La última esposa Capítulo 49
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Capítulo 49

Capítulo Cuarenta Y Nueve

RIA

E l funeral se mantiene en la más estricta intimidad; la vorágine mediática posterior, en absoluto.

May estaría encantada de comprobar que su nombre abre todos los telediarios tras su muerte con la misma fuerza que cuando reinaba en la alta sociedad.

El servicio en el camposanto es escueto. Nadie pretende fingir dolor. Nos dispersamos en cuanto el ataúd toca tierra y buscamos refugio tras los cristales tintados de las limusinas para eludir el acoso de los fotógrafos.

Solo Justin se presta a dar la cara ante las cámaras.

Tampoco le queda alternativa como consejero delegado de uno de los gigantes financieros del estado.

Apenas tres semanas después de asumir el mando en solitario de Parker Partnership, los números le dan la razón.

Descarta la venta de la firma y, tras recuperar las centenas de millones que May desvió, está destinando el capital a blindar y expansionar activos.

Hay que reconocerle que ha actuado con ecuanimidad: exige que cada miembro del clan ocupe un sillón en el consejo y disponga de un fondo fiduciario propio.

Por suerte para mí, anda demasiado desbordado como para buscarme o marearme más allá de las reuniones ejecutivas.

La tensión sexual entre los dos se ha extinguido por completo y siento un alivio inmenso.

Por otro lado, la relación con Ashlin ha cambiado a mejor.

Todo este infierno ha obrado el milagro de acercarnos.

Aprovechando que Christine pospuso su reingreso en la clínica para asistir al entierro y regresa a Sídney en breve, las cuatro —Shamira, Ash, Chrissie y yo— nos hemos citado a cenar un par de noches.

No vamos a ser uña y carne de la noche a la mañana, pero ahora nos une una lealtad que va más allá de un apellido.

Cerramos filas tras el suicidio de May hace un mes y nos cuidamos mutuamente porque hemos asumido que fuera de nuestro círculo solo hay buitres.

Resulta paradójico que su muerte haya forjado la alianza que ella jamás logró consolidar en vida por mucho que nos impusiera la farsa de la familia modélica.

Con todos los trapos sucios al sol, nos miramos a los ojos sin máscaras. Nos aceptamos con nuestras miserias, algo que May jamás supo procesar.

Más tarde nos reuniremos en la mansión para el velatorio público. Toca escenificar el homenaje a la abuela abnegada, un paripé necesario para que las niñas conserven un recuerdo limpio. Quizá a todos nos venga bien comprar esa ficción un rato.

Pero antes tengo una parada pendiente.

Le indico la dirección al chófer y despliego la mampara de privacidad. Necesito releer con calma la nota que Grayson me ha metido en el abrigo al terminar el entierro mientras me susurraba al oído: «Nos vemos en nuestro sitio cuando la leas».

Juega a los misterios y yo estoy empachada del hermetismo de los Parker, pero al desplegar la cuartilla y reconocer su caligrafía, se me desboca el pulso instintivamente.

En nuestros mejores años, vivía dejándome notas por la casa.

Post-its empalagosos pegados en el bote de las galletas, sobre el taco de mantequilla en el frigorífico o escondidos en el bolso. Defendía que el correo electrónico era despersonalizado y que la letra manuscrita guardaba la esencia de quien la trazaba, así que prefería gastar tinta.

Yo me burlaba llamándolo romántico trasnochado, pero con la de hackeos que hemos sufrido a golpe de talonario, me toca darle la razón.

El recuerdo de aquellas notas me empaña la vista y tengo que parpadear varias veces para fijar la lectura.

Querida Ria:

Te escribo en papel no por un intento desesperado de apelar a la nostalgia, sino porque tú mejor que nadie sabes que los canales digitales son vulnerables.

Te debo la verdad.

May decía la verdad cuando juró que no te había mandado aquellos correos.

Fui yo.

Un latigazo me corta la respiración y tengo que releer la línea dos veces. ¿Pero qué demonios...?

No puede ser. Él no.

¿Por qué se iba a molestar en enviarme aquella foto delatora hace cinco años?

Pero la respuesta me golpea antes de terminar de encajar el golpe: para garantizar que me desenamorara de golpe y no saliera a buscarlo.

Devoro el resto del folio.

Te lo voy a explicar todo en persona en cuanto nos veamos, solo te pido que me escuches.

Quiero que me creas cuando te digo que cada paso que di fue por protegeros a Shelby y a ti.

Dejaros atrás ha sido la mayor tortura de mi vida y espero que, cuando escuches la historia completa, encuentres el modo de perdonarme. Y tal vez... ¿podamos darnos una oportunidad? ¿Recuperar lo que nos quitaron?

Te quiero, Ria.

Siempre te he querido.

