35
Emily está radiante, pletórica. Siente que comienza a dejar el pasado atrás.
Cree que puede ser libre, que puede comenzar una nueva vida.
Se ha desahogado. Sabe que, a partir de hoy, los rayos de sol al amanecer, los atardeceres, el olor del café en el desayuno la revitalizarán; que quizás cambie los gritos en la pecera del estudio por melodías armoniosas —aunque no sepa cantar—; que quizás vuelva a pintar o a pasear por Santa Mónica e incluso se plantea que quizás sea capaz de dejar el tabaco y las pastillas.
Emily ya sueña con viajar, al extranjero, a España en concreto.
Aprenderá a vivir con su trocito de culpa y arrepentimiento. Pero vivirá. Haber concluido esta entrevista y haber pasado estos días con Carmen, le trasladan al grato pensamiento de que un nuevo capítulo de su vida está a punto de comenzar.
Ni se lo imagina.
Emily se está duchando, disfruta de cada uno de los chorros de su cabina de hidromasaje.
El agua golpea y recorre su cuerpo al ritmo que ella marca.
Emily decide dónde quiere ser acariciada.
El aroma a coco y mango del champú hoy es más que evidente.
La cremosidad más que notable. Hoy todo se intensifica.
La esponja de baño natural del mar Mediterráneo rebosante de espuma, la estremece de los pies a la cabeza, sobre todo cuando se desliza entre sus piernas. No se lo puede creer: es feliz.
Una toalla atada al pecho es todo lo que lleva puesto cuando sale al balcón. La deja caer. No tiene pudor alguno al mostrar su cuerpo al mundo y dejar que el sol la envuelva.
Qué poco te va a durar la felicidad, Emily Watson.
Una voz resuena desde el interior de su dormitorio:
—Mrs. Collins. Acuda a la sala de televisión.
No reconoce las voces ni de Valentina ni de María. De hecho, sabe que en la habitación no hay nadie y que ha sido una voz en off la que ha hablado.
«Mrs. Collins». El simple hecho de escuchar ese apellido hace que le entren ganas de vomitar.
Se le contrae el estómago. Apoya las manos en la barandilla de piedra y agacha la cabeza que acaba metida entre los hombros. El agua en su pelo, la misma que hace unos instantes la reconfortaba y le hacía sonreír, le chorrea por la espalda. Ahora la siente fría e incómoda, casi mortífera.
Pasados unos minutos, vestida con unos vaqueros y una camiseta de algodón blanco, Emily, entra en la sala de televisión. Nunca antes alguien le había hablado por una… ¿megafonía oculta? Ese que siempre imaginó pero que nunca quiso creer que existiera.
Se teme lo peor. En ningún momento le da por pensar que quizás alguien le vaya a decir que ya es libre, que puede hacer con su vida lo que quiera. No.Son demasiados años sintiéndose oprimida.
El televisor se enciende. Emily se sienta frente a él y, como si acabase de ver a un fantasma: se paraliza. Debe estar soñando.
—Cindy, Cindy, Cindy —dice Turner con falso tono de decepción—. ¿En qué momento decidiste romper el pacto? Teníamos un trato, ¿recuerdas?
«¿Que cuándo decidí romper el pacto? Quizá en el instante en el que se os olvidó mencionar la letra pequeña; en el momento en el que Ryan murió, en el momento en el que mi madre piensa que su hija se ha suicidado», piensa Emily. No puede hablar. Está en shock .
Sentado en un sofá de piel blanca, Turner se muestra altivo, seguro de sí mismo.
Lleva traje azul oscuro con camisa blanca y corbata roja.
¡Está jovencísimo! Tiene el mismo aspecto que hace veinticinco años.
Para él no ha pasado el tiempo, debería de rondar los ochenta y parece que tiene cincuenta o cincuenta y cinco.
A su alrededor. Todo es blanco. Como si estuviera dentro de una burbuja o esfera.
«Solo le falta el gato blanco en el regazo».
—Cindy, os hemos tratado muy bien. Nunca os faltó de nada.
Habéis recorrido el país viviendo en mansiones maravillosas tal y como os prometimos; tuvisteis una vida de lujo, libre de preocupaciones.
Tan solo teníais que dejar pasar la vida.
—Se queda en silencio unos segundos. Se masajea una de sus manos.
Le tiembla ligeramente. En realidad, le duele—.
Quiero entender que hay algo que no has acabado de comprender: aunque han pasado más de veinticinco años, nada cambia.
Bueno… excepto mi aspecto. —Levanta y gira la barbilla con gesto orgulloso como si se estuviese observando en un espejo imaginario—.
Los médicos dicen que alcanzaré sin problema los ciento treinta y cinco o ciento cuarenta años con una excelente calidad de vida.
Así que me queda mucho por vivir y no puedo permitir que tú me toques los huevos.
—Se viene hacia delante, apoya las manos en los reposabrazos y mira desafiante a la cámara.
En un gesto bastante ridículo entorna los ojos, como si así su mensaje fuera a llegar con más fuerza—.
Nada de lo acontecido en el pasado debe salir a la luz.
La carrera por el poder no duerme y cualquier mancha en nuestro expediente, aunque sucediese hace treinta años, no es una opción.
Eres peligrosa y no podemos estar pendientes de tus gilipolleces a diario.
Durante un tiempo fue insuperable. Pero ahora, para ti, los tiempos de bonanza llegan a su fin.
Las cosas van a cambiar, desde ya mismo.
Vas a volver a tus orígenes. Tu cuenta del banco ya está cerrada.
A cero. Y esta va a ser tu próxima morada.
—La pantalla de televisión se divide en dos, Turner se vuelve pequeñito en una esquina y el resto del plasma muestra la foto de un verdadero antro en mitad de la nada—.
Un cuchitril en medio del desierto de Arizona.
Parecido a la mierda de casa que teníais en Mayfield.
Sin aire acondicionado, para que te ases poco a poco.
Sin transporte ni servicio. La población más cercana la tendrás a decenas de millas de distancia.
Aunque el coche de Ryan iría muy a juego con la casa, esta vez no va a poder ser.
El coche irá al desguace, será triturado como el resto de tu existencia.
En unos días pasarán a buscarte. A no ser que nos lo pongas fácil y tú misma te quites de en medio.
¿Qué más puedo decirte? Nos has traicionado, y los traidores deben pagar por ello.
Emily no está escuchando ni la mitad de las cosas que Turner le escupe a través de la pantalla, sigue conmocionada.
—Cindy, deberías ser más cuidadosa a la hora de llevar a cabo determinadas acciones, porque luego traen consecuencias de las cuales uno se puede arrepentir y entonces los remordimientos te corroen.
¿Todavía no te has enterado? ¿Aún no te han dicho nada?
¿Tengo que seguir haciéndome cargo de los trapos sucios? —pregunta con una tranquilidad pasmosa.
Turner vuelve a hacerse pequeño en la pantalla y empiezan a aparecer noticias de periódicos españoles anunciando la muerte de Carmen.
—Como están en español —dice Turner—, te traducimos los titulares.
Parece que tu amiguita, la periodista, ha muerto en el vuelo de regreso a Madrid.
Qué lástima, tenía toda una vida por delante.
Síndrome de la clase turista, dicen todos los informativos.
Sin embargo, creo… que, sin querer, bebió agua de un botellín que no debía, y menos aún, en un sitio donde no iba a poder recibir asistencia médica.
Lo debió pasar mal, pobrecilla. Darte cuenta de cómo tu corazón se apaga…
Emily no reacciona, está en trance. Le empiezan a temblar las manos de manera incontrolada.
El temblor se extiende a los brazos y piernas; su respiración se agita al extremo y tiene la sensación de que va a colapsar.
Su subconsciente actúa por ella. Busca una forma de salir de allí.
Gira la vista hacia la ventana, mira por la cristalera, en busca del cielo, del espacio abierto.
Quizá busque a su marido. Quizá esté pensando reunirse con él.
En tan solo treinta segundos, Turner ha conseguido tirar por tierra todo lo avanzado en estos días atrás, despertar de nuevo el sentimiento de culpa al escuchar la noticia del fallecimiento de Carmen.
Emily está en pleno ataque de ansiedad. La imagen se le vuelve borrosa, apenas ve, apenas escucha, o eso cree, porque entiende todo lo que sucede a continuación.
