Epílogo
La pared
La noche más larga del año la pasaron en el castillo, junto al fuego, sin hacer nada de particular.
Eilidh se dio cuenta a media tarde, cuando empezó a caer pronto la oscuridad de diciembre, de qué noche era.
El solsticio. La noche que, durante doscientos años, había significado muerte en aquella casa: la noche en que se llevaban a las hijas, la noche que abría su vigésimo cuarto invierno, la noche en que un año atrás, exactamente, ella misma había estado en el fondo de un lago negro a punto de morir.
Lo pensó, y esperó sentir algo —miedo viejo, un escalofrío, el peso de la fecha—, y no sintió nada.
Era solo una noche de invierno. La más larga, sí.
Pero solo una noche, fría y tranquila, con la nieve cayendo despacio contra los cristales y el fuego encendido y Cailean leyendo en voz alta en el sillón de al lado, y ella con los pies recogidos bajo la falda y un perro dormido encima de las botas.
Aquello era lo que habían ganado. No grandes cosas.
Esto: el lujo inmenso, impensable para las siete que la precedieron, de que el solsticio fuera una noche cualquiera.
De aburrirse un poco. De tener sueño temprano.
De que la fecha que había matado a toda su sangre no significara, para ella, absolutamente nada.
Antes de subir a acostarse, Eilidh cogió una vela y fue a la galería.
* * *
Iba allí de vez en cuando, ahora que ya no le daba miedo.
La galería de los retratos, el corredor frío con su hilera de mujeres muertas jóvenes: las seis hijas de la casa cuyos rostros habían sobrevivido, pintadas todas con la misma cara seria de quien ya sabía lo que le esperaba, y debajo de cada una su nombre y sus dos fechas, las dos cerradas, la del nacimiento y la de la muerte a los veintitrés.
Y al final de la hilera, donde un año antes había un marco vacío con su nombre grabado y un guion abierto esperando la fecha de su muerte, colgaba ahora un cuadro nuevo.
Lo habían encargado en primavera, después de la boda.
Era el retrato de Eilidh el día que se casó: de pie, a la luz, con el vestido claro, viva.
No la cara seria y resignada de las otras seis; una cara que miraba de frente, sin miedo, casi con una sonrisa empezada.
Debajo, en la placa, su nombre, Eilidh Dunmore , y luego, en vez de dos fechas cerradas, una sola, y el guion abierto detrás: 1828 –.
El mismo guion que durante toda su vida había sido una cuenta atrás, una boca esperando tragarse la fecha de su muerte.
Solo que ahora el guion no esperaba ninguna muerte.
Seguía abierto porque ella seguía viva. Era el único retrato de toda la galería cuyas fechas no estaban cerradas, el único debajo del cual no había una segunda cifra, porque era la única de todas aquellas mujeres que no había muerto joven, la única que seguía aquí para ir rellenando ese guion día tras día, año tras año, durante mucho, mucho tiempo.
La primera hija de Dunmore que colgaba de aquella pared estando viva.
Eilidh se quedó un rato delante de su propio retrato, a la luz de la vela, mirándolo entre los seis rostros muertos de las que no llegaron.
Y no sintió ni vanidad ni triunfo. Sintió, sobre todo, una pena serena por ellas, por Mórag y por Iseabail y por Floraidh y por su madre y por todas, que habían tenido la misma cara que ella y no habían tenido su suerte, que habían colgado en aquella pared con las dos fechas cerradas porque nadie, en doscientos años, había roto el silencio a tiempo de salvarlas.
—Lo siento —les dijo en voz baja, a las seis—. Llegué tarde para vosotras. Pero ya no habrá más. Os lo prometo. Ninguna más.
Y se llevó, sin querer, la mano libre al vientre.
* * *
Porque había una cosa más, la última, la que lo cambiaba todo, y de la que solo Cailean sabía todavía.
Estaba embarazada. De pocos meses, lo justo para empezar a notarlo, lo justo para que fuera ya seguro.
Un hijo concebido después de la boda, en libertad, sin plazo, sin cordón, sin maldición; un hijo que venía porque ellos dos habían querido que viniera, a una casa con las chimeneas encendidas y un jardín que volvía a dar flores blancas.
La estirpe de Dunmore, que durante doscientos años solo había sabido continuar para entregar a una hija cada generación al agua, continuaba ahora por primera vez por la única razón por la que una estirpe debería continuar: porque dos personas que se querían habían decidido, libremente, tener un hijo y darle una vida.
Eilidh no podía saber aún si era niño o niña; había perdido la videncia que quizá se lo habría dicho, y se alegraba de no saberlo, de tener que esperar como esperan todas las madres del mundo.
Pero por las noches, con la mano en el vientre, se descubría pensando que ojalá fuera niña.
Una hija. Porque si era niña, ya sabía cómo se iba a llamar.
Se iba a llamar Eithne.
El nombre que habían borrado. El nombre que habían arrancado de los retratos y de las actas y de las bocas durante doscientos años, el nombre de la mujer asesinada por decir la verdad, encinta ella también cuando la mataron, a la que no dejaron ni tener a su hija ni tener su tumba.
Ese nombre, el más maldito y el más callado de toda la historia de la casa, Eilidh pensaba ponérselo a una niña sana y libre y querida, para que lo llevara por el mundo a plena luz, para que una Eithne Dunmore creciera por fin, y se hiciera mayor, y viviera una vida entera, y muriera vieja en su cama dentro de noventa años, rodeada de los suyos.
La hija que la primera Eithne no pudo tener.
La vida que le robaron, devuelta dos siglos después, con su nombre limpio.
Era lo más cerca que Eilidh podía estar ya nunca de decirle a la mujer del agua, a la que no volvería a ver jamás: te oí. Te di tu nombre. Y mira lo que voy a hacer con él.
* * *
Subió a acostarse cuando la vela ya goteaba.
Por el camino, desde la ventana del rellano, miró un momento hacia fuera, hacia lo oscuro, hacia las dos cosas que se sabía de memoria aunque la noche no las dejara ver.
Abajo, al pie de la casa, el jardín amurallado, donde bajo la nieve dormían los bulbos despiertos y el rosal que ya solo daba blanco, esperando la primavera para reventar otra vez en verde y en flor.
Y más allá, en la hondonada, el lago. El lago negro de Dunmore, que durante doscientos años había estado vivo y hambriento y al acecho, y que llevaba un año entero, desde aquella noche, quieto.
Liso. Saciado de una vez para siempre, no porque se le hubiera dado una última muerte, sino porque se le había quitado la mentira que lo hacía matar.
El jardín vivo. El lago en paz. Y dentro de ella, donde toda la vida habían susurrado los muertos, un silencio limpio y definitivo, la habitación vacía de quien ya no oye a nadie del otro lado, porque pagó ese don por una vida y volvería a pagarlo mil veces.
Los muertos estaban callados. Pero callados de descanso, no de olvido.
Tenían su nombre. Tenían su tumba. Tenían, por fin, la verdad dicha a la luz, tallada en piedra, escrita en el registro, donde nadie podría volver a enterrarla.
Eithne, los treinta y dos del valle, las seis hijas de la pared, su madre: todos nombrados, todos dichos, todos sacados del fondo del agua y del silencio a la luz del día.
Eilidh entró en el cuarto donde Cailean ya la esperaba, vivo, entero, suyo, y antes de apagar la vela echó la última cuenta de su vida, la única que de verdad importaba, y le salió, como cada noche, a favor.
Doscientos años, aquella casa había guardado un secreto en el fondo de un lago, y para guardarlo había matado a sus hijas una tras otra en silencio.
Hizo falta que una de ellas, la octava, en vez de bajar callada al agua, gritara un nombre en voz alta.
Y entonces el secreto subió a la superficie, y los muertos recuperaron su nombre, y los vivos quedaron libres.
Eilidh apagó la vela.
Fuera, el lago siguió quieto, y la noche más larga del año pasó, sin llevarse a nadie, hacia la mañana.
Fin