La Última Luz (Serie Kat Drummond 15) 6. Chapter 6
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6. Chapter 6

Efectivos

***KAT***

Apoyé la frente contra el cristal de la ventana de mi despacho mientras contemplaba el antiguo recinto de los licántropos. La iglesia estaba siendo reconvertida en un verdadero salón de bodas. En el exterior habían colocado un cartel con el nombre Bodas de Licántropos y Hechicería.

No pude evitar sonreír. Trudie, su manada y mi familia ya se habían instalado.

Mandy había hecho una pausa en sus estudios sobre los elfos para recopilar parte de las investigaciones que Miriam había dejado incompletas.

Se lo agradecía. No me parecía bien dejar algo así sin terminar.

Y no conocía a ninguna erudita tan capacitada como mi tía.

Solo esperaba que lo terminase antes de reparar en todas las criaturas feéricas que curioseaban por la finca. Los licántropos les parecían interesantes. Pranish ya había comentado que las dríades estaban jugando con los gemelos.

Todo estaba saliendo bien. Y, una vez que el Espíritu de la Ley legitimase los derechos de los licántropos, estarían a salvo.

Podrían ser felices. Seguía sin estar claro que la enmienda fuese a aprobarse, pero tenía que creer que era posible.

Que mis amigos estarían por fin a salvo. Bueno, más a salvo.

—¿Quizá Gareth permita que su manada se una a los Cruzados cuando se apruebe la enmienda? —sugirió Treth, como si me hubiese leído el pensamiento. Estaba convencida de que ya podía hacerlo, aunque él no fuese consciente.

Me encogí de hombros.

—Gareth tiene miedo. Y con razón. Pero quizá Trudie pueda convencerlo para que permita que algunos de los lobos grandes salgan de caza. Dice que cazar es terapéutico para la bestia.

Treth sonrió de oreja a oreja.

—Eso lo sabemos muy bien.

Sonreí con tristeza. Desde luego que sí.

En cualquier caso, aquello no resolvía nuestro problema actual. Teníamos demasiado pocos hombres o lobos para ocuparnos siquiera de la mitad del territorio que protegíamos antes.

Suspiré y me volví hacia Conrad, que había estado hojeando unos documentos mientras yo me entregaba a mis lúgubres pensamientos.

—¿Has terminado? —pregunté. Afirmaba que se le habían caído los expedientes y se habían desordenado. Yo sospechaba que, para empezar, no los había archivado bien.

Asintió y me dedicó aquella sonrisa de timador, demasiado blanca.

Conrad era la viva imagen de un vendedor de coches usados.

Ya sabéis a qué tipo me refiero. Pero detrás de aquella fachada había un ángel de verdad.

Bueno, uno que había perdido sus poderes.

Seguía sin saber exactamente cómo había ocurrido.

—Entonces, ¿tenemos una solución para la falta de efectivos? —pregunté.

La sonrisa de Conrad se desvaneció, reemplazada por un ceño fruncido que llegó incluso a resquebrajar su fachada de granuja, habitualmente impenetrable.

—Me puse en contacto con seis de las principales cadenas, doce periódicos nacionales y dos docenas de periódicos locales para que publicasen la nueva campaña de reclutamiento.

—¿Y?

Conrad negó con la cabeza.

—Nos han dado la espalda. Todos y cada uno de ellos.

Nadie quiere publicarla. Incluso intenté poner un anuncio en HopeBook y Monster Slayer, y retiraron los anuncios por incitación a la violencia.

¡En MonsterSlayer, nada menos! ¡Y no me hagas hablar de HopeBook!

He visto a gente llamar abiertamente a la revolución allí sin que les cayese siquiera una suspensión de una semana...

—¿Sabes por qué? —pregunté, interrumpiendo su perorata. Sospechaba que ya conocía la respuesta.

—El Consejo, imagino. Ahora mismo, Haggenort tiene a los medios cogidos por los huevos entre las fauces de un dragón. No creo que consigamos publicar nada hasta después de la vista, como mínimo.

