Capítulo 30
Capítulo Treinta
ASHLIN
O dio los hospitales, y quedarme tumbada exagerando mis lesiones con la esperanza de que las enfermeras se pongan en contacto con Justin y él se compadezca de mí no está dando resultado.
No ha vuelto a verme desde que prácticamente puso fin a nuestro matrimonio y estoy cansada de ser una víctima pasiva.
Esa no soy yo. Tengo más agallas que todo esto, y que me aspen si pienso tomarme este divorcio a la ligera.
Primero tengo que averiguar si habla en serio y después iniciar los trámites necesarios para proteger a mis hijas y mis bienes.
Pido el alta voluntaria. Ningún miembro del personal médico protesta.
Están hasta la coronilla de mí, a juzgar por sus miradas hostiles.
No es que los culpe. Me he portado fatal con las enfermeras y he tratado a los médicos como si fueran unos incompetentes recién salidos de la facultad.
No tienen la culpa de que mi matrimonio haya fracasado y, sin embargo, lo he pagado con ellos.
No me siento orgullosa de cómo he actuado, ni en el hospital ni antes, cuando arruiné lo mejor que me había pasado en la vida.
Vuelvo a casa en taxi, un tanto aliviada cuando el conductor entra en nuestro camino de acceso y veo que el coche de Justin no está.
Tampoco es que espere encontrarlo en casa a las once y media de la mañana, pero últimamente no deja de sorprenderme.
Sobre todo por la abierta aversión que mostró cuando amenazó con librarse de mí la última vez que hablamos.
Nunca lo había visto así, y no logro quitarme de la cabeza cómo el hombre al que moldeé durante tantos años se ha convertido en un cabrón despiadado. Casi aplaudiría y diría «ya era hora» si su recién descubierto carácter no me aterrorizara.
Pago al conductor, cojo el bolso y avanzo cojeando por el camino de acceso.
Me duelen las caderas allí donde se me clavó el cinturón de seguridad durante el accidente y tengo el cuello rígido y dolorido, pero, por lo demás, estoy bien.
Aspiro el aroma familiar del jazmín mientras observo los arbustos perfectamente podados que bordean el camino.
Su olor suele reconfortarme; es una de las muchas cosas que para mí significan hogar.
Hoy resulta empalagoso y asfixiante, y me entran ganas de destrozar los arbustos con unas tijeras de podar.
Entro, desactivo la alarma y me dirijo directamente al dormitorio.
Si Justin me ha dejado de verdad, habrá vaciado los armarios, tal como dijo.
Subo por la ornamentada escalera de hierro forjado, que se bifurca en un rellano a mitad de camino, y tomo el tramo de la izquierda hacia nuestra zona privada.
Lo primero que veo es el perchero vacío.
Es una cosa espantosa, de caoba oscura, que desentona con nuestra gama de blancos y grises, pero perteneció a su padre y Justin jamás consintió que tirara el horrible perchero de Percival.
Nunca lo ha utilizado para colgar abrigos, sino que pone gorras en los brazos de madera. Otra cosa que detesto: los hombres adultos no deberían llevar gorras, sean o no de marca. Ahora las gorras han desaparecido y el perchero parece más feo que nunca, burlándose de mí con su desnudez.
La primera punzada de temor ante la posibilidad de que todo este asunto del divorcio sea real atraviesa mi confianza y entro cojeando en el dormitorio, con las caderas palpitándome.
Está impoluto, como siempre, con los diez cojines colocados sobre la cama con una precisión milimétrica, en la disposición que la asistenta sabe que me gusta.
Pero hoy es su día libre, lo que significa que Justin no ha dormido en nuestra cama.
Giro a la izquierda, me quito los zapatos y dejo que los dedos de mis pies se hundan en el grueso pelo de la alfombra. Me encanta la lujosa sensación de una alfombra cara bajo los pies, aunque rara vez voy descalza por casa.
Me dirijo hacia los enormes vestidores a juego, el suyo y el mío, lo bastante grandes para albergar un piso entero. En cuanto entro en el lado de Justin, todo el aire se me escapa de los pulmones.
Está vacío.
Se lo ha llevado todo.
No queda nada, ni siquiera una corbata o un calcetín suelto.
Las piernas me fallan y resbalo por la pared hasta caer de culo con un golpe que me lanza una descarga de dolor por toda la columna.
Contemplo los estantes vacíos, las perchas, los zapateros, mientras por fin asimilo el golpe: mi matrimonio se ha acabado.
