La Tristeza en Mí Capítulo 44 La tristeza en mí. #3
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Capítulo 44 La tristeza en mí. #3

Andrew guardó silencio. Esperé que dijera que no debía sentirlo, que no había sido amor, que todo había sido manipulación. No lo hizo.

—Entiendo —dijo al fin.

Giré hacia él.

—¿Cómo puedes entenderlo?

Observaba el horizonte.

—Porque durante meses imaginé que, cuando te encontrara, todo volvería a estar bien. Pensé que, si lograba salir del sótano y llegar hasta ti, nada más importaría.

—Andrew...

—Pero cuando volviste a mí en el hospital y te apartaste durante el abrazo...

Cerré los ojos.

—No fue por ti.

—Lo sé. Pero una parte de mí te culpó.

La confesión dolió y, al mismo tiempo, liberó algo.

—Te culpé por confiar en él, por besarlo y por no descubrirlo antes. Después me odié por sentirlo, porque tú no sabías, porque él te mintió y porque estabas intentando sobrevivir a mi desaparición.

Las lágrimas empezaron a caer.

—Pero lo sentiste.

—Sí.

—¿Todavía?

Tardó en responder.

—A veces.

Solté su mano, no por rechazo, sino porque necesitaba respirar. Andrew no intentó detenerme.

—Quizá esto sea lo que somos ahora —dije—. Dos personas que se aman y también se han herido.

—No quiero hacerte daño.

—Yo tampoco.

—Entonces podemos evitarlo.

Negué.

—No siempre.

Su rostro se endureció con tristeza.

—¿Estás diciendo que deberíamos terminar?

Miré el mar. Durante semanas había pensado en esa posibilidad: separarnos, empezar de nuevo, convertir nuestra historia en otro recuerdo.

Parte de mí creía que sería más fácil. Yo no tendría que mirar sus cicatrices y él no tendría que imaginar a Maxwell cada vez que yo guardara silencio.

Dejaríamos de recordarnos mutuamente todo lo perdido.

Pero separarnos no borraría nada. Solo nos obligaría a atravesarlo solos.

Volví a tomar su mano.

—Estoy diciendo que no puedo prometerte que nunca volveré a herirte.

—Yo tampoco.

—Y no puedo prometerte que volveré a ser quien era.

—No quiero que seas quien eras.

Fruncí el ceño. Andrew levantó una mano y me tocó el rostro.

—Quiero conocer a la persona que eres ahora.

Las lágrimas corrieron por mis mejillas.

—No sé quién soy.

—Entonces podemos descubrirlo.

—¿Juntos?

Miró nuestras manos.

—Juntos, si ambos seguimos eligiéndolo.

La frase me hizo pensar en todas las veces que Maxwell habló de destino, de lo inevitable y de una conexión que ninguna decisión podía romper. Andrew no hablaba de destinos. Hablaba de elecciones repetidas sin garantías, sin posesión y sin una promesa eterna que pudiera usarse como cadena.

Apoyé la cabeza sobre su hombro. Andrew permaneció inmóvil hasta que me acomodé por completo. Solo entonces inclinó el rostro sobre mi cabello.

No hubo una revelación capaz de borrar el miedo ni un beso que reparara lo perdido. Solo dos personas sentadas frente a un horizonte incierto.

La línea del cielo empezó a teñirse de un naranja pálido. Habíamos llegado a tiempo para el amanecer que imaginamos hacía tanto.

Saqué la caja. Andrew me observó abrirla y tomar el medallón.

—¿Me ayudas?

Asintió.

Aparté el cabello y él tomó la cadena. Sus dedos temblaron cuando intentó cerrar el broche. No era por el frío. Esperé. Andrew respiró hondo y volvió a intentarlo. Esta vez lo consiguió.

El medallón descansó sobre mi pecho. Las marcas de la reparación continuaban allí.

Lo toqué con los dedos.

—Pensé que repararlo significaría fingir que nunca estuvo roto.

Andrew miró el metal.

—No.

—Ahora creo que significa que puede estar roto y seguir existiendo.

Entrelazó sus dedos con los míos.

—Sí.

Por primera vez desde que Maxwell entró en nuestras vidas, no intenté imaginar el futuro completo. No pensé en la boda, en hijos ni en una casa llena de fotografías. No prometí que algún día seríamos felices.

Pensé en esa mañana, en la mano de Andrew y en el medallón sobre mi pecho. Ambos podíamos marcharnos si lo deseábamos y, aun así, habíamos elegido permanecer.

La tristeza seguía allí. No era una herida abierta ni una presencia hermosa. Era una parte de lo ocurrido, una sombra que quizá nunca desaparecería del todo. Durante mucho tiempo creí que debía vencerla, expulsarla y volver a convertirme en la mujer alegre que había sido.

Ahora comprendía que algunas tristezas no se superan. Se aprende a vivir alrededor de ellas, a darles un lugar sin permitir que ocupen todo el espacio.

Maxwell había intentado convertir mi dolor en una prisión. Utilizó cada pérdida para construir paredes a mi alrededor. Pero la tristeza no le pertenecía. Era mía, y eso significaba que yo podía decidir qué hacer con ella.

No sabía si algún día caminaría hacia Andrew vestida de blanco, si recuperaríamos la intimidad que compartimos, si las pesadillas desaparecerían o si dejaríamos de mirar las sombras. Tampoco sabía si el amor bastaría.

Andrew tomó mi mano y yo la apreté.

Quizá sobrevivir no significaba regresar.

Quizá significaba continuar.

El mar golpeó las rocas bajo nosotros y el viento levantó mi cabello. El medallón agrietado descansaba sobre mi corazón.

Por primera vez, el futuro no pertenecía al miedo ni a las promesas que habíamos hecho antes. Nos pertenecía a nosotros, no porque estuviera asegurado, sino porque todavía podíamos elegirlo.