La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) QUINN
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QUINN

PARTE II

Miro hacia abajo.

Desde aquí solo alcanzo a ver una parte del cuerpo de Luke. Natalie está debajo de él. Los hemos colocado juntos porque Anthony dice que así necesitaremos menos hormigón. Él es quien entiende más sobre estas cuestiones.

Anthony está preparando otra tanda de mezcla en un cubo.

—¿Puedes creerte que fue él mismo quien me explicó que esta era la mejor manera de esconder un cadáver?

Me vuelvo hacia él.

—¿Quién? ¿Luke?

—Sí. —Anthony sonríe mientras comprueba la mezcla—. Lo aprendió antes de que la fiscalía lo metiera en el programa de protección de testigos. Cuando todavía era Raymond Venturi y trabajaba para los Scaletta.

—¿En serio?

—Me lo contó hace tiempo. Por lo visto se lo enseñó un tipo llamado Vincent, hablaba mucho sobre él. Hace años hubo un ajuste de cuentas entre los Scaletta y una banda de moteros. Los Black Horses o algo así. Ya ni existen.

Me acerco al borde del hoyo y vuelvo a mirar a los Frost.

A los verdaderos Frost.

—¿Y qué hicieron?

—Uno de esos tipos tenía fama de provocar a todo el mundo.

Una noche discutió con uno de los Scaletta en un bar y se pasó de listo.

Lo esperaron en la puerta de su casa. Vivía solo, por la zona de West Milford, bastante apartado.

Se lo cargaron allí mismo. Después lo enterraron y echaron hormigón encima.

—Una historia conmovedora.

—A mí me pareció educativa.

Anthony agarra uno de los cubos que ha llenado y se acerca. Lo vuelca dentro del hoyo. La masa gris cae sobre el cuerpo sin vida de Luke y se extiende lentamente hasta cubrirle la cara.

Ya no puedo verlo. Y eso me gusta.

—Bueno —digo—. Préstame atención y repasemos el plan.

Anthony deja escapar un suspiro.

—Lo hemos repasado trescientas veces, Quinn. ¿Por qué te preocupa tanto?

—Porque no podemos equivocarnos.

—Nadie conoce a los Frost. Ese hijo de puta era buenísimo escondiéndose. Ni los Scaletta han sido capaces de encontrarlo en todos estos años.

—El plan tiene que ser perfecto.

Anthony se acerca y me rodea con los brazos. Tiene la camiseta pegada al cuerpo por el sudor. Me besa, primero en la frente y después en los labios. Está acalorado, sudado, sucio de hormigón, y siento cómo su olor me excita.

Quizá sea la adrenalina. Quizá sea saber que por fin lo hemos conseguido.

Porque llevamos mucho tiempo preparando este golpe.

El gran golpe, el que va a cambiarnos la vida para siempre.

Todo empezó hace tiempo, cuando conocí a Natalie en unas clases de repostería de Bowling Green.

Entonces yo odiaba mi trabajo. Bueno, en realidad llevaba años odiándolo.

Limpiar casas ajenas, recoger la mierda de otros, cocinar para familias que podían gastarse en una cena lo que yo ganaba en una semana.

Había aprendido a sonreír, cobrar y marcharme sin pensar demasiado en ello.

Pero lo cierto es que odiaba a todas esas mujeres que me daban órdenes. No había nada que deseara más que hacerlas desaparecer y quedarme con todo lo que era suyo.

Y entonces aparecieron los Frost.

Eran la pareja perfecta para dejar de idealizar un plan utópico y ponerlo en marcha de verdad.

Tenían dinero. Mucho.

Habían llegado a Kentucky de un día para otro y nadie parecía saber demasiado sobre ellos.

Luke se dedicaba a las finanzas, aunque cada vez que alguien le preguntaba qué hacía exactamente respondía con ese misterio que tanto le gustaba cultivar.

Inversiones, patrimonio, clientes privados.

Palabras cuidadosamente cuidadas para que la mayoría dejara de hacer preguntas.

Natalie era diferente.

Por suerte para mí, cuando la conocí estaba profundamente deprimida; es mucho más fácil manipular a alguien en ese estado.

Me acerqué a ella deliberadamente. Sabía que sacaría algo provechoso, aunque nunca sospeché hasta qué punto.

Cuando ella y Luke me contrataron, mi trabajo consistía únicamente en limpiar.

Después fue limpiar y cocinar.

Y, con el tiempo, limpiar, cocinar y hacer compañía a Natalie.

