Capítulo 16 #2
Adriana mostró después un intercambio ocurrido cuatro meses antes de la muerte.
Nadia había abandonado un ensayo tras una discusión.
Yo le envié nueve mensajes durante la madrugada.
No recordaba haber escrito tantos. Las frases alternaban preocupación, desprecio y seducción.
En uno afirmaba que comprendía su miedo; en el siguiente, que la producción no podía sostener a una actriz que utilizaba sus crisis para controlar el proceso.
Después añadía que nadie podría interpretar aquel papel como ella y que sustituirla destruiría años de trabajo.
—¿Contestó? —pregunté.
Adriana deslizó la pantalla.
Nadia había respondido:
«No puedes decirme que soy insustituible y amenazar con sustituirme dentro de la misma conversación».
Mi mensaje siguiente decía:
«Claro que puedo. Las dos cosas son ciertas».
La frase pertenecía a la arquitectura de casi todas mis defensas.
Las contradicciones podían coexistir, y yo utilizaba esa coexistencia para evitar que ninguna afirmación me obligara por completo.
Nadia era única, pero podía perder el papel.
Podía marcharse, aunque hacerlo demostrara que no merecía quedarse.
Sus límites importaban, salvo cuando impedían alcanzar algo que yo consideraba esencial.
—¿Qué ocurrió después? —pregunté.
—Regresó al ensayo.
—Entonces la conversación no terminó con una ruptura.
—No.
—¿Por qué volvió?
Adriana reprodujo un audio que Nadia envió a Marina desde un taxi.
Su voz sonaba agotada.
—Voy porque no quiero que mañana diga que he abandonado el papel por miedo. Voy a terminar la escena, coger mis cosas y salir antes de que consiga cambiarme otra vez la historia.
El audio finalizaba con el ruido del tráfico.
—¿Lo hizo? —pregunté.
—Terminó la escena. No recogió sus cosas.
—Entonces cambió de opinión.
—Sí.
—Porque el trabajo funcionó.
Adriana mantuvo la mirada sobre mí.
—Eso escribió después.
El mensaje de Nadia decía:
«Ha sido la mejor escena que hemos hecho. También sé que no debería necesitar que me destruya un poco para conseguirla».
No había una versión limpia. El método producía resultados que Nadia valoraba y daños que empezaba a no poder aceptar. Su permanencia no demostraba que los segundos fueran imaginarios, del mismo modo que su deseo de marcharse no convertía todos los años anteriores en coerción.
Adriana cerró la primera carpeta.
—¿Qué ves hasta ahora?
—Que Nadia conocía el método, obtenía algo de él y seguía eligiendo volver aunque se quejara.
Mauro dejó escapar el aire despacio.
—También veo la otra parte —añadí antes de que interviniera—. Cada vez que intentaba irse, yo utilizaba el papel, la obra y lo que habíamos conseguido para hacer que marcharse pareciera una traición a sí misma.
—¿Cuál de las dos cosas es cierta? —preguntó Adriana.
—Las dos.
—¿Y cuál te autorizaba a ignorar la señal?
—Ninguna.
La respuesta no necesitaba destruir nuestra relación artística. Precisamente porque aquella relación había sido real, su poder podía utilizarse de forma destructiva.
La segunda carpeta correspondía al último mes.
El cambio en la voz de Nadia era visible incluso antes de leer el contenido.
Había menos humor, menos ambivalencia y una precisión que parecía destinada a producir un registro.
Anotaba fechas, ejercicios, personas presentes y frases textuales.
No escribía únicamente para desahogarse. Estaba documentando.
—¿Para quién? —pregunté.
—Para producción, para sus representantes y, si era necesario, para una denuncia profesional —respondió Adriana.
—¿Denuncia por qué?
—Pruebas no autorizadas, amenazas de sustitución, aislamiento deliberado del equipo, modificación de condiciones pactadas y utilización de información íntima dentro de los ensayos.
—Todo eso puede formar parte de una disputa artística, no de una denuncia.
—Nadia había dejado de considerarlo solo una disputa.
En una nota fechada tres semanas antes de morir, enumeraba varias condiciones que ya no aceptaría: ejercicios a solas, privación de sueño, contacto físico no previsto, cambios de horario fuera del calendario oficial y cualquier prueba acuática sin Marina ni personal de seguridad.
Debajo había escrito:
«Víctor piensa que poner una norma es empezar una negociación. No entiende que esta lista no es una escena».
La frase se parecía a Nora, aunque Nora no había tenido acceso a aquel cuaderno. La semejanza no procedía de palabras prestadas, sino de la conducta común que ambas intentaban detener.
—¿Le enviaron esto a producción? —pregunté.
—Una versión parcial. Nadia todavía temía que una denuncia formal provocara su sustitución antes de poder organizar la salida.
—Entonces no había decidido marcharse.
—Había decidido hacerlo, pero quería controlar cuándo y cómo.
La necesidad de control no pertenecía solo a mí.
Nadia también quería conservar el papel hasta encontrar una forma de abandonarlo sin quedar convertida en una actriz incapaz, inestable o desagradecida.
