5. Chapter 5 #3
Cien ideas y planes me cruzaron la mente, pero todos se truncaron cuando los primeros gritos respondieron al coro de no muertos. Los disparos iluminaron la posición rebelde mientras estos abrían fuego, impotentes, contra la horda incesante.
No sobrevivirían. No podían. Hacía falta una enorme potencia de fuego para abatir zombis. Kat era la única persona que conocía capaz de enfrentarse de manera factible a tantos cadáveres andantes.
Salvo… quizá yo.
Negué con la cabeza. Aquella no era mi guerra. No podía librarla por ellos. Ni siquiera para defenderlos. Ni siquiera para evitarles el horror de ser devorados vivos.
Sentí que una voz penetraba en mi mente. Me dispuse a ignorarla hasta que comprendí que no sonaba igual que la Oscuridad.
Sabes lo que les harán. Nadie merece eso.
Yo ya había desatado mi horda contra muchos otros. Se lo había hecho a quienes no lo merecían. Una y otra vez.
Pero puedes impedir que otros hagan lo mismo. Puedes enmendar tus errores.
Nunca podré devolverlos a la vida.
Puedes detener la muerte.
—¡¿Cómo?! —grité en voz alta.
La voz de la Oscuridad regresó.
Destrúyelos. Destrúyelos. Mátalos a todos.
—No…
Sálvalos.
—No puedo usar mi magia… —supliqué.
Sí puedes —susurró la Oscuridad.
Sí puedes —repitió la luz.
—Es magia oscura. Me corromperá. ¡Es malvada!
¡Es tu poder!
Los salvará.
Moví los ojos de un lado a otro mientras las voces guerreaban dentro de mi cabeza; ambas me empujaban, me obligaban, me aplastaban hacia abajo, abajo, abajo…
—¡Parad!
Silencio.
Y después, gritos.
Me volví y bajé las escaleras a toda velocidad, con mi chaqueta negra ondeando como las capas negras que había llevado cuando era archimaga.
El poder era una herramienta. Un medio para alcanzar un fin. Y era mi poder.
No de las voces. No del Mentor. ¡Mío!
Y si no podía utilizarlo para salvar a la gente, ¿de qué servía?
Abrí de un empujón las puertas principales de la iglesia y me recibieron los rostros estupefactos de un escuadrón de impi armados con fusiles.
Me apuntaron con sus armas mientras yo pronunciaba una sola palabra.
La piel de sus rostros hirvió y después estalló.
Los que no murieron al instante gritaron mientras se arañaban los cráneos ensangrentados.
¡Destruye!
Tenía que poner fin a aquella batalla. De la única manera que conocía. Quizá acabar con el apocalipsis mereciera cualquier precio.
Sálvalos a todos .
Me lancé a la carrera hacia la negrura impenetrable, con los gritos a mi espalda y los disparos frente a mí.
Un aberrante, con acero injertado en el pecho y las manos sustituidas por puntas de assegai, volvió hacia mí su grotesca cabeza.
Los Elegidos de Shaka eran un ejército de no muertos compuesto por veteranos impi fallecidos.
Al parecer, era un honor. No creía que la familia se sintiera muy honrada al ver a su hijo convertido en aquella monstruosidad.
Rugió mientras se abalanzaba sobre mí.
Con un murmullo corrosivo, lancé unos zarcillos oscuros que estrellaron a la criatura contra una pared destrozada. Unas púas le atravesaron las extremidades mientras yo sacaba una daga.
—Cuéntame tus secretos —susurré mientras hundía la daga en las tripas del no muerto, que intentaba morderme en vano.
Los intestinos de aquella criatura me revelaron muchas cosas sobre ella. Su sangre negra estaba impregnada de información. Le estrujé la carne y le tanteé los órganos hasta sintonizar con las fuerzas que hacían caminar a los muertos.
Un susurro en el aire. Grafscripp. Gutural, corrosivo, frío y grotesco.
Hermoso . Poderoso.
Necesario.
