La última casa de Water Mill (Turno de noche 2) AVERY
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AVERY

PARTE I

Cualquiera que contemplara el mismo paisaje que estoy viendo en estos momentos a través de la ventanilla del autobús y supiera que me dirijo a los Hamptons, podría sacar conclusiones equivocadas sobre mí.

Tal vez pensaría que soy una de esas mujeres jóvenes y exitosas que viven aquí alejadas del bullicio de la ciudad, aunque basta con observar a la gente que camina por el centro de Southampton mientras avanzamos hacia Water Mill para darse cuenta de que no pertenezco a este lugar.

Yo soy todo lo contrario.

Aquí todo el mundo tiene la ropa impoluta y parece que son incapaces de sudar o mancharse.

Deben de impartir algún tipo de formación especial en las escuelas a juzgar por cómo han planchado sus prendas.

Las calles están limpias, no hay grafitis en las paredes y las personas exhiben la sonrisa despreocupada típica de quien no tiene ningún problema serio en el que pensar.

Seguro que sus conversaciones giran alrededor de las costumbres de los ricos: comprar en tiendas de diseñadores, apuntarse a alguna actividad de voluntariado más por quedar bien que por verdadero interés y reunirse en una cafetería para tomarse un smoothie, cuanto más verde y desagradable, mejor.

Porque, claro, aquí nadie come comida basura. Esta gente cuida su cuerpo.

Yo soy de Queens. Toda esta basura me queda bastante lejos. Aunque según mi amiga Martha eso es porque jamás podré aspirar a ello. ¿Quién sabe? Tal vez tenga razón.

Mi vida ha sido muy distinta. Cuando tenía siete años, mi madre me dejaba salir sola al parque.

Mi padre se asomaba de vez en cuando a la ventana y echaba un vistazo durante un par de segundos.

Si me veía, volvía a meterse en casa. Si no, esperaba hasta que aparecía por algún sitio y entonces regresaba a lo que estuviera haciendo.

Ese era todo el sistema de vigilancia. Allí nos manchábamos de barro, nos hacíamos heridas en las rodillas y llegábamos a casa con la ropa hecha un desastre.

Solo teníamos una o dos mudas, por cierto.

Al crecer también aprendimos otra cosa: si queríamos algo, más nos valía averiguar cómo conseguirlo por nuestra cuenta, porque nadie regalaba nada en Queens.

Mis padres, igual que los de la mayoría de mis amigos, no tenían una cuenta de ahorros esperando a que cumpliéramos dieciocho años para enviarnos a la universidad más cara y bonita de la Costa Este.

Nosotros teníamos que estudiar, sacar las mejores notas posibles, solicitar ayudas y buscar una opción que pudiéramos permitirnos.

En mi caso fue la universidad comunitaria de LaGuardia, un edificio tan enorme como horrible en Long Island. Además de estudiar, trabajaba por las tardes como camarera en un restaurante indio que quedaba cerca del campus.

¿He dicho campus? Perdón… de los edificios B, C, E y M. No quiero que penséis que estudié rodeada de césped y zonas verdes.

Mi jefe me pagaba trescientos dólares a la semana y, cuando había suficientes clientes, conseguía alguna hora extra. Cuando no, tocaba hacer números. Hubo semanas en las que mi almuerzo consistió básicamente en dos rodajas de pan de molde.

En cualquier caso, reconozco que fueron años bonitos, aunque dicho así pueda parecer lo contrario.

El autobús en el que viajo en este momento va casi vacío.

Acaba de detenerse frente al instituto de Southampton.

No es día lectivo, así que por suerte no aparece una avalancha de adolescentes con las hormonas revolucionadas tratando de ocupar cada centímetro libre.

Solo sube una mujer de unos sesenta años a quien he prejuzgado antes de ver que sostiene un ejemplar de Verity , de Colleen Hoover.

Retiro lo pensado, buena elección.

