Y VIVIERON FELICES Y COMIERON PERDICES
(PERO CON DESVIACIONES MÁGICAS)
Hay días en los que el universo parece haberse levantado con la intención precisa de hacerte un regalo envuelto con un listón de seda. Y luego están días como este.
El día de nuestra boda.
Si se lo hubiera contado a la Trilly de hace unos años, aquella cínica y solitaria, me habría escupido a mí misma en la cara. Me habría encendido un cigarro imaginario y habría respondido:
—Claro, cariño. Y yo soy Santa Claus con una talla 34 de sostén y un látigo.
Pero aquí estoy.
Envuelta en un vestido blanco que, por milagro, no está explotando. Con el cabello que no está soltando llamas violetas. Con la magia encima —viva, feliz, vibrante— corriendo por mis venas como champaña helada.
Y, sobre todo, está Barnaby.
Vivo.
Entero.
Todavía estadísticamente propenso a tropezarse con el aire, pero mío.
Han pasado meses desde que dejé de fingir que soy una «mujer cualquiera». Meses en los que he usado la magia con él, para él y —lo admito con cierto orgullo— gracias a él, sobre todo entre las sábanas.
Porque, queridas brujitas, la magia es una herramienta de optimización erótica sin comparación.
Nada vulgar, que quede claro; solo pequeñas correcciones de trayectoria, mejoras estructurales y una resistencia que haría palidecer a un atleta olímpico.
Barnaby jamás se ha quejado.
Una vez, sin aliento y con los ojos brillantes de placer, me susurró:
—Trilly, me siento... potenciado. Como un superhéroe, pero sin el disfraz ridículo.
Le he salvado la vida más veces de las que puedo contar.
Caídas, autos fuera de control, escaleras eléctricas que de repente querían comérselo vivo.
Cada vez, el contador hacía clic y volvía al Día 0.
Y cada vez yo estaba un poco más segura de que no quería una eternidad sin magia si esa vida no lo incluía a él.
Lucy lo ha observado todo desde las sombras, sonriendo como una madre tóxica que ha dejado de castigarte simplemente porque sabe que, al final, ella ganó.
Me obligó a aceptar mi naturaleza a través del amor.
Una jugada maestra, lo admito.
CINCO MINUTOS ANTES DE LA BODA
La iglesia —que técnicamente no debería recibir brujas, pero lo resolvimos con una generosa donación y un sacerdote con una catarata providencial— está abarrotada.
Nietzsche lleva un moño de seda que lo hace parecer un jefe de la mafia jubilado.
Estoy en una habitación lateral cuando alguien toca a la puerta.
—¡Nada de supersticiones! —grito—. ¡Los novios no deben verse antes del sí!
La puerta se abre.
Entra Lucy.
Traje negro, tacones que suenan como sentencias de muerte sobre el piso de mármol.
Cómo demonios puede entrar el mismísimo Diablo en una iglesia es algo que solo una mujer puede entender.
—Cariño, tu hombre es un desastre. Está a punto de hacer algo irreparable.
—Si se cayó dentro del pastel de bodas, ¡juro que lo convierto en pudín!
—Quiere hablar contigo. Ahora.
La sigo.
Lucy atraviesa la multitud de invitados como Moisés abriendo el Mar Rojo, pero con mucho más delineador.
Entramos en una sacristía polvorienta.
Ahí está Barnaby.
De esmoquin.
Ligeramente torcido, con la corbata que parece haber luchado contra él y haber ganado.
Está hermoso.
Empiezo a desnudarlo con la mirada, imaginando el calor de su piel...
Basta, Trilly, ¡o nos van a censurar justo en el final!
—Lucy vino a verme hace meses —empieza Barnaby, con la voz temblando como una hoja.
Me pongo rígida.
Lucy se apoya contra la pared, disfrutando del espectáculo.
—Me explicó todo —continúa él—. La magia. La cuenta regresiva. El hecho de que, para quedarte conmigo, tenías que renunciar a ti misma. Me dijo que tu sueño era ser normal. Y que yo era el único obstáculo entre tú y tu libertad.
Las lágrimas me suben a los ojos.
Me arden.
—Me pidió que me alejara de ti, Trilly. Me dijo que, si realmente te amaba, debía querer tu felicidad, incluso sin mí. Y yo... yo pensé que quizá tenía razón. Acepté perderte porque creí que era la única manera de salvarte de tu propia condena.
Lloro.
No es un llanto de novia elegante.
Es un río desbordado que destruye mi maquillaje y mi dignidad.
Mi cara parece el mapa de una ciudad inundada.
—Y hoy —concluye él, llorando también— veo que estás a punto de casarte conmigo. Con la magia. Con todo. Y entiendo que te he amado menos de lo que tú me has amado a mí. Yo quería dejarte para que fueras «normal», mientras tú elegiste ser «tú misma» para quedarte conmigo.
Nos miramos.
El dolor y el amor se mezclan en un aire que huele a antiguo y a nuevo.
Y en ese momento sucede.
Un sonido viscoso.
Un calor repentino.
Un plop húmedo sobre el piso.
Barnaby mira hacia abajo.
Yo miro hacia abajo.
De su pierna, justo desde la zona de la Marca, comienza a escurrir un río de tinta negra, espesa y ardiente.
Mancha el esmoquin, la alfombra, los zapatos.
La maldición de la nalga se disuelve, gritando un silencio que me hace vibrar los dientes.
Lucy palidece.
Por primera vez, la veo sorprendida.
—No... no es posible.
La tinta desaparece.
La Marca se ha ido.
Barnaby está libre de la mala suerte ancestral.
—Carajo —digo, sorbiendo por la nariz—. Tendré que usar magia para limpiar este desastre.
Levanto la mano.
Lucy estalla en una carcajada histérica.
—¡Muy bien, cariño! ¡Al final elegiste! ¡Elegiste tu verdadera naturaleza!
La magia explota.
Limpia.
Cose.
Repara.
El esmoquin de Barnaby vuelve a quedar impecable.
Me giro hacia Lucy, con los ojos brillando con una luz que no pertenece a este mundo.
—Perdiste, Lucy. Él es libre. Y yo soy libre de amarlo con mi poder.
Lucy permanece inmóvil.
Luego su sonrisa regresa, más afilada que nunca.
—No, amor. Yo gané el día en que entendiste que ser una bruja ninfómana era más importante que ser una mortal aburrida. Nos vemos pronto... muy pronto.
Y desaparece en una nube de humo perfumado.
Llegamos al altar diez minutos tarde y con olor a ozono flotando entre las bancas.
Nos miramos mientras el sacerdote tose con impaciencia.
—¿Estás lista? —me pregunta Barnaby.
—Siempre —respondo.
Nos besamos incluso antes del «sí».
Los invitados se ríen.
Nietzsche ladra feliz.
Debajo del vestido, siento mi cuerpo vibrar.
No prometemos eternidad.
Prometemos honestidad, risas, magia cuando haga falta y amor incluso cuando el universo intente hacernos tropezar.