Capítulo 5 La primera mirada en las sombras.
Lo primero que noté al despertar fue el silencio. No el de una habitación vacía, sino esa calma suspendida que permanece después de un día demasiado intenso para desaparecer por completo durante la noche.
Durante unos segundos contemplé el techo del hotel sin recordar dónde estaba. Luego regresaron las imágenes: Londres, las calas blancas, el sendero iluminado y la carta que había guardado dentro de mi bolso antes de acostarme.
Andrew.
Una sonrisa apareció en mis labios. Giré hacia el otro lado de la cama y encontré las sábanas vacías.
No llegué a preocuparme. Andrew era incapaz de quedarse quieto cuando tenía algo planeado y, después de la noche anterior, sospechaba que su definición de «fin de semana sin horarios» podía ser bastante flexible.
Me incorporé. La luz suave de la mañana entraba por las cortinas entreabiertas. Sobre la mesa junto a la ventana había dos tazas de café: una vacía y otra intacta, protegida por una tapa. Encima de la mía descansaba una nota doblada.
Reconocí la letra antes de abrirla. Inclinada, irregular y escrita con la prisa de alguien cuyas ideas avanzaban más rápido que su mano.
Buenos días, futura señora Hawk.
Fui a buscar algo para desayunar porque alguien aseguró que el servicio de habitaciones cobra demasiado por un café.
Volveré pronto.
No pienses en la boda. No hagas listas mentales de las cosas pendientes.
Hoy solo quiero que disfrutes Londres conmigo.
Te amo.
Levanté una ceja ante la prohibición de hacer listas.
Andrew podía leerme incluso cuando no estaba.
Sostuve la nota unos segundos antes de dejarla junto a la carta de la noche anterior.
Una había requerido días de preparación; la otra, apenas unos minutos antes de salir por café.
Las dos me conmovían por razones distintas.
Me acerqué a la ventana. Londres despertaba bajo mis pies: las tiendas abrían, los automóviles comenzaban a llenar las calles y las personas avanzaban con esa prisa que parecía formar parte de la ciudad. Aun así, dentro de la habitación sentía una tranquilidad parecida a la de Salisbury.
La puerta se abrió poco después. Andrew apareció sosteniendo una bolsa de papel y otra taza.
—Espero que no hayas comenzado ninguna lista —dijo en lugar de saludar.
—Buenos días para ti también.
—Eso no es una respuesta.
—No puedes controlar mis pensamientos.
—Todavía no. Estoy trabajando en ello.
Dejó el desayuno sobre la mesa y se inclinó para besarme.
—¿Dormiste bien?
—Mucho. ¿Tú?
—También, hasta que alguien decidió ocupar casi toda la cama.
—No sé de quién hablas.
—Claro que no.
Nos sentamos junto a la ventana y compartimos el desayuno mientras discutíamos sobre el precio del café, el itinerario que supuestamente no existía y las probabilidades de que yo volviera a abrir la guía antes de salir.
Era una mañana corriente dentro de un viaje especial.
Quizá por eso me resultaba tan fácil imaginar otras parecidas muchos años después.
Salimos sin un destino concreto. Caminamos por calles que no habíamos recorrido el día anterior, entramos en pequeñas tiendas y nos detuvimos frente a escaparates que no tenían relación con la boda. Cuando encontramos una librería, Andrew sostuvo la puerta con una resignación demasiado teatral.
—Prométeme que no comprarás más libros de los que puedas cargar.
Giré la cabeza lentamente.
—Eso suena como un desafío.
—Tenemos que caminar con ellos todo el día.
—Puedo cargar libros.
—La última vez dijiste lo mismo y terminaste dándome una bolsa adicional.
—Fue una compra necesaria.
—Compraste siete novelas.
—Exactamente.
Andrew suspiró, pero sonreía. Sabía que no ganaría aquella discusión.
Finalmente escogí solo un libro, aunque recorrí cada estantería como si la decisión pudiera cambiar mi vida.
Después buscamos una cafetería escondida entre dos calles poco transitadas y compartimos un pastel demasiado grande para dos personas.
Hablamos de la casa, de las alianzas y de los lugares que queríamos conocer.
Me gustaba imaginar el futuro con Andrew, no porque él tuviera todas las respuestas, sino porque no parecía exigir que las encontráramos de inmediato.
Podíamos construirlo de la misma manera en que habíamos llegado hasta allí: una decisión a la vez.
Cuando regresábamos al hotel, Andrew miró el reloj.
—Tengo que hacer algo.
—¿Qué cosa?
—Algo.
—Eso no es una respuesta.
Una sonrisa culpable apareció en su rostro.
—Porque todavía no puedo decírtelo.
—Dijiste que no habría más sorpresas.
—Dije que pasaríamos el fin de semana juntos. Nunca prometí falta de sorpresas.
—¿Cuánto tardarás?
—Una hora. Quizá un poco más.
—¿Y qué hago mientras tanto?
Andrew señaló la calle que se extendía detrás de mí.
—Disfruta Londres. Hay un parque a pocas calles y llevas un libro nuevo que estás fingiendo que no quieres empezar de inmediato.
—¿Quieres enviarme sola a un parque para poder continuar con tus planes secretos?