Detrás de ella sube un chico joven. Debe de tener mi edad, quizá uno o dos años más.

Lleva una camiseta de tirantes bastante atrevida para una mañana de principios de septiembre y unos auriculares grandes de diadema que le cubren por completo las orejas.

Del hombro le cuelga una bolsa de deporte.

Es alto, musculoso y tiene unos brazos que explican bastante bien por qué ha decidido que todavía no ha llegado el momento de vestir de manga larga.

Vale.

El chico es mono. No nos engañemos. Tampoco es necesario criticar a todo ser vivo que se acerque a mí.

Me mira y se retira los auriculares. Algo cambia en su mirada cuando se le dibuja una sonrisa.

Juro que me encantaría averiguar por qué esta reacción en los hombres suele ser habitual cuando me ven.

He cambiado el color de mi pelo unas cuatro veces y ninguna parece funcionar.

Ahora es rubio, con una mecha negra a cada lado.

Mis amigas suelen decir que soy sexy. Dicen que llamo la atención y que el hecho de no poner de mi parte para conseguirlo resulta aún más llamativo para los hombres.

Hace dos semanas cogí el metro para darme un paseo por Central Park. Suelo hacerlo cuando estoy harta de mis padres, lo cual es bastante habitual. Al bajar en la estación de Columbus un hombre de unos cincuenta años se me acercó y me susurró al oído que desprendía un magnetismo excepcional.

Me dio un asco tremendo. Solo lo menciono para explicar por qué siento rechazo ante este tipo de situaciones.

El chico se detiene justo a mi lado y, sin ningún tipo de reparo, ocupa el asiento libre, obligándome a enderezarme y acercarme un poco más a la ventanilla.

Su descaro resulta todavía más evidente cuando gira la cabeza hacia mí. Tiene unos ojos azules perfectos y una sonrisa que desvela unos dientes blancos y perfectamente alineados.

—¿Esa maleta es tuya? —pregunta señalando el compartimento de equipaje sobre nuestras cabezas.

—Sí, es mía.

Asiente y se acomoda en el asiento. Durante unos segundos creo que la conversación ha terminado, pero entonces se gira hacia mí y me tiende la mano.

—Me llamo Connor. Connor Carcetti.

Connor Carcetti. Es gracioso estar en un lugar donde parece necesario presentarse con nombre y apellido. En Queens, si un desconocido se sienta a tu lado en el autobús y te da demasiados datos personales, huye. O está loco o quiere distraerte para que su cómplice te robe la maleta.

—Yo soy Avery. De Queens.

Vuelve a sonreír.

Decido tomarle un poco el pelo. Es lo que hacemos en mi barrio y, por algún motivo, después de atravesar Southampton contemplando escaparates brillantes, jardines perfectos y personas que parecen haber nacido sabiendo qué cubierto utilizar para cada plato, siento la necesidad de reivindicar mis raíces.

—¿Último año de instituto, Connor? —pregunto señalando con el pulgar hacia atrás, en dirección a la última parada.

—¿Qué? —Su expresión cambia de inmediato—. No. Yo... —Se ríe y niega con la cabeza—. No, qué va. Hace tiempo que terminé. Estudio en Penn, en Filadelfia. Solo que este semestre voy a quedarme en casa.

Ah, claro… Aquí no se puede decir Universidad de Pensilvania, aquí es Penn. Faltaría más.

—¿Y eso?

—Soy atleta. Corredor. Mi intención es conseguir la marca para poder formar parte del equipo olímpico.

Supongo que eso debería impresionarme. Quizá tendría que abrir mucho los ojos, preguntarle qué se siente al estar tan cerca de representar al país y alabarlo como si estuviera ante una especie de deidad. Todo por correr. Por correr muy rápido, eso sí.

—¿Y qué tal te va? ¿Crees que lo conseguirás?

No sé por qué se lo pregunto porque la realidad es que me importa un bledo.

Connor hace una mueca y se frota una mano contra el muslo.

