La última frontera PABLO París, noviembre de 1942 #2
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PABLO París, noviembre de 1942 #2

La idea de cruzar París hasta llegar a la estación me helaba la sangre.

Sabía que los alemanes patrullaban cada rincón de la ciudad, que los trenes estaban vigilados, que cualquier error podría ser fatal.

Pero también sabía que era mi única salida.

No podía seguir encerrado, en la oscuridad cegada, como un topo, de por vida.

Aquella última noche en París la pasé con Loreine.

Hablamos de todo y de nada. Me contó sobre su vida, el hijo que había mandado al sur de Francia con su madre y que tanto quería, la muerte de dos de sus hermanos en el frente, la desaparición de otro.

Lo hacía con frialdad, como si no le importara, pero, aunque lo disimulara, se le anegaban los ojos en lágrimas y, cuando se daba cuenta de ello, se las enjugaba rápidamente, dispuesta a mantener aquella coraza.

Era una dama de hierro que, a pesar de su fortaleza, no lograba disimular tanto como quería esa fragilidad que también a ella le latía dentro.

Así pasamos la noche, con una botella de vino que nunca me dijo de dónde había sacado y muchas risas. Sin nada que comer porque se lo había gastado todo en aquel vino tinto que me sabía a gloria entre tanto miedo.

Salimos del apartamento en la oscuridad previa al amanecer. Las calles estaban desiertas, salvo por los ocasionales soldados alemanes cuya presencia nos obligaba a caminar con la cabeza gacha. El miedo latía en mis venas, pero Loreine parecía imperturbable, su rostro tan frío como la noche.

Llegamos a la Gare de l’Est, un edificio sombrío que parecía absorber la luz y el eco de los pasos apresurados sobre las frías baldosas de piedra.

A esa hora, la estación estaba envuelta en una atmósfera de desasosiego.

Solo unos pocos viajeros se movían sin rumbo de aquí para allá entre las columnas desgastadas.

La mayoría eran oficiales del Reich, mientras que otros eran hombres de negocios, como yo, que intentaban escapar del infierno en que se había convertido París.

El aire estaba cargado de una mezcla de ansiedad y esperanza, un cóctel de emociones que vibraban en cada rincón de la estación.

Observé a la gente a mi alrededor, cada uno con su propia historia, su propio dolor.

Me pregunté cuántos de ellos llevarían una identidad falsa, cuántos estarían disfrazados de algo que ya no eran.

La idea me hizo sentir un escalofrío. Todos estábamos en la misma búsqueda de un lugar seguro, pero también éramos extraños que se veían unidos por el miedo y a la vez separados por la soledad.

—Este es el final de nuestro camino juntos. Recuerda lo que te dije, y mantén la calma pase lo que pase. Llegarás a Lyon primero y de allí a la frontera con Suiza, donde estarás a salvo.

Asentí, mi corazón latiendo con fuerza en el pecho.

Quería agradecerle, decir algo que pudiera expresar lo que sentía en ese momento, pero las palabras no surgieron.

Loreine lo entendió. Rápidamente, se me acercó y me dio un abrazo lento, de despedida.

Una rareza en alguien tan frío y calculador como ella.

—No dejes que el miedo te consuma, Pablo —me susurró al oído—. Sobrevive. Lucha desde Londres. Haz que todo esto valga la pena.

Me aparté, asintiendo una última vez antes de girarme hacia los andenes. Caminé hacia el tren con el corazón en la garganta. Subí al vagón sin mirar atrás, mezclándome con los otros pasajeros. Nadie me miró dos veces.

El tren arrancó, dejando atrás la estación y, con ella, la ciudad que una vez llamé «hogar» y «amor». Me dirigía hacia lo desconocido, con un nuevo nombre, una nueva vida y un único propósito: seguir luchando.

El viaje a Lyon fue solo el primer paso en una odisea de identidades falsas, rostros desconocidos y un constante estado de alerta.

El tren se deslizó en la estación en medio de un amanecer frío y gris, y al bajar sentí cómo el peso de lo que se avecinaba se asentaba en mis hombros.

Sabía que lo peor aún no había pasado; si bien había logrado salir de París, quedaba el tramo más peligroso: cruzar la frontera y cambiar de piel una vez más.

Lyon estaba bañada en un silencio inquietante, como si la ciudad misma contuviera la respiración bajo la opresiva sombra de la ocupación nazi.

Las calles, normalmente bulliciosas, ahora estaban llenas de sombras, de un silencio que parecía extenderse como una neblina por cada esquina, cada callejón.

El sonido de las botas militares resonaba ocasionalmente, rompiendo la calma como un recordatorio constante del poder que se cernía sobre ellos.

La Francia de Vichy, aquella que antes se había vendido como neutral, ahora había caído bajo el control completo de los nazis, y Lyon, una ciudad clave en la Resistencia, sentía el peso de esa traición en cada rincón.