Grayson x

(Este mensaje se autodestruirá en cinco minutos).

Me sale una risotada ahogada. Siempre cerraba así sus correos. Es un gesto tan desgarradoramente propio de él que terminó apretando la carta contra el pecho mientras me limpio un par de lágrimas rebeldes que me cruzan las mejillas.

No tengo la menor idea de qué me va a soltar, pero eso no borra el calvario por el que me hizo pasar. Entiendo que actuara cegado por el instinto de protección hacia Shelby y hacia mí, pero no puedo sacarme de la cabeza que con un mínimo de honestidad nos habríamos ahorrado este infierno.

He propiciado que vuelva a conectar con Shelby.

Mi hija merece un padre presente y él se ha volcado.

Se han estado viendo casi a diario estas cuatro semanas, respetando el ritmo paulatino que le exigí.

Es evidente la devoción que se profesan y me gratifica comprobar que mi hija recupera a su referente.

En cuanto a dejarlo volver a mi cama... son palabras mayores. Tengo que frenarle los pies cara a cara.

El coche se detiene junto al bordillo de mi casa y lo descubro de pie en el porche, con los ojos encendidos de esperanza al verme apearme.

Fija la vista en el papel que sostengo. —¿Lo has leído?

Asiento y guardo la nota en el bolso. —Tenemos una conversación pendiente.

—Contaba con ello. —Da un paso adelante y levanto la palma para marcar la distancia.

—No tengo claros mis sentimientos ni sé si seré capaz de perdonarte jamás... —La voz se me quiebra y carraspeo para recuperar el tono—. Pero si fui capaz de tenderle la mano a Ashlin, lo mínimo que puedo hacer por ti es escucharte.

Esa sonrisa de lado que un día me desarmaba le ilumina las facciones. —Me vale. Me quedo con lo que me des.

Recorta la distancia y esta vez no me echo atrás. —¿Vas a escribir un reportaje sobre las miserias de mi familia? ¿O nos lanzamos a la ficción para ganar el Pulitzer?

—No le veo la gracia a la situación... —murmuro antes de que me envuelva en un abrazo firme que me deja sin aliento.

No me aparto. Sinceramente, echaba de menos refugiarme en su pecho.

Al soltarme, hago un gesto hacia la puerta. —Pasa y desembucha.

Se le ensombrece la cara, me asiente en silencio y entra tras de mí. Cierro la puerta y apoyando la espalda en la madera le pregunto: —¿Te sirvo algo?

Menea la cabeza. —No, prefiero soltarlo todo limpio para que no queden zonas de sombra entre nosotros.

Evito comentarle que tal vez esas zonas no vuelvan a iluminarse nunca, porque mi fe en él y en su apellido está reducida a cenizas. Me limito a señalar el sofá y nos acomodamos a una distancia prudencial.

Se hace un silencio pesado antes de que tome la palabra: —Supongo que habrás atado cabos y entendido que te mandé aquella foto montada para que me aborrecieras y no retrasaras el divorcio.

Asiento clavándole una mirada incisiva. —Una jugada maestra de imbécil.

—Lo sé, pero te juro que no vi otra salida. El peligro para Shelby y para ti era inminente. Me llegaron amenazas explícitas de muerte acompañadas de grabaciones vuestras en el salón, fotos de la niña en el patio del colegio, de las dos en el supermercado... Un seguimiento al milímetro.

Se pasa los dedos por el pelo desordenándolo, y me cuesta un esfuerzo sobrehumano no estirar el brazo para colocárselo.

—Me acorralaron: o desaparecía del mapa o ejecutaban las amenazas.

Tuve que poner tierra de por medio para manteneros con vida.

Confiaba en que, manteniéndome en la sombra mientras continuaba investigando el fraude de la firma desde fuera, reuniría las pruebas necesarias para liquidar la amenaza y regresar con vosotras.

Suena honesto, pero necesito encajar cada pieza antes de dar un paso en falso que condicione la vida de mi hija.

—¿Confirmamos entonces que May estaba detrás de los chantajes?

Asiente con un rictus de rabia contenida. —En aquella época detecté descuadres graves en la contabilidad de la empresa. Volaban millones hacia cuentas opacas. Madre debió de saltar las alarmas porque, al día siguiente de encararla indirectamente, empezaron a llegarme las amazas de muerte.

—Es delirante. —Me llevo las yemas a las sienes para calmar la punzada—. ¿Y la segunda tanda de correos de hace unas semanas? ¿A santo de qué venía?

Agacha la cabeza, incómodo. —Tras años picando piedra para romper la seguridad de la firma y pillar al culpable, descubrí una brecha en la última actualización del servidor hace dos meses.

Confirmé que solo cinco usuarios tenían privilegios totales: tres técnicos de IT, mi madre y Justin.

