La última hija de Dunmore Capítulo 34
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Capítulo 34

Abrieron la fosa del valle en enero, en cuanto el suelo dejó de estar helado del todo.

Eilidh estuvo allí, y Cailean, y el reverendo Sloan, y medio pueblo, en aquel fondo de valle que durante doscientos años nadie había pisado, donde no crecía la hierba como crece en los sitios donde no hay nada debajo.

Sacaron a los treinta y dos con todo el cuidado del mundo, lo que quedaba de ellos, y los pusieron en cajas, y los subieron en carros al cementerio de Kilfinnan, y los enterraron en sagrado, uno por uno, cada uno con su nombre en una piedra, los nombres que Eilidh había leído en voz alta en la iglesia.

Familias enteras del valle subieron a enterrar por fin a un bisabuelo que llevaban generaciones sin saber dónde estaba.

Fue un día largo y triste y, de un modo raro, bueno.

La clase de tristeza que cura algo en vez de pudrirlo.

Cailean firmó los papeles que devolvían la tierra esa misma semana.

El valle, la finca entera que los Sinclair habían cobrado en mil seiscientos cincuenta y uno por callar el asesinato de Eithne, dejó de ser de su familia.

Lo entregó al pueblo, a las familias de los muertos, sin condiciones, deshaciendo de un plumazo el soborno de doscientos años.

«No quiero ni una libra de esa tierra —le dijo a Eilidh la noche que lo firmó—.

Mi casa se levantó sobre un silencio. Lo menos que puedo hacer es no seguir cobrándolo.

» Y la tierra que había estado muerta y vedada empezó, también ella, a volver despacio a la vida en cuanto hubo manos que la trabajaran sin miedo.

Eilidh miraba todo aquello —la fosa abierta, los nombres en las piedras, la tierra devuelta— y sentía que la casa de la que venía, los Dunmore, se terminaba y empezaba a la vez.

Se terminaba lo que había sido: la estirpe de la mentira, la cadena de hijas ahogadas, la familia que solo sabía enterrar lo suyo en el fondo del agua.

Y empezaba otra cosa, con ella, que era la octava y la última de la fila negra, pero también la primera en doscientos años que no había muerto en ella.

La última hija de Dunmore, sí. Pero la última que vivió.

* * *

Se casaron en febrero, en la iglesia de Kilfinnan, a mediodía, con las puertas abiertas de par en par y el valle entero dentro.

Eilidh había insistido en la hora. A mediodía, con toda la luz que diera el invierno entrando por las ventanas, porque ya se habían casado una vez en la sombra y nunca más pensaba hacer nada importante a oscuras.

Aquella otra vez, la del handfasting, la del cordón antiguo atado por unas manos que temblaban, había sido en realidad un eslabón más de la cadena: un rito viejo usado como instrumento, una atadura que formaba parte de la maquinaria de la mentira, hecha de noche, bajo tormenta, con el miedo metido en el cuerpo.

La habían deshecho después, en aquel cuarto, soltando el nudo para intentar salvarse, renunciando el uno al otro creyendo que renunciar curaba.

Esta vez no había nudo que deshacer ni miedo que callar.

Esta vez Eilidh entró en la iglesia a plena luz, del brazo de nadie porque no le quedaba nadie de quien ir del brazo, y caminó ella sola hasta el altar donde la esperaba Cailean, con la cara limpia, sin una sombra de lo negro, y se casaron de verdad.

Sin cordón mágico, sin solsticio, sin plazo.

Solo dos personas vivas eligiéndose la una a la otra delante de Dios y del pueblo, libres, por gusto, para siempre.

El voto que doscientos años atrás había sido una herramienta del silencio, ellos lo rehicieron como lo que un voto debía ser: una elección dicha en alto, a la luz, sin esconderse de nadie.

Cuando Sloan los declaró marido y mujer, el valle entero —el mismo que había subido a enterrar a sus muertos en enero— aplaudió en una iglesia donde, que nadie recordara, no se había celebrado nunca una boda de los Dunmore, porque las hijas de aquella casa nunca habían llegado vivas a casarse.

Eilidh era la primera. Y mientras Cailean la besaba en el altar, a la luz del mediodía, pensó en Eithne, que había querido a un Sinclair en la sombra y había muerto por ello, y se dijo que aquel beso, en abierto, era también un poco para ella.

* * *

Y sin embargo, porque la vida no cura limpio del todo y Eilidh no pensaba mentirse sobre eso, había un sitio en ella que seguía doliendo, y que dolería, intuía, el resto de su vida.

Lo notaba sobre todo de noche, en la quietud, cuando se acostaba en Corbie Hall al lado de su marido vivo y dormido, y el mundo se quedaba en silencio.

Toda la vida había odiado la videncia. Toda la vida había rezado por que se callara, por dejar de ver a los muertos, por ser una mujer corriente.

Y ahora lo era, y el silencio que tanto había deseado estaba aquí, dentro de ella, completo, definitivo, y resultaba que ese silencio también era una pérdida.

Una habitación de ella que había estado siempre llena de voces, de presencias, de un frío que la acompañaba, se había quedado vacía. Apagada. Muda para siempre.

Echaba de menos a los muertos. Esa era la verdad rara que no le confesaba a nadie más que a sí misma.

No a todos; no a las figuras veladas ni al terror del fondo del agua.

Pero echaba de menos saber que su madre andaba cerca.

Echaba de menos a la mujer del agua a los pies de la cama, ahora que sabía quién era y por qué venía.

Eithne se le había aparecido durante meses pidiéndole una sola cosa, su nombre, y Eilidh se lo había dado, le había dado su nombre y su tumba y la verdad a la luz, y el precio de habérselo dado había sido no volver a verla nunca, no poder decirle, ahora que todo estaba hecho, lo conseguimos, descansa, ya está .

Los muertos a los que había salvado se habían callado para ella en el instante mismo de salvarlos.

Y a veces, de noche, eso le pesaba como una losa.

Pero entonces Cailean se removía en sueños y le pasaba un brazo por encima, caliente, vivo, respirando, y Eilidh abría los ojos en la oscuridad y hacía la cuenta otra vez, la única cuenta que de verdad importaba.

Él estaba vivo. Ella estaba viva. Ninguno de los dos tenía un plazo colgándole del cuello.

Tenían una casa con las chimeneas encendidas, y un valle que volvía a la vida, y un jardín que despertaba, y años por delante, muchos, ordinarios, llenos de pan y de perros y de cosas plantadas.

Tenían el después que ninguna hija de Dunmore había tenido jamás.

Y eso —se decía Eilidh en la oscuridad, abrazada a su marido, en el silencio donde antes estaban los muertos— eso valía el precio.

Valía la videncia entera y diez veces más.

Lo había pagado con lo único que era de verdad suyo, con el don con el que había nacido, y lo volvería a pagar mil veces, sin dudarlo un segundo, por esto.

Por una vida corriente al lado de este hombre.

Por el lujo enorme, impensable para las siete que la precedieron, de aburrirse una noche cualquiera de invierno, sana, a salvo, querida, y vieja algún día.

El gótico no perdona gratis. A ella le había costado los ojos del alma. Pero el trato, cuando lo miraba de noche con honestidad, lo volvería a firmar.

Cruzó aquel primer invierno como se cruza un umbral: dejando una cosa atrás para entrar en otra. Detrás quedaba la muerta que había sido, la octava marcada, la niña criada para el agua. Delante la esperaba, por primera vez en su vida y en la de su sangre, sencillamente, una vida.

Solo le quedaba vivirla.