Turner se pone en pie y hace un gesto a alguien para que se acerque. Es un hombre de unos veinticinco años. Pelo negro, ancho de hombros. Viste traje oscuro con camisa blanca y unas gafas de sol que ocultan su mirada y que, en principio, poco o nada pintan en esa habitación.
—Gírate, hijo, gírate. Mira a cámara —le dice Turner.
El joven se gira. Emily no comprende.
—¡Tres años! Tres años haciendo pruebas y nada.
Que no había manera de que te quedases preñada.
No nos dabas ese hijo que tanto deseábamos.
Las cosas se ponían feas, ¿recuerdas? Algunas cosas salieron mal, nos empezaron a tocar las narices y todo se precipitó.
Así que decidimos acelerar y dar salida a tus problemas de fertilidad.
Pensando en ti hasta el final. Y tú no eres capaz de estarte quietecita, y agradecer todo lo que te ayudamos.
Emily, sin fuerzas, se deja caer en el respaldo del sofá. Siente que se va a diluir en el espacio, que la nada se la va a llevar.
—Cogimos unos cuantos óvulos fecundados de los tuyos y los implantamos en otras mujeres. Una de ellas nos regaló a este joven. Quítate las gafas anda… Roger, digo Ryan… siempre me confundo.
Emily se muere.
—Mírale. ¿No te recuerda a alguien? ¡Es idéntico a su padre!
Se quita las gafas. Es la viva imagen de Ryan.
Emily se muere.
«¿Tengo un hijo?», se pregunta.
—Forma parte de mi guardia personal. Es obediente, disciplinado.
Nunca me fallará. Nunca estarás con él, nunca llegarás a conocerle.
—El joven frunce el ceño. Gira levemente la cabeza hacia Turner confuso.
No entiende lo que está pasando—. Nació con todo el follón de los atentados, los conflictos internacionales, las demandas y los juicios.
Teníamos problemas más importantes que atender y él —dice señalándolo—, quedó en un segundo plano.
Nos olvidamos por completo. A los años alguien preguntó: ¿Qué hacemos con este asunto?
El chico ya tenía más de cinco años y creímos que tampoco era oportuno remover el pasado.
Imagina si vamos y te decimos: Toma, es vuestro hijo.
Con todo lo que estaba pasando, se nos olvidó entregártelo. ¡Con cinco años! Nos habrías odiado.
Emily se levanta, se acerca a la tele. Acaricia la cara del joven. Le brotan las lágrimas. La vida no le puede ser tan cruel.
—Ah, una cosa más: Debería llegarte un paquete en unos segundos. Espero que lo disfrutes y que nos hagas la vida más fácil al resto de la humanidad.
La conexión se corta. La pantalla se congela con el rostro del expresidente sonriente en primer plano.
Emily se muere. No, no es verdad. Emily querría morir, pero eso no sucede.
Suena el timbre. Emily sale del trance, no da tiempo a que María o Valentina lleguen a la puerta.
Ella misma recoge el paquete. Al repartidor le cierra la puerta en las narices.
Lleva el paquete hasta la sala, rompe el plástico con la boca y saca un pequeño maletín, que deposita y abre sobre la mesa.
En el interior un sobre y una pistola encajada a la perfección en su silueta de gomaespuma.
A la pistola no le hace ningún caso, sabe que la clave está en el sobre.
Lo abre, extrae una cuartilla y lee: Espero que sepas disfrutarla.
Está lista. Solo tiene una bala. Ya está cargada.
Solo hay que quitar el seguro. Una pequeña pestañita arriba, en la parte trasera, encima de la culata.
Lo hemos marcado con un punto rojo para que no haya duda.
Apunta bien, solo tienes una oportunidad.
Si fallas, puede ser muy doloroso. Y no queremos verte sufrir.
Coge la pistola y como si lo hubiese hecho más de cien veces —que lo ha hecho.
Esta es otra mentira que Emily le ocultó a Carmen— con un movimiento rápido, saca el cargador que efectivamente está vacío.
Tira hacia atrás la corredera y la bala sale por la recámara —es cierto, solamente tiene una—.
Esta rebota en la mesa un par de veces, Emily la coge al vuelo antes de que golpee una tercera vez.
La vuelve a meter en el cargador y lo introduce por la culata.
Carga el arma. Quita el seguro, pero antes de disparar, clava su mirada en Turner.