Capítulo setenta y seis
El Ejército de Amrath dejó caer sus espadas y sus lanzas, y se entregó a la tarea de levantar la fortaleza de Ethalden, más grande y hermosa que nunca.
Sus muros, de oro y vidrio mágico, se alzan resplandecientes bajo el sol; sus torres se elevan majestuosas; sus puertas, esculpidas en mármol blanco, conducen a cámaras engalanadas con sedas, pieles y gemas.
Hay salones del trono, salas de banquetes, jardines de recreo, fuentes de cristal y huertos que pronto se colmarán con frutos maduros y dulces.
Un templo de oro. Un templo de hierro. Una tumba de ónice.
Un chapitel de perla y plata. Banderas rojas ondeando alto en la brisa matinal.
En el día de la Fiesta de la Renovación del Año, mientras la nieve cae espesa, el rey regresa a su hogar.
Cabalga a través de la puerta principal y su pueblo lo aclama con júbilo.
Él les sonríe y en sus ojos arde un fulgor de amor.
Se yergue en el salón del trono de su ancestro Amrath para ser coronado.
Resuenan las trompetas de plata, repican las campanas, chocan las espadas de bronce.
Hasta las mismísimas piedras parecen cantar.
Alza su espada, y la hoja se enciende con un fuego blanco. El rubí engastado en la empuñadura reluce más que el sol. Su rostro es radiante, y su voz, temblorosa de dicha, pronuncia estas palabras:
—¡El rey ha regresado a Ethalden! ¡La gloria de Ethalden ha sido restaurada! ¡La traición de Illyr está vengada!
Cien mil voces rugen al unísono en triunfo:
—¡Gloria a Marith Altrersyr! ¡Rey Ruina! ¡Rey de las Sombras! ¡Rey del Polvo! ¡Amrath regresado a nosotros! ¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte!