Capítulo 16
Capítulo Dieciséis
RIA
N ecesito despejarme.
Después del encuentro de anoche con Justin y de todo el tiempo que he dedicado a plantearme si debería intentar contactar con Grayson, estoy agotada. Pasar el domingo con mi hija recorriendo su rincón favorito de Melbourne me garantiza olvidarme de todo.
—¿Podemos ir al Luna Park? —Shelby me tira de la manga mientras estamos en la esquina de Acland Street, contemplando a la multitud que entra y sale del parque de atracciones.
—Hoy no, cariño.
Lo último que necesito es subir a una montaña rusa cuando ya siento que vivo permanentemente en una. —¿Qué te parece un trozo de tarta?
Aunque mi hija se porta bien, de vez en cuando tiene alguna rabieta, y espero que no esté a punto de darle una ahora. Estoy en tensión desde los correos de ayer y la visita de Justin anoche, y necesito un día tranquilo, sin angustias.
Por suerte, solo hace un mohín durante un segundo antes de asentir—. ¿Puedo comerme dos?
—Ya veremos. —Le doy un tironcito en la punta de la trenza—. ¿Para empezar, una porción de tarta de semillas de amapola y naranja sin harina?
—Qué rica. —Se frota la tripa y avanza dando saltitos unos pasos por delante de mí, directa hacia nuestra pastelería favorita. En una calle famosa por su deliciosa repostería, mi hija ya sabe muy bien lo que quiere.
Hemos probado bastantes gracias a que May solo sirve lo mejor en sus reuniones, y tiene un gusto excelente. Espero que el buen criterio de mi hija se extienda a todos los ámbitos de su vida y que no cometa los mismos errores que yo.
Suspiro y Shelby se detiene de inmediato—. ¿Estás bien, mamá?
—Mejor que nunca. —Le dedico una sonrisa deslumbrante mientras me reprendo mentalmente por haber dejado entrever, aunque solo haya sido un segundo, parte de la ira que siento hacia Grayson—. Es que me apetece muchísimo un trozo de esa tarta.
Se traga mi excusa, pero retrocede unos pasos dando brincos para cogerme de la mano—. Ya casi hemos llegado. Vamos.
Prácticamente me arrastra al interior de la pastelería, cuyo escaparate nunca deja de tentarme para que pruebe algo nuevo.
Cannoli, cruasanes, milhojas de vainilla, crumbles de manzana, mousse de chocolate, mille-feuilles y un sinfín de delicias más se amontonan en bandejas, animando a los posibles clientes a pegar la nariz al cristal y procurar que no se les caiga la baba.
Hago nuestro pedido —la tarta habitual de semillas de amapola y naranja para Shelby y una porción pequeña de mousse de chocolate para mí— y me aparto.
El local está abarrotado y examino a la gente con una paranoia insólita.
Recibir esos correos sobre las mujeres Parker me ha puesto los nervios de punta y, aunque yo no estaba incluida, eso no hace que me sienta más segura.
—Mamá, han llamado a nuestro número. —Shelby me mira fijamente y no tengo ni idea de cuánto tiempo llevo ensimismada.
Recojo nuestras tartas y la guío hasta la acera.
St Kilda está muy concurrido los domingos y, por un instante, siento claustrofobia, rodeada de vecinos y turistas que abarrotan las calles.
Mochileros se mezclan con bohemios del barrio; músicos callejeros, con mamás estupendas que han salido a pasear.
Es el lugar al que hay que venir para dejarse ver y, por lo general, me encanta su ambiente cosmopolita. Hoy no.
—No hay sitio. —Shelby arruga la nariz—. ¿Comemos en la playa?
—Me parece una idea estupenda...
—O podemos visitar a la tía Shamira. —Shelby salta emocionada de un pie al otro—. Me encanta su tienda. ¿Podemos ir? Porfiiii.
Nunca soy capaz de decirle que no a mi hija, sobre todo cuando se trata de la familia, y menos aún cuando ya me siento culpable de que su padre haya dejado de formar parte de su vida.
No es que yo tuviera voz ni voto. Grayson me abandonó, pero sé que, de no haberlo hecho, yo lo habría echado después de recibir aquella foto incriminatoria.
Así que asiento—. Vale. Aunque seguramente estará ocupada y no querrá que la distraigamos. Además, no olvides que luego tienes clase de baile.
Shelby hace caso omiso de mi advertencia, enlaza su brazo con el mío y prácticamente me arrastra al doblar la esquina hacia Fitzroy Street, donde Makes Scents ocupa un lugar privilegiado.
No me va demasiado esa medicina holística tan imprecisa que practica Shamira: reiki, limpieza espiritual y demás. Pero sus mezclas de aceites me han ayudado a relajarme al final de días difíciles y sé que el negocio le va viento en popa.
Su tienda es sorprendentemente elegante, sin la parafernalia hippy que caracteriza a otros establecimientos similares del moderno Brunswick, donde vivimos, a unos barrios de distancia.
Jabones artesanales, velas y mezclas de aceites ocupan lugares destacados, mientras un aroma embriagador a lavanda y menta impregna el ambiente.
Nos comemos la tarta fuera antes de que Shelby pegue la nariz al cristal y se ponga las manos a ambos lados de la cara—. No la veo.