La impotencia me abruma. Yo he provocado esto. Lo presioné una y otra vez hasta no dejarle más opción que marcharse. Quiero llorar, pero no lo hago. Las lágrimas nunca solucionan nada. Además, hace mucho que aprendí a no mostrar jamás debilidad.
Me levanto del suelo y regreso al dormitorio arrastrando los pies.
Tengo que encontrar el teléfono y llamar al mejor abogado de divorcios de la ciudad.
Pero cuando cojo el bolso, oigo unas llaves en la puerta y el corazón me da un salto traicionero.
Resulta patético que incluso ahora siga albergando la esperanza de que no me abandone.
Me tomo mi tiempo para bajar las escaleras, porque no quiero parecer demasiado ansiosa y porque la caída de espaldas contra la pared me ha resentido la zona lumbar. Menos mal, ya que oigo las voces estridentes de mis hijas y el tono comedido de mi suegra, no a Justin.
Estoy deseando ver a mis niñas, pero, mientras bajo los últimos escalones y ellas reparan en mí, disimulo lo mejor posible mi decepción porque Justin no las acompaña.
—¡Mamá! —Ellen vuela hacia mí, y su expresión de júbilo alivia parte de la oscuridad que me llena el corazón. Se abalanza sobre mí y me hace tambalear.
Jessie se acerca con más calma, pero también me abraza. —Me alegro de que estés bien, mamá.
—Os he echado de menos. —Las envuelvo en un abrazo mientras se me cierra la garganta. Nunca soy demasiado emotiva, y menos aún delante de mis hijas, pero ellas son lo único bueno que hay en mi vida y las estrecho con fuerza.
Sostengo la mirada de May por encima de las cabezas de las niñas. Me observa con frialdad y tiene la boca torcida en un gesto de desaprobación.
—Deberías habernos avisado de que volvías hoy a casa —dice con brusquedad y tono sentencioso.
—Ha sido una decisión de última hora. —Suelto a las niñas, que se quedan a mi alrededor en vez de salir corriendo, como esperaba. Deben de haberme echado muchísimo de menos—. Estaba harta de verme atrapada en el hospital y puedo recuperarme igual de bien en casa.
May mira alrededor como si esperara que Justin apareciera de repente.
—He vuelto en taxi. Tu querido hijo no es tan caballeroso como crees. ¿Qué haces aquí?
—Las niñas querían recoger unas cuantas cosas para llevárselas a mi casa.
Está esperando que le diga que no se moleste, que ahora que he vuelto se quedarán conmigo. Pero necesito buscar un abogado y volver a hablar con Justin, espero que de forma más civilizada que la última vez, y no quiero que las niñas presencien la conversación.
—Gracias por cuidar de ellas. —Adopto mi tono más sumiso—. Si pudieras tenerlas otra noche o dos, me darías tiempo para resolver las cosas.
Asiente, sin mostrar la menor sorpresa ante mi petición, lo cual solo puede significar una cosa.
Lo sabe.
Claro que lo sabe. Justin siempre ha sido un niño de mamá y apuesto a que consultó con ella su decisión antes de hablarme del divorcio.
Cabrón. Me imagino que May se pondría a bailar de alegría cuando supo que estaba planteándose una medida tan drástica y le daría un buen empujón en dirección al mejor abogado de derecho de familia de Melbourne.
Odio que el divorcio le venga tan bien. Se regodeará en todo esto, triunfante porque volverá a ser la mujer más importante en la vida de su hijo. Pero no voy a permitir que me avasallen, y necesito que May lo sepa. No soy ninguna idiota dócil a la que puedan mangonear.
Aprieto los hombros de las niñas y las suelto. —Niñas, ¿por qué no vais a buscar las cosas que queréis mientras yo hablo con la abuela?
Jessie pasa corriendo junto a mí, pero Ellen se demora.
Se muerde el labio inferior y me mira desde abajo con los ojos muy abiertos, llenos de preocupación. —¿Por qué no podemos quedarnos en casa contigo?
El corazón se me hincha. Al menos mis hijas se preocupan por mí, aunque nadie más en esta familia lo haga.
Le acaricio el pelo. —Porque todavía estoy dolorida por el accidente y necesito más tiempo para recuperarme.
Pero os quiero y os prometo que, en cuanto me encuentre mejor, volveréis a casa, que es donde debéis estar, ¿de acuerdo?