Respiraba a un ritmo lento, cauteloso, como si temiera que cualquier ruido pudiera atraer la atención equivocada.

Era una ciudad en estado de tensión constante, como un resorte que podía estallar en cualquier momento.

La Resistencia aún latía, pero lo hacía en secreto, en la clandestinidad, en reuniones furtivas y mensajes codificados que cruzaban la ciudad.

Al igual que en París. Tan solo había que verme a mí.

Pablo, ahora Albert, tratando de cruzar a Ginebra para seguir adelante.

Los controles de seguridad eran intensos.

Los oficiales nazis y sus aliados franceses se movían con una eficiencia que solo incrementaba mi ansiedad.

La fila para los controles avanzaba lentamente y, cuando al fin llegó mi turno, respiré hondo, entregando mis documentos con una calma que no sentía en absoluto.

El oficial examinó mi pasaporte, recorriendo con los ojos cada detalle.

—¿Negocios en Francia, señor Meier? —preguntó, más como una acusación que por curiosidad. Trataba de hablar en francés, pero las frases se le mezclaban con el alemán y resultaba incomprensible entenderlo.

—Así es —respondí en un francés con un leve acento, rezando para que todo estuviera en orden—. Mi negocio de relojes ha ido creciendo, pero es hora de regresar a casa.

Me miró fijamente por un momento que pareció eterno, antes de devolverme el pasaporte con una seca inclinación de cabeza.

— Bonne journée —me dijo justo antes de dejarme pasar.

Mi corazón latía con fuerza mientras me dirigía al tren, sin atreverme a mirar atrás. Había pasado el primer obstáculo, pero sabía que no podía relajarme. Albert Meier tenía que mantenerse firme, seguro de sí mismo, hasta que estuviera a salvo en Suiza.

Subí al tren y encontré mi asiento en silencio.

Mientras el tren partía, miré por la ventana cómo se desvanecía a lo lejos la ciudad de Lyon.

El viaje aún no había terminado, pero estaba un paso más cerca de la libertad, un paso más lejos de Pablo Barak, el hombre que había sido toda la vida y al que, desde hacía cuatro años, ya no me parecía en nada.

El vagón estaba relativamente vacío, con solo unos pocos pasajeros dispersos.

Mantenía la mirada fija en el paisaje que pasaba por la ventana, tratando de aparentar la calma que no sentía.

Sabía que cualquier gesto nervioso podría levantar sospechas.

Mi pasaporte suizo estaba guardado en el bolsillo interno de mi abrigo y, cada tanto, mi mano se deslizaba hacia allí, como si el simple contacto con el papel pudiera ofrecerme alguna seguridad.

Las primeras horas transcurrieron sin incidentes, pero, a medida que nos acercábamos a la frontera, la tensión en el vagón se hizo palpable.

El tren hizo una parada en un pequeño pueblo, y allí subieron varios soldados alemanes, acompañados de un oficial con una mirada severa.

Se movían con precisión, revisando los documentos de cada pasajero.

Los murmullos inquietos se extendieron por el vagón mientras los soldados pasaban y pude sentir el peso de cada mirada que se posaba en mí.

Se movían entre las filas, como si buscaran a alguien. Pidieron algunos pasaportes, pero no estuve entre los seleccionados. Pensé que sería una inspección rutinaria por si se había colado alguien en el vagón y pretendía escapar, alguien que hubiese burlado a los oficiales en Lyon. Alguien como yo.

Finalmente, el tren reanudó su marcha, acercándose cada vez más a la frontera. A medida que los Alpes se alzaban en el horizonte, la ansiedad empezó a transformarse en una cautelosa esperanza. La vista de las montañas cubiertas de nieve era un recordatorio de que la libertad estaba a mi alcance.

Al llegar a la frontera, los controles fueron exhaustivos.

Los suizos no eran ajenos a los peligros que acechaban más allá de sus límites y, aunque mantenían su neutralidad, no permitían que cualquiera cruzara.

De nuevo, tuve que presentar mi pasaporte, esta vez a un funcionario suizo que, aunque menos intimidante que los oficiales alemanes, no dejaba de ser riguroso.

Pero, esta vez, el pasaporte falso volvió a resistir el escrutinio.

Después de unos minutos de tensión en los que sentí que se me movían las pinzas del pantalón del temblor que se había apoderado de mí, me dejaron pasar y, al cruzar la frontera, sentí un alivio tan profundo que casi me desplomé en el asiento.

El resto del viaje hacia Ginebra transcurrió sin incidentes.

La calma del paisaje suizo, con sus montañas imponentes y sus lagos tranquilos, contrastaba brutalmente con la tensión que había dejado atrás en Francia.

Pero no había tiempo para relajarse. Sabía que Suiza era solo un punto de tránsito; mi destino final estaba más allá del Canal de la Mancha, en Londres, donde la resistencia continuaba desde las ondas de radio y las páginas impresas.