—A lo mejor está en la trastienda... —Mi voz se apaga cuando distingo a Shamira, oculta tras un biombo japonés en el rincón más alejado de la tienda, bebiendo de una petaca plateada.
Actúa con sigilo y lanza miradas furtivas a su alrededor, como si esperara que alguien se abalanzase sobre ella.
Y eso me hace pensar. ¿Es así como sobrelleva su secreto todo el tiempo?
¿Ese que hará que Trent pierda los estribos si descubre hasta dónde ha llegado su mujer con tal de no darle el hijo que él desea con tanta desesperación?
En los correos que me enviaron, odié ver aquella foto y leer las pruebas de lo que ha hecho.
Shamira me cae bien. Somos amigas y no me siento cómoda conociendo su secreto más oscuro.
Aunque una pequeña parte de mí desearía que hubiera acudido a mí hace quince meses, cuando era evidente que más ayuda necesitaba.
Pasar sola por lo que pasó ella... es desgarrador, y quiero entrar corriendo en la tienda y estrecharla entre mis brazos.
Tal como me siento, venir aquí es una mala idea, pero, antes de que pueda disuadir a Shelby, ella ya ha atravesado con ímpetu la cortina de cuentas y ha entrado en la tienda.
Trago saliva para dominar mi inquietud y la sigo, agradecida de que el local esté medio lleno y no seamos las únicas personas aquí.
—Tía Shamira —la llama Shelby al verla, mientras agita la mano.
Shamira levanta la cabeza de golpe, con los ojos muy abiertos y sobresaltados, hasta que ve a Shelby. Con un hábil movimiento de muñeca, se guarda la petaca entre los holgados pliegues de su caftán esmeralda y se acerca a nosotras con una sonrisa cálida.
—¿Cómo está mi sobrina favorita? —Shamira envuelve a Shelby en un abrazo afectuoso, diametralmente opuesto a cómo la trató Ashlin ayer.
Su sencillo gesto de cariño contribuye en cierta medida a aliviar la angustia que me causa conocer su secreto y la conmoción de saber que es capaz de mantener un engaño tan monstruoso contra su ingenuo marido.
Trent es un gigante amable que idolatra a su mujer y siempre me ha caído bien. Junto con May, me recibió con los brazos abiertos en la familia Parker hace años y no ha cambiado, pese a mi divorcio de su voluble hermano.
—Estoy bien. —Shelby se aparta y sonríe; su expresión dulce y franca me encoge el corazón. Mi hija es muy inocente para su edad y espero que siga así tanto tiempo como sea posible—. Pero seguro que también les dices eso a Jessie y a Ellen.
—Puede ser. —Shamira le guiña un ojo y le tira de la coleta, y Shelby suelta una risita.
—¿Puedo mirar por ahí?
Shamira asiente—. Claro.
—Ten cuidado —añado por costumbre, aunque no tengo de qué preocuparme.
Shelby es una niña que respeta los límites.
Ya sea en casa o en el colegio, sigue las normas a rajatabla y siempre hace lo correcto.
Ha heredado de mí su exceso de cautela y, a veces, desearía que fuese más aventurera.
A las mujeres débiles las pisotean; las fuertes se ganan el respeto. Yo lo aprendí por las malas.
—Estará bien. —La sonrisa de Shamira es trémula mientras observa cómo mi hija se pierde en un mundo de atrapasueños y almohadas de lavanda, y sé que será una madre estupenda cuando tenga hijos.
Nunca la he visto mostrarse con sus sobrinas de otra forma que no sea cariñosa, y esa clase de afecto no puede fingirse. Los niños son como los animales. Saben por instinto en quién confiar y Shelby adora abiertamente a Shamira.
Odio conocer su secreto y desearía no haber visto nunca esos estúpidos correos.
—¿Qué hacéis por aquí?
—Esas tartas de la esquina. —Me doy unas palmaditas en el estómago—. No podemos resistirnos.
—Me alegro de que hayáis venido... —La voz de Shamira se apaga y sus hombros se hunden, como si soportara un peso invisible.
—¿Te va todo bien? —Le toco el brazo y ella se tensa, lo cual confirma lo que ya sé. Está muy lejos de encontrarse bien y, teniendo en cuenta lo que oculta, no la culpo.
Hay que reconocerle que no finge entereza—. Ha sido una mañana muy dura.
Me pregunto si le habrá contado la verdad a Trent, pero enseguida descarto la idea. Si lo hubiera hecho, no estaría en la tienda. Se habría encerrado en algún lugar muy lejos de aquí después de que Trent la echara.
La idea me entristece—. ¿Puedo hacer algo para ayudarte?
Vacila, como si se estuviera planteando mi ofrecimiento de verdad, antes de negar con la cabeza—. Gracias, pero es algo que tengo que afrontar sola.
No puedo evitar relacionar su abatimiento con el secreto que descubrí en aquel correo.
¿Es esa la razón de que esté tan hundida?
Tengo la verdad en la punta de la lengua.
Quiero decirle que sé lo que ha hecho y que no pasa nada, que no voy a juzgarla.
Quiero arreglar las cosas para ella, ofrecerle mi apoyo y decirle que no está sola.
No porque apruebe lo que está haciendo, sino porque es evidente que lo está pasando mal y, además de familia, es amiga mía.
—¿Crees que Ashlin se está volviendo más maliciosa?