Después de años construyendo prestigio alrededor de nuestra colaboración, marcharse en mitad del montaje permitiría que yo explicara la ruptura mediante su miedo.
Una semana antes de la prueba, escribió a Marina:
«No quiero que él sea quien cuente por qué me voy».
La frase modificaba el sentido de toda la noche. Nadia no intentaba demostrar que todavía confiaba en mí. Intentaba salir de la relación conservando la autoría de su decisión.
Adriana abrió un correo dirigido a la producción. No se había enviado. Figuraba como borrador y llevaba varias correcciones.
Nadia explicaba que abandonaría el montaje después de una última reunión y solicitaba que cualquier comunicación posterior se realizara a través de sus representantes.
Describía mi método como una estructura que había dejado de distinguir entre entrega profesional y disponibilidad personal.
Reconocía que había participado, defendido los ejercicios y obtenido reconocimiento gracias a ellos. Después añadía:
«Precisamente porque lo he defendido durante años, sé cuándo dejó de ser una forma de trabajo y se convirtió en una prueba constante de obediencia».
—No buscaba cerrar la escena —dijo Adriana—. Buscaba terminar la relación profesional.
—El correo no se envió.
—No.
—Entonces podía seguir dudando.
—Sí.
—¿Por qué lo dejó en borrador?
—No podemos preguntárselo.
La ausencia de una respuesta definitiva no permitía elegir automáticamente la versión que más me protegiera. Nadia podía haber dudado, temido las consecuencias, esperado hablar con alguien o querer modificar el tono. El borrador seguía mostrando una dirección que yo no conocía aquella noche.
—¿Yo sabía que pensaba marcharse? —pregunté.
Adriana mostró varios mensajes nuestros.
Nadia no había pronunciado una frase tan directa como «abandono el montaje», pero había dicho que no seguiría trabajando bajo aquellas condiciones, que hablaría con producción y que no realizaría más pruebas a solas.
Yo respondía tratando cada afirmación como una reacción provisional.
«Cuando dejes de hablar desde el miedo, decidiremos», había escrito.
Nadia contestó:
«No decides cuándo dejo de hablar desde el miedo».
Mi respuesta era una sola línea:
«Eso es exactamente lo que hace un director».
Leí varias veces. No recordaba haber escrito la frase, pero contenía con tal precisión mi idea de la función que resultaba imposible atribuirla a una manipulación del archivo.
—¿Qué quería controlar la noche del agua? —pregunté.
—Eso aparece en los mensajes de ese día.
Adriana abrió el siguiente archivo.
Por la mañana, yo había informado a Marina de la supuesta fuga y a Nadia de que la prueba seguía en pie como trabajo privado.
También había mencionado a Lucía, la actriz que podía sustituirla.
Nadia llamó a Marina durante ocho minutos.
No existía una grabación de la llamada, pero sí mensajes posteriores.
«Voy a ir», escribió Nadia.
Marina respondió casi de inmediato:
«No vayas sola. Espera a que vuelva».
Nadia:
«No puedo permitir que mañana diga que me negué porque no era capaz».
Marina:
«Puede decirlo igual».
Nadia:
«Pero yo sabré que no».
La decisión de acudir no respondía únicamente al miedo de perder el papel. También había orgullo. Nadia necesitaba demostrarse que no se marchaba porque el método hubiera vencido su capacidad, sino porque había elegido dejarlo. Quería realizar la prueba en sus propios términos y salir después.
—Eso significa que quería hacerla —dije.
—Sí.
Adriana no evitó la palabra.
—Entonces no fue solo una imposición mía.
—No.
—¿Qué cambia?
—Que quisiera realizar una última prueba no te autorizaba a modificar las condiciones que estableció ni a utilizarla para demostrar que aún te pertenecía como actriz.
El deseo de Nadia y mi presión podían coexistir. Ella había acudido voluntariamente, discutido, establecido límites y entrado en el agua. Yo había aceptado cada condición y después sustituido su criterio por el mío.
Los mensajes continuaban.
Poco antes de llegar a la propiedad, Nadia escribió:
«Si lo hago, se termina. No hay otra prueba después. No hay conversación sobre si he recuperado la confianza. Quiero demostrarme que puedo entrar, salir y marcharme sin que convierta ninguna de las tres cosas en una victoria suya».
La frase se parecía de manera insoportable a la intención de Nora durante la sesión clandestina. Entrar, permanecer y salir sin convertirse en Nadia. Las dos habían construido una prueba para recuperar el control dentro de una relación donde yo interpretaba cada elección.
—Nora —dije.
Mauro levantó la cabeza.
No había pronunciado el nombre para preguntar por ella ni para introducirla en el lugar de Nadia. Había reconocido por primera vez la misma estructura sin confundir a las dos mujeres.
—Nora quiso hacer exactamente eso —continué—. Entrar en la sala, permanecer y salir sin que yo decidiera qué significaba.
—Sí —respondió Adriana.
—Y cuando dio la señal, esperé para ver cómo reaccionaba.
—Sí.