edificio, pero el guardia lo detuvo.
—Hemos atrapado a uno de ellos —dijo—. Un igqwirha lokufa . Vestía todo de negro. Lo tenemos al fondo.
Themba pareció sorprendido y después se volvió hacia mí.
—¿Nigromante? —preguntó, como si buscara mi confirmación.
—Podría serlo.
Aunque también podía ser simplemente un gótico.
Themba agradeció al rebelde con un gesto, indicó a sus hombres que se dispersaran y después se volvió hacia mí.
—¿Nos ayudarás a interrogar a este hombre? Tus conocimientos sobre los arcanos oscuros podrían sernos útiles.
—Por supuesto.
No me importaba en absoluto. También era una oportunidad para formular mis propias preguntas.
Seguí a Themba por las ruinas. Habían usado chatarra y madera de muebles rotos para tapar los agujeros de las paredes.
La iluminación se mantenía al mínimo pese a que todos los huecos estaban sellados.
Vi a un rebelde con un ojo vendado, desplomado contra una pared y leyendo a la luz de una vela un viejo ejemplar de Don Quijote .
Cuando nos acercamos a la habitación del fondo, empecé a oír gritos.
Tres hombres vociferaban, alternando entre Xhosa, zulú e inglés.
Por lo poco que entendí, formulaban las preguntas mundanas de rigor: movimientos de tropas, ubicación de alijos, posiciones de artillería y horarios de los ataques.
No oí ninguna respuesta.