—Estuve cerca el año pasado, pero tuve una lesión importante hace unos meses.

Una rotura de fibras en la zona distal del bíceps femoral, muy cerca del tendón.

La recuperación está siendo más lenta de lo que me gustaría.

Ese es el motivo por el que me quedo aquí este semestre.

Entreno en las instalaciones del instituto mientras termino de recuperarme.

Me encanta que haya utilizado «zona distal del bíceps femoral».

Supongo que «me hice daño en la parte de atrás del muslo» no habría transmitido la misma seriedad.

Lo dice con ese tono de quien espera que la terminología especializada otorgue cierta solemnidad a la desgracia, aunque, para su información, soy perfectamente capaz de localizar un bíceps femoral en un mapa de anatomía.

Me obligo a sonreír y saco el teléfono. No conozco la zona y llevo todo el trayecto comprobando el mapa para asegurarme de no terminar veinte kilómetros más allá de donde debería. El pequeño punto azul me indica que falta poco para mi parada.

—Espero que logres tus sueños.

En cuanto lo digo me arrepiento.

¿Espero que logres tus sueños?

No sé de dónde ha salido semejante tontería.

Supongo que este lugar empieza a afectarme y dentro de media hora estaré bebiendo un zumo de apio mientras hablo de crecimiento personal y me uno a un club de debate.

En cualquier caso, incluso eso parece preferible a regresar a Queens y sentir que he retrocedido hasta mi infancia, rodeada otra vez por los gritos de mi padre y los reproches de mi madre.

Aquí, al menos, las ventanas serán dobles y las casas estarán lo bastante separadas para que los vecinos no descubran que mis padres me consideran una fracasada y, peor todavía, que se avergüenzan de mí.

Me pregunto si los padres de Connor sentirán alguna vez la misma decepción que sienten los míos.

Lo dudo. A él probablemente le regalen un BMW por graduarse y después lo llevarán al club de golf para brindar con champán.

—¿Y qué hay de ti? —pregunta Connor.

Estoy tan ensimismada que tardo un instante en comprender que sigue hablando conmigo.

—¿De mí?

—Sí. Ya conozco tu nombre y sé que eres de Queens. ¿Eso es todo?

—Bueno, no soy atleta. Creo que la última vez que corrí fue cuando mi amiga Scarlett robó una botella de vodka de una tienda en Queens Boulevard. El dueño la pilló cuando salíamos y empezó a gritarnos. La muy desgraciada me agarró de la mano y me obligó a correr calle abajo con ella.

Connor abre mucho los ojos, echa el cuerpo hacia atrás y niega con la cabeza, sonriendo.

—No es verdad.

Sí, Connor. Claro que es verdad.

Pero me limito a encogerme de hombros y hago una pequeña mueca con los labios.

Quizá debería respirar hondo y esforzarme por no ser tan tajante con la gente solo porque ha crecido en un mundo diferente al mío.

El chico no tiene la culpa de que probablemente sus padres jamás hayan tenido que decidir qué factura podían retrasar hasta el mes siguiente.

—¿Y has venido hasta aquí para continuar con tus robos o tienes algún otro oficio?

Bien jugado.

La pregunta me pilla tan desprevenida que se me escapa una risotada. Una de verdad. Giro la cabeza para mirarlo y noto calor en las mejillas, lo que me molesta bastante más de lo que debería.

Resulta que Connor Carcetti tiene sentido del humor.

El autobús comienza a reducir la velocidad. Miro por la ventanilla y reconozco en el teléfono el cruce que aparece frente a nosotros. Guardo el móvil y me levanto.

—Esta es mi parada. Un placer conocerte, Connor.

Él se levanta. Creo que lo hace para dejarme pasar, pero en lugar de apartarse estira los brazos hacia el compartimento superior, agarra mi maleta y la baja sin esfuerzo.

Es un gesto de caballero que reconozco que no me disgusta del todo.