—Quiero que tengas unas horas para ti. Aunque me resulte difícil aceptarlo, no necesito ocupar cada minuto de tu vida.
Aquello era muy propio de él. Andrew disfrutaba acompañándome, pero nunca confundía cercanía con presencia constante. Sabía que podía quererlo y, al mismo tiempo, necesitar el silencio de un libro o una caminata a solas.
—Está bien —acepté—. Pero si descubro que estás preparando algo extraño…
—Nada extraño.
—Andrew.
—Nada peligroso.
—Eso no me tranquiliza.
Soltó una carcajada y me besó frente al hotel.
Fue un beso breve, de esos que pertenecen a las despedidas cotidianas porque ambos saben que habrá un regreso.
Lo observé alejarse entre la gente con las manos en los bolsillos.
Antes de doblar la esquina se giró, levantó una mano y sonrió al descubrir que todavía lo miraba.
Después seguí mi camino.
El parque no era uno de los lugares más conocidos de Londres.
Precisamente por eso me gustó. Los senderos estaban ocupados, pero no abarrotados, y el ruido de las avenidas llegaba amortiguado por los árboles.
Encontré un banco cerca de un tronco enorme, saqué el libro nuevo y lo abrí con la satisfacción secreta de poder demostrarle a Andrew que aquella compra también había sido necesaria.
Durante un rato me limité a leer. Escuchaba las hojas moviéndose con el viento, las voces lejanas y el roce ocasional de unos pasos sobre la gravilla.
El olor de la tierra húmeda permanecía en el aire.
Estaba sola sin sentirme desprotegida, rodeada por suficientes personas para no pensar demasiado en ninguna de ellas.
Hasta que levanté la vista.
No había escuchado algo inusual. Fue una sensación pequeña, casi física, en la nuca. La certeza difícil de explicar de que una mirada había permanecido sobre mí más tiempo de lo normal.
Observé el sendero. Una pareja conversaba cerca de una fuente. Una mujer paseaba a su perro y un hombre mayor leía el periódico en otro banco. Más lejos, varias personas atravesaban el parque sin detenerse.
Nada parecía fuera de lugar.
Volví al libro. Leí el mismo párrafo dos veces sin comprenderlo y me obligué a continuar. Londres estaba llena de desconocidos; en un sitio público era inevitable que las miradas se cruzaran. No existía ninguna razón para sentirme incómoda.
Aun así, la sensación no desapareció.
No se parecía a la curiosidad pasajera de alguien que había reconocido la portada de mi libro o reparado en una persona sentada cerca. Era más persistente. No sentía que alguien estuviera mirándome, sino esperando aprender algo si lo hacía durante suficiente tiempo.
Cerré el libro y recorrí el parque otra vez. El hombre del periódico dobló una página. La mujer se inclinó para ajustar la correa de su perro. Dos corredores pasaron frente al banco hablando demasiado alto.
Nadie me miraba.
Solté el aire y revisé el teléfono. Andrew había enviado un mensaje.
Todo listo. Te espero en el hotel.
La familiaridad de aquellas palabras redujo la tensión que se había instalado en mis hombros. Guardé el libro y me levanté. Mientras recorría el sendero tuve el impulso de mirar atrás, pero no encontré una razón que justificara hacerlo.
La incomodidad comenzó a perder fuerza con cada paso.
No vi al hombre que permanecía bajo la sombra de los árboles.
Cuando entré en la habitación, Andrew estaba apoyado contra la puerta del balcón con una pequeña sonrisa.
—¿Te divertiste?
Crucé los brazos.
—Depende. ¿Qué estabas haciendo realmente?
—Te dije que era una sorpresa.
—No confío en esa respuesta.
Andrew fingió estar herido.
—Después de tantos años todavía sospechas de mí.
—No sospecho de ti. Sospecho de tus ideas.
—Eso es mucho peor.
No pude evitar reír, pero Andrew reconoció que algo más permanecía detrás de mi sonrisa.
—¿Qué ocurrió?
La pregunta no fue alarmada ni insistente. Solo atenta.
—Nada importante. Durante un momento sentí que alguien me observaba en el parque.
Su expresión cambió.
—¿Alguien se acercó o te dijo algo?
—No. Miré alrededor y no encontré a nadie. Probablemente fue mi imaginación.
Al decirlo sentí la necesidad absurda de sonreír, como si así pudiera demostrar que no estaba asustada. No quería parecer exagerada ni convertir una impresión sin pruebas en un problema. Andrew no correspondió a la sonrisa.
Andrew se acercó y tomó mi mano.
—Puede haber sido una sensación, pero no tienes que convencerte de que no importa. Si vuelve a ocurrir o alguien te incomoda, me lo dices.
—¿Aunque no esté segura?
—Especialmente si no estás segura. No tienes que presentar pruebas para decirme que algo te hizo sentir incómoda.
La respuesta alivió una tensión que no había reconocido hasta ese momento. Andrew no alimentaba el miedo ni me decía que existía una amenaza que ninguno había visto. Simplemente se negaba a tratar mi percepción como algo ridículo.
—Lo haré.
—¿Quieres volver conmigo para revisar el lugar?
Negué con la cabeza.
—No ocurrió nada. Prefiero ver esa sorpresa por la que me abandonaste durante horas.
—Fue poco más de una.
—Horas, Andrew.