Pero cualquiera con credenciales del fondo familiar podía reventar el sistema con los conocimientos adecuados.

Menea la cabeza con frustración. —Me negaba a aceptar que un hermano estuviera metido en la mierda y mucho menos que me hubiera echado de mi casa amenazando a mi mujer y a mi hija, pero tenía que contemplar todos los escenarios.

Necesitaba volver para investigar sobre el terreno.

Sabía que tú confiabas a ciegas en el clan y que me guardabas un rencor feroz por la espantada, de modo que si me presentaba sin pruebas me habrías cerrado la puerta en la cara.

Por eso te mandé aquellos anónimos: para picar tu curiosidad de periodista, sabiendo que tirarías del hilo hasta dar conmigo.

—Un manipulador de primera. —Me enciendo por dentro al comprobar lo bien que sabe leerme—. ¿Y si se me ocurre ir con los correos a May? ¿O a Justin?

—Jamás lo habrías hecho. Tu prioridad siempre ha sido proteger a la familia y sabía que preferirías investigar por tu cuenta antes de montar un escándalo. Y, como ves, terminaste buscando la forma de contactarme.

Niego con la cabeza. —Esa ruleta rusa pudo haber salido mal de mil formas distintas.

—Pero estamos aquí y al fin sabemos quién movía los hilos.

La sombra de May se proyecta sobre nosotros y el peso de su traición nos deja mudos unos segundos.

—¿Crees que verte reaparecer la desestabilizó hasta el punto de hacerla saltar por los aires?

—No, mi vuelta no la acorraló porque asumía que yo era un caso cerrado. —Me busca la mirada con un poso de culpabilidad —. Me carcome pensar que os volví a poner en la diana sin querer.

Resto importancia al gesto con la mano, aunque sé que las pesadillas con sus últimos minutos en el invernadero me van a acompañar durante años.

—Estaba desquiciada, fuera de la realidad —sentencio con una frialdad que me sorprende a mí misma—. Da pánico pensar que pretendía moldear a Shelby, a Jessie y a Ellen como si fueran sus marionetas particulares.

Se estremece y busca mi mano sobre el tapizado. —Se terminó el teatro, Ria. Ya conoces toda la verdad.

Se inclina hacia mí. —Sé que después de este circo debes de pensar que llevar el apellido Parker es un castigo divino. Pero te amo. Quiero volver a mi casa, ejercer de marido y criar a mi hija.

Se lleva mi mano a la boca y me deposita un beso tibio en la palma. —Quiero recuperar nuestro matrimonio.

Desearía dejarme llevar, de verdad. Veo la sinceridad brillando en sus ojos y no detecto ni un rastro de doblez.

Pero me resulta imposible olvidar que este hombre me abandonó con una mentira cobarde durante cinco años. ¿Quién me garantiza que no volverá a salir corriendo cuando las cosas se tuerzan?

Al ver que no reacciono, añade con voz pausada: —No pretendo que me abras la puerta de par en par hoy mismo, pero confío en que podamos empezar a reconstruir lo que rompí y ver hacia dónde nos lleva esto.

Siento una calidez tímida brotar en el pecho, pero la sofoco de inmediato. Ya no soy la chica ingenua y moldeable que se casó encandilada por la majestuosidad de la dinastía Parker. He madurado a golpes. Toca actuar con la cabeza fría.

—Necesito espacio y tiempo —concluyo al fin.

Él acepta la tregua con un asentimiento resignado y me envuelve entre sus brazos.

Convivir con los Parker me ha dejado una lección grabada a fuego: hay que seleccionar muy bien en quién depositas tu fe.

Y en este momento, la única persona en la que confío a ciegas es en mí misma.

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Si te han gustado los giros inesperados de este libro, te encantará TODO LO QUE ENTERRAMOS .

Hay secretos que pueden enterrarse durante años. Las mentiras que nos contamos a nosotros mismos son mucho más difíciles de ocultar.

Tillie solo quería escapar de un padre violento y de una vida marcada por el miedo. Nunca imaginó que encontraría refugio en Sharna, una joven tan rota como ella.

Pero una noche lo cambia todo.

Las dos toman una decisión desesperada que las unirá para siempre.

Años después, han construido nuevas vidas, nuevos nombres y nuevas familias. Han aprendido a convivir con la culpa. A convencerse de que el pasado quedó enterrado para siempre.

Hasta que alguien empieza a hacer preguntas.

Alguien sabe demasiado.

Y cuanto más se acercan a la verdad, más claro queda que ninguna de las dos está dispuesta a perder todo lo que ha construido.

Aunque para proteger su secreto tengan que volver a cruzar una línea de la que nunca debieron regresar.

¿Cuánto tiempo puede sobrevivir una mentira?

¿Y qué ocurre cuando la única persona en la que confías también es quien puede destruirte?