La verdad es que la maleta pesa una barbaridad y agradezco no tener que bajarla yo misma.

Cuando intento cogerla del asa, Connor se adelanta y comienza a caminar con ella por el pasillo.

—Gracias, pero no hace falta —le digo.

Llega hasta la puerta y me mira.

—También es mi parada.

El autobús se detiene en el cruce de Flying Point Road con Wickapogue y bajamos. Nada más poner un pie en Water Mill entiendo por qué alguien pagaría una cantidad descomunal de dinero por vivir aquí.

Hay paz.

El verde lo invade todo. Hay árboles enormes a ambos lados de la carretera, setos perfectamente recortados y extensiones de césped que parecen no terminar nunca.

Una brisa fresca llega desde la bahía y agita las copas de los árboles.

Las casas están tan separadas que algunas solo se intuyen detrás de largos caminos privados, pero las que alcanzo a ver son enormes.

Mansiones de madera, piedra y cristal rodeadas de terrenos que parecen competir entre sí por ver cuál consigue ser el más espectacular.

Jardines impecables, piscinas, pistas de tenis y coches que cuestan más de lo que mis padres han ganado en varios años.

En una de las esquinas hay un pequeño cementerio que desentona con tanta perfección.

Una sencilla valla blanca rodea las lápidas, algunas inclinadas y oscurecidas. Salvo eso, todo lo demás es precioso.

Miro a Connor. Estamos los dos solos en mitad de una zona residencial tan tranquila que no sé si tengo que pedir permiso para hablar. Supongo que no debería preocuparme. Acabo de conocerlo, pero no parece peligroso. Aunque mi instinto me impulsa a desconfiar de todo el mundo.

—Llevo un espray de pimienta en el bolsillo —le advierto—. Si hace falta utilizarlo, lo haré. Y después te patearé el bíceps femoral para asegurarme de que jamás llegues al equipo olímpico.

Connor se queda mirándome un instante y después sonríe de verdad.

No la sonrisa educada que me ha dedicado en el autobús, sino una que le cambia por completo la expresión.

Supongo que no se encuentra a menudo con alguien como yo.

Estará acostumbrado a otro tipo de mujeres, seguramente a las que han crecido en casas como estas y no amenazan con rociarlo con espray de pimienta cinco minutos después de conocerlo.

Yo tengo mi personalidad y no puedo cambiarla. Eso lo descubrí hace mucho tiempo.

—Y bien, Avery de Queens, ¿hacia dónde te diriges?

Lo miro con recelo.

—Dime tú primero adónde vas.

Vuelve a reír.

—De acuerdo. Yo voy en esa dirección —dice señalando hacia el final de Flying Point Road.

Me quedo callada, con los labios apretados.

—¿Y tú?

—Pues resulta que también. Voy hasta la última casa, al final de la calle.

La sonrisa desaparece de su rostro.

Connor se detiene.

—¿En serio? ¿La mansión junto al mar? ¿La de tejas de cedro gris?

No tengo ni idea de lo que es una teja de cedro, pero no quiero parecer idiota.

—Supongo que sí. Solo la he visto en fotos.

—Yo vivo justo detrás. Bueno, mis padres viven allí.

Yo solo paso con ellos unos meses al año, pero es la casa donde me he criado.

—Mira hacia el camino y después vuelve a mirarme—.

Esa casa lleva vacía muchos años. Es cierto que ayer vi un coche y una pareja descargando cajas.

Eso me sorprendió bastante. ¿Es tuya? ¿De tu familia?

No puedo evitar soltar una pequeña risa.

—No, qué va. Yo no podría pagar ni una baldosa de esa casa. La realidad es que hoy empiezo a trabajar allí.

—Ah. —Connor parece procesar la información—. Qué bien. ¿Y a qué te dedicas exactamente?

—Soy enfermera —respondo de manera instintiva.

Lo digo con tal seguridad que incluso resulta convincente.

Aunque solo yo sé que eso no es del todo cierto.