Me mordí el labio mientras tomaba asiento y jugueteaba con la tela de mis vaqueros.

—Falta demasiado para eso. Necesitamos reclutas.

—Lo sé, Kat. Pero no podemos hacer mucho más. ¡Al menos sigue apareciendo algún que otro voluntario!

Antes recibíamos docenas cada día, o incluso cada hora. Ahora no eran más que un goteo de mercenarios independientes en busca de un sitio donde dormir y munición gratis.

Suspiré.

—¿Cómo lo hacíais vosotros? —pregunté—. Os metíais en líos mucho peores que nosotros. Hicisteis volar una manzana entera, ¿no?

—¡Tom hizo volar una manzana entera! —me corrigió Conrad—. Y Brick lo hizo necesario cuando decidió que sería buena idea forcejear con un dios demoníaco en Claremont.

—¿Y cómo se tomó todo aquello el Consejo? ¿Al menos os dio un tirón de orejas?

Conrad se reclinó en su asiento, abandonando los expedientes que tanto se había esforzado en fingir que ordenaba.

—Eran otros tiempos, Kat. La sociedad aún se estaba recuperando del Cataclismo.

El Consejo se parecía más al alguacil de un pueblo, ante quien te disculpabas después de actuar en vez de pedir permiso de antemano.

Eran los días del apocalipsis. Una época de héroes.

La gente estaba dispuesta a mirar hacia otro lado cuando te saltabas las normas si con ello lograbas decapitar al monstruo.

Suspiró.

—Pero eso se ha acabado. Esto es el post-post-apocalipsis, pequeña. La época de los héroes ha sido reemplazada por la era de los organismos oficiales. Y pronto, si nuestro glorioso presidente se sale con la suya, llegará la era de las fuerzas del orden.

—Al menos hay algo bueno en todo esto —repliqué—. Si vivimos en el post-post-apocalipsis, significa que el apocalipsis ya ha sucedido. No tenemos que preocuparnos tanto.

Conrad se rio.

—Oh, el apocalipsis no ocurre una sola vez. A lo largo de la historia se han destruido mundos en incontables ocasiones. Una y otra vez. Todo termina.

Era un mensaje sombrío. Demasiado sombrío para la expresión de Conrad. Se inclinó hacia delante al percibir mi desazón. Tenía el semblante serio. Un raro arrebato de sinceridad tanto en sus palabras como en su rostro.

—Todo termina —repitió—. Pero no solo lo bueno. Lo malo también se acaba. Siempre hay una luz al final del túnel más oscuro. Y nunca hay una Última Luz.

Sonrió, recuperando su habitual jovialidad.

—Bueno, salvo tú.

Se levantó y recogió su inútil papeleo.

—Gracias, Conrad —dije.

—Cuando quieras, Kat. —Se volvió para marcharse, pero se detuvo—. Resolveremos esto. Hemos pasado por cosas peores.

Me despedí con la mano mientras se marchaba. Sus últimas palabras no me consolaron demasiado.

Me volví de nuevo hacia la ventana, desde donde se veían la iglesia y el lugar donde antes se alzaba el Guardián de la Tumba. Habían despejado los escombros y colocado un cartel de Se vende en el terreno vacío.

Efectivos.

Necesitábamos cazadores. Guerreros. Personas dispuestas a enfrentarse al mal de aquella ciudad. Y, lo que era más importante, al mal que se avecinaba.

Sabía que, aunque era mi lucha, no podía librarla sola.

—Ojalá pudiera enviaros ahí fuera —le dije a Treth—. ¿Cuántos miembros tiene ya el Ejército de la Vasija? Podría solucionar nuestra escasez así de fácil.

Chasqueé los dedos para enfatizar mis palabras, pero después dejé caer los brazos inertes.

—Pero, aunque pudieran hacerlo, yo no lo permitiría.

—¿Por qué? —preguntó Treth.