Yo era la única que conseguía sacarla de casa en sus peores días. La llevaba a tomar café, a comprar ingredientes, a caminar. A veces no hacíamos nada especial. Solo nos sentábamos juntas y hablábamos durante horas.

Muchas horas.

Y ella no era tan hermética como su marido.

Me lo contó todo. Me habló de su vida en Nueva Jersey, del trabajo de Luke y de cómo había visto a su marido traicionar a las personas con las que habían compartido los últimos años de su vida.

Con el paso del tiempo, logré conocer todos los detalles.

Supe que sus verdaderos nombres eran Raymond y Barbara, que la colaboración de Raymond con la fiscalía le valió el perdón y le ofreció la posibilidad de desaparecer para comenzar una nueva vida como parte del programa de protección de testigos.

Tras ello, Natalie había entrado en una espiral de la que nunca consiguió salir del todo. Había perdido su casa, sus amigos, su nombre y cualquier posibilidad de recuperar la vida que conocía.

Con el paso de los meses, la confianza era absoluta.

Natalie delegaba en mí la mayoría de tareas y Luke, que se sentía mal por haber arrastrado a su mujer con él, no ponía muchas objeciones.

Introduje a mi novio Anthony poco a poco.

Empezó a hacer algunas chapuzas en la casa.

Primero fue una puerta que no cerraba bien, después unas baldosas, una avería y otras pequeñas reparaciones.

Le di un par de consejos para ganarse a Luke y funcionó.

Después de todo, aquel hombre también se sentía solo.

Cuatro meses después de conocernos dejamos de ser sus empleados y nos convertimos en sus amigos.

Formábamos un buen equipo en el que ellos ponían el dinero y nosotros, la compañía.

Había cenas que se prolongaban hasta la madrugada, fines de semana enteros juntos y viajes que jamás habríamos podido permitirnos por nuestra cuenta. Luke pagaba hoteles, restaurantes, vuelos. Anthony y yo aportábamos lo que ellos parecían necesitar más que cualquier otra cosa: una vida normal.

Pero nunca fue suficiente para nosotros. Tanto Anthony como yo queríamos más. Queríamos ser ellos.

Solo un necio hubiera dejado escapar una oportunidad tan perfecta.

Los Frost eran el perfil ideal para acometer el plan que siempre habíamos querido llevar a cabo.

Sin amigos de verdad, sin familiares que aparecieran en Navidad, sin hermanos que llamaran por teléfono ni padres que fueran a visitarlos.

Habían pasado tanto tiempo intentando no dejar huella que habían terminado consiguiéndolo.

No tenían nada relevante en este mundo.

Salvo dinero. De eso tenían mucho.

Y pronto sería nuestro.

No sé exactamente cuándo Anthony y yo empezamos a hablar del tema en serio.

Al principio eran comentarios sueltos. Bromas mientras volvíamos a casa después de cenar con ellos.

Cálculos absurdos sobre cuánto podía costar el reloj de Luke o cuánto dinero habría en las cuentas que administraba. Después dejamos de bromear.

Y empezamos a darle forma al plan.

Era mucho más sencillo de lo que parecía.

Solo necesitábamos conseguir que los Frost volvieran a mudarse. No podíamos quitarles de en medio y suplantar su identidad sin que nadie en Bowling Green se diera cuenta.

La idea fue de Anthony. Es tan perfecto… Ambos sabíamos que los Frost seguían temiendo las represalias de los Scaletta. Por eso huirían ante la más mínima sospecha de que alguien los hubiera descubierto en Kentucky.

Y eso no era difícil. Bastó con un poco de ingenio.

La oportunidad llegó durante una de las revisiones de Natalie. Desde hacía años acudía una vez al mes al psiquiatra junto a Luke, quien siempre la acompañaba. En aquella ocasión, fui yo quien los llevó en coche.

Mientras los tres estábamos fuera, Anthony entró en la casa de los Frost.

No se llevó nada.

Ese detalle era muy importante.

Abrió cajones, tiró ropa al suelo, vació armarios, desplazó muebles y revolvió el despacho de Luke. Buscó entre sus documentos, dejó carpetas abiertas y papeles desperdigados. No queríamos que pareciera un robo. Si faltaba un televisor, dinero o alguna joya, Luke lo atribuiría a unos ladrones.

Pero si no faltaba nada, tendría que buscar otra explicación.

Y sabíamos cuál sería.

Recuerdo perfectamente su cara cuando regresamos.

Yo entré detrás de ellos y fingí la misma sorpresa que Natalie. Luke no dijo una palabra al principio. Recorrió la planta baja, subió las escaleras y entró en cada habitación. Lo seguí desde cierta distancia mientras Natalie me agarraba del brazo, llorando.

