La Tristeza en Mí Capítulo 44 La tristeza en mí. #2
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Capítulo 44 La tristeza en mí. #2

—¿Y fue suficiente?

—No.

Mi honestidad pareció sorprenderlo.

—Nada será suficiente. No existe una respuesta capaz de explicar cómo alguien puede observar a otra persona sufrir y decidir utilizar ese dolor para entrar en su vida.

—Entonces, ¿por qué fuiste?

—Porque necesitaba dejar de esperar esa respuesta.

Abrí la caja y se la mostré.

—También vine por esto.

Reconoció el medallón.

—Pensé en lanzarlo.

No reaccionó ni intentó decirme qué debía hacer. Esperó.

—Pero no lo hice.

—¿Por qué?

Miré la cadena reparada.

—Porque no quiero que Maxwell decida qué recuerdos podemos conservar. Este medallón existía antes que él. Tú lo llevabas antes que él. Lo que hizo cambió todo, pero no puede apropiarse también de lo que había antes.

Andrew bajó la mirada.

—A veces siento que sí lo hizo.

Cerré la caja.

—Yo también.

Era la primera vez que admitíamos aquella verdad sin intentar corregirla.

Maxwell se había instalado entre nosotros, no físicamente, sino en los silencios, en los sobresaltos, en la forma en que Andrew retiraba la mano si yo me tensaba, en la culpa que sentía cuando él era amable, en cada intento de intimidad que terminaba antes de empezar y en los recuerdos felices que ahora parecían contaminados.

No podíamos fingir que el daño no existía. Sí podíamos decidir qué hacer con él.

—Andrew...

Me miró.

Sentí miedo de pronunciar las palabras.

—No puedo casarme contigo.

La tristeza apareció lentamente en su rostro. No fue sorpresa. Quizá llevaba meses esperándolo.

Tomé su mano antes de que pudiera retirarla.

—No ahora.

Cerró los ojos.

—¿Algún día?

La pregunta salió casi inaudible.

Quise decir que sí. Quise prometerle que el tiempo lo arreglaría todo, que volveríamos a la iglesia de Saint Thomas, que Adelaide tendría sus lirios blancos, que viajaríamos a las Highlands y recuperaríamos el futuro que Maxwell nos había quitado.

Pero ya no creía en promesas pronunciadas solo para aliviar el dolor.

—No lo sé.

Andrew asintió. Una lágrima descendió por su mejilla y la sequé con los dedos.

—No quiero perderte —dijo.

—No me estás perdiendo.

—Se siente así.

—Lo sé.

Dejó caer la frente sobre el volante. Permanecí a su lado sin abrazarlo de inmediato. Esperé hasta que levantó una mano. Entonces me acerqué y Andrew apoyó la cabeza contra mi hombro.

Lloró en silencio. Yo sostuve su cuerpo con cuidado.

Había algo profundamente doloroso en aceptar que el amor no siempre era suficiente para reparar lo que otros habían roto. Eso no significaba que fuera inútil.

Condujimos directamente hacia los acantilados. No lo habíamos planeado. Le indiqué el camino y Andrew me siguió mientras la oscuridad empezaba a ceder.

El viento era más fuerte allí. El mar golpeaba las rocas y levantaba espuma blanca sobre el agua oscura. Estacionamos lejos del borde y caminamos juntos.

Andrew llevaba un bastón para el terreno irregular. Ya casi no lo utilizaba en la ciudad, pero las piedras húmedas podían hacerle perder el equilibrio. Avancé a su lado sin intentar ayudarlo. Habíamos hablado de eso: necesitaba poder pedir ayuda antes de recibirla.

Llegamos a una zona desde la que se veía el horizonte completo. Me senté sobre una roca y Andrew lo hizo a mi lado.

Durante varios minutos observamos las olas.

—Imaginábamos que vendríamos aquí después de la boda —dije.

Sonrió con tristeza.

—Querías una fotografía al amanecer.

—Y tú decías que ningún fotógrafo aceptaría levantarse tan temprano.

—Sigo pensando lo mismo.

Solté una pequeña risa. El sonido me sorprendió. Hacía tanto tiempo que no reía sin culpa que casi no reconocí mi propia voz.

Andrew me miró, pero no sonrió. Me observó como si temiera que cualquier movimiento pudiera romper ese instante. Volví la vista hacia el mar.

—A veces siento que debería estar más feliz.

—¿Por qué?

—Porque estás aquí.

Bajó la mirada.

—Yo también siento que debería estarlo.

Tomé su mano.

—Pero no lo estamos.

—No.

—¿Eso significa que perdimos?

Pensó durante varios segundos.

—No sé.

Apreté sus dedos.

—Yo tampoco.

El viento movió mi cabello. Recordé la última frase que Maxwell me dijo desde el otro lado del cristal.

Todavía te amo.

Durante días la había escuchado dentro de mi cabeza, no como una declaración, sino como una amenaza. Su amor no había desaparecido con las esposas. Seguía existiendo, deformado e incapaz de reconocer límites.

Antes creía que ser amada de aquella forma debía de ser extraordinario.

Ahora comprendía que no había nada romántico en un amor que necesitaba destruir la libertad del otro para existir.

Maxwell no había perdido el control por amar demasiado.

Había elegido controlar porque jamás aceptó la posibilidad de no ser elegido.

Andrew, en cambio, estaba sentado a mi lado, herido, asustado y sin exigirme respuestas. Había aceptado que quizá nunca habría boda, que yo necesitaba espacio y que algunas noches no soportaba que me tocara. Seguía allí no porque creyera que le pertenecía, sino porque cada día decidía quedarse.

La diferencia era sencilla y dolía.

—Maxwell decía que hizo todo por mí —murmuré.

Andrew tensó la mandíbula.

—Lo sé.

—Durante mucho tiempo pensé que había algo malo en mí por no haber visto quién era.

—No había nada malo en ti. Él sabía qué mostrarte. Eso habla de él, no de ti.

Respiré profundamente.

—Me avergüenza haberlo querido.