—Bueno, se parece un poco a la esclavitud, ¿no? No puedo limitarme a enviar espíritus inmortales a cazar monstruos. No está bien. Merecen descansar.

Treth pareció desconcertado.

—No somos esclavos. Todos y cada uno de nosotros queremos servirte. Luchar a tu lado.

—¿Pero y si eso no está bien? ¿Y si os estoy negando a ti y a todos los demás el descanso que merecéis? Algo más. ¿Y si el Vasija es una prisión? ¿Y si... y si estoy encarcelando precisamente a las personas que tanto amo?

—Kat... —suplicó Treth, materializándose frente a mí. Apoyó su mano fantasmal en mi mejilla. La cogí entre las mías, incapaz de sentir nada.

—Formamos parte de ti. Queremos ayudarte.

—¿Pero y si hay algo más que os estoy negando a todos?

Treth apartó la mirada.

—Yo... No sé si existe una vida después de la muerte, Kat. Pese a todo mi fanatismo y mi fe en que la Dama me llevaría hasta la Costa Sagrada, no sé adónde habría ido si hubiese muerto en mi cama. Tampoco ayuda haber conocido a la Dama. Que pareciese tan normal.

—Lo siento —susurré.

Él sonrió con melancolía.

—No lo sientas. Mi antigua fe murió de verdad cuando mi hermano acabó conmigo. Tú la reconstruiste después. Creo en algo, Kat. Creo en ti. Y sé que, si pudiera elegir entre el Vasija, la Costa Sagrada o cualquier otro reino divino del Entremedio, siempre elegiría el lugar a tu lado.

Sentí que su mano apretaba la mía. Solo un poco. Sonreí al notar que los ojos se me humedecían.

—Gracias, Treth.

Aquello no resolvía nuestro problema. El Ejército de la Vasija seguía sin poder manifestarse demasiado lejos de mí. Pero me ayudaba a sentirme menos culpable por tener a Treth a mi lado.

Aun así, jamás los explotaría. Nunca. Había luchas que solo me correspondían a mí.

Bostecé mientras me desperezaba.

—Hora de volver a casa —dije—. Alex me echa de menos.

—Alex es un gato —explicó Treth—. Los gatos no echan de menos a nadie.

—Alex echa de menos a Duer constantemente.

—Los Pixies no son personas.

—Una lógica irrefutable.

Hice una última inspección del CG y después me marché, regresando en moto a mi pequeño apartamento. El que compartía con Brett. El único lugar que necesitaba. ¡Mejor que cualquier mansión!

—¿Qué hay para cenar? —preguntó Treth.

—¿Quieres volver a fingir que eres crítico gastronómico? —pregunté mientras aparcaba la moto y pulsaba el botón del ascensor, que ya habían arreglado.

Treth hinchó las mejillas, fingiendo sentirse ofendido.

—¡Soy muy buen crítico gastronómico imaginario, muchas gracias!

—¡Eso es verdad! Y Brett va a cocinar. ¡Las ventajas de tener un novio al que le tocaba servir en la cocina cuando estaba en el Cuerpo!

—¿Lo ves? Formar parte de un escuadrón de la muerte tiene sus ventajas.

—Ja, ja. Cuando por fin consigas volverte del todo corpóreo, podrás probar a cocinarme algo.

Treth sonrió de oreja a oreja.

—¡Te prepararé mi famoso estofado de gwokgwok!

—No creo que tengamos...

Dejé la frase sin terminar cuando tendí la mano hacia la puerta de mi apartamento.

Un escalofrío helado me recorrió la espalda. Treth se quedó inmóvil. Él también lo había sentido. Desenvainó Ithalen y la dejó caer en mi mano. La agarré y solté las llaves.

Derribé la puerta de una patada más rápido de lo que jamás habría podido abrirla con la llave. Y me encontré cara a cara con el hombre que había matado a mis padres.

—Hola, Kat —ronroneó el Mentor, con un Alex que bufaba sentado sobre su regazo—. ¿Estás preparada para empezar?