Capítulo decimoquinto — Mil doscientas #3
Cerró la taquilla. Cerró la libreta. Se guardó el bolígrafo. Y salió del vestuario con la manguera al hombro, a regar el hielo de la última noche, como había regado todos los hielos de todas las noches, mientras en la grada las últimas familias buscaban las chaquetas.
Tata esperó al final de la fila de los suyos para las felicitaciones.
Y cuando el equipo campeón desfiló, él fue el primero en parar a Niko.
Se dijeron algo largo, al oído, tapándose la boca con las manos como se hablan los que saben que las cámaras miran.
Después se abrazaron. La grada aplaudió otra vez.
La casa quiere a los que se van. Y a los que se quedan, aprendí aquella noche, les da noches como aquella.
No miré el reloj ni una vez.
Lo digo así, solo, porque es mi medalla.
Desde las seis de la tarde hasta la una de la mañana, siete horas, yo no supe qué hora era.
Ni una mirada a la muñeca, ni al móvil, ni al reloj del marcador excepto el del partido.
La mujer de las ETA, la de las ventanas de muelle, la de los partes a las cinco y media, estuvo siete horas fuera de horario y no echó de menos el horario en ningún momento.
Hay turnos que no se fichan. Aquella noche fue el mío.
La salida fue un lento deshielo. Nadie quería irse.
La gente cantaba en la explanada, los jugadores salían a la puerta a aplaudir, los niños dormían en hombros de sus padres con las bufandas de manta.
Eugenia publicó a la una la crónica de Gonzalo Feijóo, el periodista que una vez persiguió al club con un cuchillo y que aquella noche escribió el artículo de su vida. El titular eran dos palabras:
«La casa llena.»
Lo leí en el móvil de Yessi, en la explanada, con la gente cantando alrededor.
Feijóo escribía bien, había que reconocérselo: escribía que había edificios que tardaban años en convertirse en casas, y que aquella nave de un polígono se había convertido en casa exactamente a las diez y cincuenta y dos de la noche del treinta y uno de marzo, con un pase de sesenta metros y mil doscientas personas gritando dentro.
Y que él, que había escrito sobre hockey veinte años, nunca había visto una asistencia de portero ganar una final.
«Que la guarden», acababa. «Que la enmarquen.
Que le digan al chico finlandés que eligió bien: las casas solo se llenan una vez, y él estaba dentro. »
Se lo enseñé a Yessi. Yessi se secó los ojos por décima vez y dijo: «Este hombre escribía maldades sobre el club el año pasado, ¿no?» «El año pasado no había de qué escribir bien», dije. «Este año sí.»
Yessi me dejó en casa a la una y media. En el coche, en silencio las dos, agotadas de felicidad. Al bajar, me dijo:
—Mañana hablamos. De ti. Ya sin excusas y sin partidos que me salven.
—Mañana —dije—. Te lo cuento todo. Todo.
—Por fin —dijo, y se fue, y la calle se quedó en paz.
Entré en casa. La luz amarilla encendida. La pizarra con su puerta dibujada en la casilla del día. Arriba, todavía no había nadie: el equipo celebraba en la pista, con la copa y las cervezas del patrocinador y las canciones de Brett.
Me duché. Me puse la camiseta de dormir. Y a las dos y media, cuando la llave sonó abajo y los pasos subieron —tercer peldaño, séptimo peldaño, la melodía de siempre— yo ya estaba esperando en la puerta del desván, apoyada en el marco.
Mientras esperaba, hice una cosa que llevaba dos meses posponiendo: miré mi pizarra de arriba, la pequeña, la de mi cuarto, la de los turnos.
La semana venía escrita: lunes, turno de mañana.
Martes, turno de mañana. Miércoles, libre.
Todas las casillas en orden. Y en la casilla del domingo, la del día siguiente, escribí algo que nunca había escrito en una pizarra mía: «Sin planes. No tocar.»
Una casilla vacía, protegida. Mi primer turno sin destino.
Le puse un círculo alrededor, y al mirarlo entendí que aquello era lo que Lourdes había querido decirme en el vestuario: que las normas no escritas también se podían reescribir.
Que «yo controlo» podía convertirse, algún domingo de abril, en «yo descanso con alguien».
Él subió con la medalla de campeón colgando del cuello y los ojos brillantes del que ha visto demasiadas cosas en un día. Me vio. Se detuvo en el último escalón.
—Campeón —dije.
—Llegada estimada —dijo él—. Cumplida.
Sonreímos. Afuera, Valdemoro dormía. Dentro, la temporada entera hacía las maletas.
Él dejó la bolsa en el suelo, y la medalla encima de la mesa —mirando hacia fuera, esta vez, hacia la habitación— y me cogió la cara con las dos manos, las manos de portero, las manos que aquella noche habían construido un gol de sesenta metros.
—La verdad —dijo—. La de la pizarra. ¿Ahora?
—Ahora no —dije—. Ahora esto. La verdad mañana. Es una verdad que aguanta unas horas, y esta noche no se la regalo a nadie más que a ti.
Él me miró como miraba los tiros. Asintió.
—Entonces que conste —dijo—. Hoy no he mirado el reloj ni una vez.
—Esa frase es mía —dije.
—La aprendí bien —dijo—. De una profesora estricta.
Y la puerta del desván se cerró.