Asiente, con expresión seria y los ojos aún velados por la preocupación.
—De acuerdo. —Me rodea la cintura con los brazos y se acurruca contra mí; la sensación familiar de su abrazo reconforta mi alma maltratada—.
Me alegro de que hayas salido del hospital.
La abuela y la tía Shamira también fueron al hospital y no quiero que vaya nadie más.
Eso es una novedad para mí, y solo entonces reparo en la especie de férula que May lleva alrededor de la muñeca derecha.
—Eres una niña muy buena, El, pero yo estaré bien. —Le aparto los brazos con suave firmeza y le doy un beso en la coronilla—. Venga, ve a guardar más cosas.
Sube corriendo las escaleras, saltándose un escalón de cada dos, como de costumbre, y la garganta se me cierra aún más. Debo de estar más frágil de lo que pensaba si ver a mis hijas haciendo cosas cotidianas me provoca ganas de romper a llorar.
Odio haber estado tan irritable con ellas últimamente, atrapada en mi engaño con Aaron y consumida por la culpa de haber hecho daño a Justin deliberadamente. Mi matrimonio lleva tanto tiempo atravesando una mala racha que, de alguna manera, acabé culpándolo a él, aunque sé que no es justo.
Mis inseguridades más profundas han provocado todo esto. Llevo mucho tiempo alejando a Justin, antes de que él tuviera ocasión de hacerme lo mismo. Un error estúpido por el que ahora pagaré un precio muy alto.
—Podemos hablar en el comedor —dice May, con un tono irritantemente autoritario en mi casa.
Sí, lo sabe y está aprovechando al máximo la situación.
—¿Qué es eso de que Shamira y tú habéis estado en el hospital?
Descarta mi pregunta con un gesto de la mano sana, como si cualquier cosa que yo diga careciera ya de importancia. —Me caí y me hice un esguince en la muñeca.
—¿Y Shamira?
Desvía la mirada, como si ocultara algo. —Ingirió algo tóxico y se encontró mal durante la presentación de sus productos. Probablemente preparó algún remedio sin equilibrar bien los ingredientes.
Odio que me hable con tanta condescendencia, pero ninguna de las dos me interesa de verdad; solo he preguntado por curiosidad, así que me encojo de hombros.
Nunca he sido de las que ofrecen palabras de consuelo vacías ni fingen preocupación cuando algo les importa un comino.
Tengo cosas más importantes de las que preocuparme.
—Pero no te interesa nuestro estado de salud, ¿verdad? —Me clava una mirada hostil como nunca le había visto en todos los años que llevo formando parte de esta familia—. Justin te ha dejado y quiero dejar una cosa muy clara.
Da un paso adelante e invade mi espacio personal, y yo resisto el impulso de apartarla de un empujón. —No arrastrarás a esta familia por el fango. No mancillarás nuestro nombre de ninguna manera ni arruinarás nuestra reputación...
—¿Y si lo hago? —replico, sin estar dispuesta a permitir que me sermonee. La he soportado por pura necesidad durante todos estos años y, si mi matrimonio se ha acabado de verdad, la todopoderosa May Parker es una de las cosas que no echaré de menos—. ¿Qué vas a hacer al respecto?
—No me provoques, Ashlin. —Me clava un dedo huesudo en el pecho y yo abro la boca, sorprendida—. No tienes ni idea de lo que esta familia es capaz de hacer cuando necesita proteger a los suyos.
Está fanfarroneando y no pienso aguantar sus imbecilidades ni un segundo más. —Escucha, suegrita querida. No puedes amenazarme porque sé demasiado y no me da miedo jugar sucio. Conozco a gente. Gente a la que le resultaría muy interesante lo que tengo que contar sobre vuestro preciado negocio.
Es una amenaza vacía porque mis hijas son Parker y jamás haría nada que pusiera en peligro su parte de la fortuna familiar, pero estoy harta de que esta mujer me intimide. —Así que déjame en paz de una puta vez.
Hay que reconocer que no retrocede. Soy yo quien se ve obligada a dar un paso atrás cuando oigo a las niñas bajar de nuevo las escaleras entre gritos.
Vislumbro un odio puro, sin adulterar, en sus ojos entornados antes de girar sobre los talones y alejarme. Tengo que despedirme de mis hijas y después iniciar los trámites con un abogado.
Nadie me intimida, y mucho menos mi lamentable marido y su entrometida madre.