Dejé al aberrante clavado a la pared y seguí corriendo, ya sin sentir el cansancio en las piernas.
Oía las palabras de poder en el aire. Percibía cómo impregnaban la sangre de los no muertos. Una firma mágica. Un código.
Un código que yo podía descifrar.
Me agaché por instinto cuando las balas silbaron junto a mi cabeza. Liberé una descarga de magia oscura que hizo que los órganos de un impi lo devoraran desde dentro.
Su código era sencillo. Carente de elegancia. Una cábala dominaba aquella horda. Necesitaban que el guion fuera accesible incluso para su miembro más débil.
Vi a los rebeldes resistiendo contra una horda insondable que trepaba por una montaña interminable de cadáveres en busca de carne.
Sálvalos —dijo la luz.
Destrúyelos —añadió la Oscuridad.
Me detuve, vacilante. Sabía lo que habría dicho Kat: «Nunca vaciles. Vacilar es morir».
Los aberrantes estaban arrollando la posición rebelde. Uno que llevaba un hacha fusionada con la carne ya había superado la barricada y decapitado a un fusilero.
Pero las voces del viento procedían de otro lugar. De un punto más profundo de la Oscuridad.
Podía descifrar su código. Podía arrebatarles aquella horda entera. Solo tenía que penetrar en la mente de uno de los nigromantes y extraer las palabras que necesitaba.
Pero, para cuando terminara, ¿quedaría alguien a quien salvar?
Domina . Salva. Destruye. Cura.
Kat sabría qué hacer.
Siempre sabía qué hacer.
Tal vez hubiera llegado el momento de hacer lo mismo que ella.
Me volví hacia la plaza, atestada de cadáveres, y empecé a recitar. Unos círculos mágicos sombríos y ondulantes se formaron a mi alrededor mientras corría. La Oscuridad envolvió mis manos.
No recordaba aquellos hechizos. Los había creído perdidos. Olvidados. Pero la Oscuridad recordaba. Nunca soltaba nada.
Un zombi se volvió en el último instante cuando le disparé una descarga de energía sombría.
Su carne putrefacta burbujeó y reventó. Antes de que sus compañeros pudieran reaccionar, abrí las manos en abanico y lancé discos de sombra que partieron a las criaturas por la mitad.
Los no muertos, al comprender que yo suponía una amenaza mucho mayor, se volvieron hacia mí y cargaron.
Y yo sonreí. Esbocé una sonrisa burlona mientras entonaba mi magia oscura y sentía cómo el ácido de mis labios se convertía en ambrosía. Reí mientras la sangre negra me manchaba la piel y la ropa. Ni una sola garra, arma o puño putrefacto llegó a tocarme.
¿Era así como se sentía Kat? La danza de la muerte. ¿Por qué no la había bailado antes? Estar en plena acción, enfrentarse a la muerte cara a cara. ¡Era estimulante!
Acudieron más y más no muertos, pintando el suelo con sus vísceras mientras yo los desgarraba con todos los hechizos de corrupción que conocía. Sentía que mi alma se oscurecía con cada sílaba, y no me importaba.
Pero no bastaba. No bastaba con destruir. Tenía que dominar. Demostrar que era más poderosa. Que era suprema. Que podía hacerlo todo.
No necesitaba arrancarle la lengua a un nigromante novato. Solo tenía que descifrar su código. Convertir su melodía en la mía.
Y, por suerte para mí, ya habían transformado la línea wey en algo propicio para mis fines.
Los no muertos no daban tregua, ni siquiera mientras yo sopesaba cómo apoderarme de sus mentes. Uno se lanzó hacia delante y esquivó por muy poco mi brazo cuando le hice estallar la cabeza.
Aquello no servía. ¡En absoluto! Necesitaba espacio.
Destripé con la daga a un zombi que cargaba contra mí, saqué el arma a toda prisa e hice una pirueta para esparcir la sangre en círculo a mi alrededor. Un zombi me derribó, y yo se lo permití mientras murmuraba una maldición de precisión para paralizarlo.