Cuando llegó a su despacho y vio los documentos esparcidos por el suelo, cambió por completo su semblante.

Ya había tomado una decisión.

No llamó a la policía.

Ni siquiera preguntó a los vecinos si habían visto algo.

Sacó dos maletas y le pidió a Natalie que metiera en ellas lo justo, que se marchaban corriendo de allí.

Eso fue todo.

Natalie intentó discutir con él. Le preguntó adónde, durante cuánto tiempo, qué iban a hacer con la casa. Luke no contestó a ninguna de esas preguntas. Metió ropa en las maletas sin doblarla, recogió algunos documentos, los ordenadores, los teléfonos y todo lo que consideró imprescindible.

Media hora después estábamos camino de un hotel.

El plan había salido a la perfección.

Los Frost tardaron solo un par de días en decidir dónde iban a vivir.

Luke dijo que no podían volver a confiar en el programa de protección de testigos.

Estaba convencido de que, si los habían encontrado, era por su culpa y que nunca debió confiar en ellos.

Creía fervientemente que algún miembro de los Scaletta habría sobornado al funcionario adecuado para conseguir su dirección.

Pobre ingenuo.

Un hombre así no merecía seguir viviendo.

Recuerdo la conversación con Natalie en la que le explicaba que los Hamptons eran una buena opción para vivir.

Una zona tranquila, segura, llena de gente con dinero y con unos índices de delincuencia mucho más bajos que los de cualquier gran ciudad.

Dijo que nunca había conocido a nadie relacionado con los Scaletta, ni con ninguna otra familia mafiosa, que estuviera interesado en establecerse en un lugar así.

Los negocios estaban en las ciudades. La gente como ellos también.

Por eso, cuando encontraron una casa en Water Mill que llevaba un tiempo a la venta, Luke estuvo convencido de que habían dado con el lugar perfecto.

Entonces Anthony y yo jugamos nuestras cartas de manera magistral.

Les mentimos y les dijimos que los ayudaríamos con el traslado y que nos quedaríamos con ellos hasta que estuvieran instalados.

Después regresaríamos a Bowling Green. Al fin y al cabo, nosotros éramos de Kentucky.

Teníamos nuestra vida allí, nuestras raíces, y no pensábamos abandonarlo todo para seguir huyendo de unos mafiosos con los que ni siquiera teníamos nada que ver.

Luke lo comprendió.

Recuerdo perfectamente su expresión cuando nos lo dijo. Incluso parecía sentirse culpable.

—Os vamos a echar de menos —admitió—. Pero lo entiendo. No puedo pediros que viváis el resto de vuestra vida mirando por encima del hombro por nuestra culpa.

No entiendo cómo ese hombre podía ser un genio en los negocios, de verdad.

Natalie entró en una depresión poco después.

Los tres días que pasamos encerrados en aquel hotel fueron los tres días más largos de mi vida.

No quería comer, no quería hablar, no quería salir de la habitación.

Luke intentaba animarla mientras Anthony y yo fingíamos preocuparnos por ella.

Yo la abrazaba, le acariciaba el pelo y le decía que todo iba a salir bien.

Y no mentía.

Todo iba a salir bien.

Para mí y para Anthony.

Miro a Natalie ahora. Está tumbada a pocos metros de mí, con los ojos cerrados. Inmóvil. Anthony ha preparado la mezcla y dentro de poco su cuerpo desaparecerá bajo una gruesa capa de hormigón.

Resulta extraño contemplarla sabiendo que estoy viendo a mi nueva identidad.

Porque, en cuanto terminemos aquí, yo seré Natalie.

Adoptaré su nombre, su casa, su dinero y su pasado. Todo aquello que le pertenecía pasará a pertenecerme a mí.

Y Quinn dejará de existir para siempre.

Vuelvo la cabeza hacia Anthony. Tenerlo tan cerca después de todo lo que ha ocurrido me provoca una excitación difícil de controlar.

Lo agarro y lo beso con más fuerza que antes. Anthony responde de inmediato. Mis manos buscan el borde de su camiseta y tiro de ella hacia arriba. Él levanta los brazos para ayudarme a quitársela y la prenda termina en el suelo.

Ni siquiera miramos los cadáveres.

Eso es lo que más me gusta de Anthony.

Él es como yo.

No necesita fingir que esto le afecta. No siente remordimientos. No necesita apartar la vista de las dos personas a las que acabamos de matar para que se le ponga dura.

Vuelvo a besarlo. Esta vez con más intensidad.

Entonces alguien llama a la puerta con los nudillos.